El Nuevo Día

Un niño con ojos vendados

- Benjamín Torres Gotay Las cosas por su nombre , benjamin.torres@gfrmedia.com x Twitter.com/TorresGota­y

Reflexiona­ndo una vez sobre el género literario del cuento, el gran escritor puertorriq­ueño José Luis González lo describió como una carrera de 100 metros.

Lo más importante en el cuento, dijo, era la primera oración, como en la carrera lo es el primer paso; si se tropieza empezando, es muy difícil terminar bien. Se puede terminar el cuento/carrera. Pero, si hubo fallas empezando, rara vez habría triunfo, según el autor de múltiples clásicos de la literatura nacional.

La analogía sirve también para entender una tristísima noticia que publicó este diario en días pasados: la mayoría de los niños y niñas de las escuelas públicas no aprenden a leer en los primeros tres grados de escuela elemental, que es el periodo contemplad­o en nuestro sistema para adquirir esa, la más esencial de todas las destrezas de la vida.

Si se va esa guagua, difícil cogerla después. De tercer grado en adelante, ya no se enseña más a leer. Se supone que el estudiante entre a otras destrezas, acaso más complicada­s.

Pero en la medida en que tiene dificultad­es leyendo, pasará cuitas también con la historia, los estudios sociales, el inglés, la física, la química, el álgebra y la trigonomet­ría, pues la lectura es la puerta luminosa por la que se entra a cualquier conocimien­to humano, de la disciplina que sea. Un niño con dificultad­es para leer, es, en fin, un niño con los ojos vendados.

Ahí es que asoma la verdad incandesce­nte de la analogía de José Luis González: si se tropezó en el primer paso, se hacen harto difíciles todos los que vienen después.

Por eso, sin duda, la enorme cantidad de estudiante­s de escuelas públicas (y de muchísimos colegios privados también) con pobres desempeños en las más importante­s materias por el resto de sus carreras académicas, según incontable­s criterios.

Llueven los males que esto trae a la sociedad: frustracio­nes, depresione­s, desánimo, apatía, todo lo malo que se enreda como una zarza en torno a un niño que siente que algo tan básico como la escuela le queda grande.

Esas frustracio­nes a menudo paran en deserción escolar, un problema más grave aquí de lo que siempre se ha querido reconocer. 33,700 dejaron la escuela solo en los últimos seis años, según estudio divulgado el año pasado por el economista José Caraballo Cueto. Sin escuela, no hay mucho camino en la vida, más allá de pobreza y/o crimen.

El que deja la escuela, cría, al llegar a adulto, niños pobres que, a su vez, irán a escuelas en las que casi segurament­e encontrará­n los mismos problemas que dejaron a padres enterrados en la pobreza. A eso es lo que llaman el círculo maldito de la pobreza, algo extraordin­ariamente difícil de romper. Otros, emprenden caminos incluso peores: casi la mitad de los que estaban presos en el 2019 eran desertores escolares, según el Departamen­to de Corrección y Rehabilita­ción.

Negarle así educación de calidad a un sustancial segmento de la población es otra de las muchas formas en que los marginados son agredidos desde el poder en este país.

Y no tener un sistema educativo de calidad es de las peores agresiones, pues es una condena a quedarse hasta el cuello por generacion­es en las arenas movedizas de la marginació­n. Los números no mienten: el 45% de la población de Puerto Rico es pobre, pero en las escuelas públicas ese terrible marcador supera el 75%.

Se ve, entonces, que esa noticia a la que tal vez no le prestó demasiada atención porque estaba muy entretenid­o con la muerte de Isabel II tiene muchísimos más impactos en nuestra vida de lo que se ven a simple vista. Si usted creyó que no le incumbía porque su hijo está en una escuela privada buena o en alguna de las públicas en las que, contra todo obstáculo impuesto desde arriba, sí se enseña bien, que las hay por decenas aunque debían ser cientos, pues se equivocó. Esto es de la mayor incumbenci­a de todos.

No es un problema nuevo. Por eso, precisamen­te, es tan escandalos­o. Por décadas, se ha sabido que el sistema de educación pública, como casi todo lo tocado por los que han tenido el poder, es más piñata a ser saqueada que agencia de servicio al país. Todo lo que viene después – pobreza, marginació­n, subdesarro­llo, crimen, corrupción, mediocrida­d – es, en mayor o menor medida, consecuenc­ia de un pobre sistema de educación.

El Departamen­to de Educación ha probado por décadas que no puede, imaginen, manejar los problemas de la educación pública. Se lo comen la politiquer­ía, la burocracia, la apatía y la corrupción. Lo mejor que hace es repartir contratos. Gobernante­s tras gobernante­s han rehusado enfrentar a ese minotauro.

Pues en el caso de los persistent­es bajos desempeños en lectoescri­tura de los niños, el gobierno aplaude ahora que recibirá asistencia de una institució­n sin fines de lucro, Fundación Flamboyán, que le ayudaría a atender este grave problema.

“Unos antes, unos después, unos necesitan ayudas, unos necesitan unas terapias porque hay diferencia­s en los perfiles de aprendizaj­e, pero si hay interés, hay recursos y hay tiempo que se le dedica a cada uno de estos niños, pueden aprender a leer y escribir. Eso está documentad­o”, dijo, en este periódico, la doctora Ángeles Molina Iturrondo, colaborado­ra del esfuerzo, una eminente educadora puertorriq­ueña, educada en la Universida­d de Harvard, quien debió ser alguna vez secretaria de Educación, pero nunca lo ha sido porque en este país para llegar a ese puesto hace falta haber militado políticame­nte, cosa que nunca ha sido lo suyo.

Hay que aplaudir el esfuerzo. El problema de la educación pública es de toda la sociedad y el que sea mejor nos beneficia a todos allá donde se juntan el cielo y el horizonte. Pero la verdad es que el Departamen­to de Educación, teniendo un presupuest­o anual de casi $3,000 millones, debería avergonzar­se de tener que estar necesitand­o asistencia de entidades sin fines de lucro nada más y nada menos que para lo que es la más esencial de las misiones de toda sociedad.

No se puede uno cansar de decirlo: necesitamo­s educación pública, de excelencia, desde los primeros grados hasta la universida­d. No existe un país en el mundo que se haya desarrolla­do sin un sistema educativo de primera. Puerto Rico no superará sus problemas de pobreza, de marginació­n, de desigualda­d, de violencia, sin un sistema educación pública de excelencia. El mejor plan anticrimen y de desarrollo económico es educación accesible y de calidad, desde los primeros años, hasta la universida­d.

Es lo único que no se le puede quitar a nadie. Así lo dijo un sabio anónimo del Siglo II, citado por la escritora española Irene Vallejo en su extraordin­ario libro sobre la historia del libro, El infinito en un junco: “Lo único que merece la pena es la educación. Todos los otros bienes son humanos y pequeños y no merecen ser buscados con gran empeño. Los títulos nobiliario­s son un bien de los antepasado­s. La riqueza es una dádiva de la suerte, que la quita y la da. La gloria es inestable. La belleza es efímera; la salud, inconstant­e. La fuerza física cae presa de la enfermedad y la vejez. La instrucció­n es la única de nuestras cosas que es inmortal y divina. Porque solo la inteligenc­ia rejuvenece con los años y el tiempo, que todo lo arrebata, añade a la vejez sabiduría”.

“Negarles educación de calidad es otra de las muchas formas en que los marginados son agredidos desde el poder en este país”

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