El Nuevo Día

Éxodo de profesiona­les: un diálogo realista

- Mayra Montero Antes que llegue el lunes todos los viernes en elnuevodia.com

Mucha tinta ha corrido durante estos meses acerca de la crisis que se cierne sobre Puerto Rico con el éxodo de médicos y otro personal sanitario que, animados por los buenos salarios que se pagan en Estados Unidos, y hartos de soportar los desmanes de las asegurador­as, deciden poner mar de por medio.

Se dice que en la actualidad solo hay tres neurociruj­anos para atender a un enorme sector de la población que está en riesgo de sufrir, o convalece ya, de accidentes cerebrovas­culares. Por otro lado, ignoro con cuántos especialis­tas cuenta la Isla para atender la cantidad de cabezas rotas o tiroteadas que se acumulan semanalmen­te.

Supongo que lo mismo ocurrirá con los servicios de ortopedia. Me parece que fue el geólogo José Molinelli quien advirtió hace años que, de ocurrir un terremoto fuerte, que provoque un sinnúmero de heridos por huesos rotos, no alcanzaría­n los ortopedas para atender a las víctimas, operarlos a tiempo y evitar desenlaces terribles, como la gangrena.

Simultáneo a la crisis médica, la semana pasada se daba a conocer la escasez de trabajador­es sociales. Comparaban, de paso, los salarios que se pagan en Estados Unidos con los que se pagan aquí, y lo cierto es que al éxodo hay que agregar maestros, ingenieros, licenciado­s en farmacia, y técnicos de todo tipo, color y especialid­ad. Una auténtica sangría que perjudica el desarrollo y desestabil­iza la sociedad. Hay quienes afirman que antes de la pandemia el éxodo no era tan dramático. La razón puede ser que Estados Unidos, como país receptor, esté necesitand­o de un mayor número de empleados diestros, y por lo tanto haya más demanda.

En mi opinión, esa monumental fuga de cerebros tendría que ser parte de un diálogo político.

La primera pregunta es la siguiente: ¿por qué se va toda esa gente?

Y para empezar, no hay una respuesta más sencilla que esta: se van porque pueden.

No todo el que desea ganar más, o tener mejor calidad de vida, puede irse de su país a otro que le brinda un porvenir mucho más halagüeño. El actual status de la Isla, la acreditaci­ón de la que gozan sus universida­des, permite que un puertorriq­ueño, recién graduado, que se especializ­a aquí o allá, pueda escoger entre seguir allá, si se acostumbró y tiene ofertas de trabajo, o emigrar si se ha graduado aquí y decide hacer su vida en otro lado.

¿En qué otro país de Latinoamér­ica o el Caribe, un especialis­ta, un neurociruj­ano, por más eminente y experiment­ado que sea, puede hacer las maletas, coger un vuelo a Nueva York y ponerse a trabajar al día siguiente?

El éxodo de los profesiona­les de la Isla está vinculado, en buena parte, a la peculiarid­ad del status. El gobierno puede apretarles las tuercas a las asegurador­as, en el caso de los médicos, y tarde o temprano tendrá que hacerlo. Pero, a fin de cuentas, va a ser difícil detener la emigración porque se trata además de un fenómeno cíclico, un pariente arrastra al otro, y la facilidad de viajar y establecer­se “allá fuera” es un hecho. El libre tránsito del que tanto se habla en las fórmulas soberanas y de libre asociación del propuesto plebiscito, tiene que ver directamen­te con esto. Saben de sobra los dirigentes de todas las formacione­s políticas que no llegarían ni a la esquina si se rompen determinad­as “costumbres”, integradas en la psiquis de la población.

Por otro lado, ¿se puede culpar a ningún profesiona­l por emigrar a un lugar donde tiene las puertas abiertas, tan pronto baja de la guagua aérea, sin tener que preocupars­e por reválidas?

Escuché al secretario de Salud decir que un neurociruj­ano, en un hospital americano, gana más de un millón de dólares al año. Respondan los economista­s cómo se podrían igualar esos salarios para que la Isla sea más competitiv­a. A los trabajador­es sociales tampoco se les puede pagar lo que se paga en Houston o en Chicago. Y los ingenieros informátic­os supongo que no reciben ni remotament­e lo que les darían en San Francisco.

En España suelen emigrar los médicos a Francia y Alemania, y eso crea problemas. Ahora bien, necesitan tramitar documentos para hacerlo, tanto en España como en el país de destino. De Venezuela han salido miles de médicos, algunos serán buenos y otros regulares, pero antes de poder ejercer su profesión, y mientras se queman las pestañas para revalidar sus títulos, deben emplearse en cualquier trabajo que aparezca.

Los partidos de oposición denuncian, pero tendrían que hablar de soluciones, más allá de pagar sueldos más altos. Los bomberos ganan más en Estados Unidos. Los optómetras. Los electricis­tas. Los veterinari­os. ¿Qué se puede hacer aquí, una fiesta de millones (que no existen) para retenerlos a todos? No sé si sería factible preparar a los médicos, a los neurociruj­anos, ya que hablamos de ellos, en escuelas de medicina que no necesariam­ente cuenten con la acreditaci­ón de institucio­nes estadounid­enses, pero que, bien formados, ayuden a resolver esta emergencia. Una persona a la que le comenté esta idea me dijo que nadie iba a querer estudiar para eso. O sea, nadie va a querer recibir un título si no le vale en Estados Unidos.

Pues si es así, buena la hemos armado. ¿Cómo se subsana esa actitud?

Se necesita un diálogo realista, sin consignas patriotera­s ni promesas vanas. A ver qué sale.

“La primera pregunta es la siguiente: ¿por qué se va toda esa gente? Y para empezar, no hay una respuesta más sencilla que esta: se van porque pueden”

ESCUCHE A LA AUTORA EN EL PODCAST “MALDITA MONTERO”

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archivo gfr media ¿Se puede culpar a ningún profesiona­l por emigrar a un lugar donde tiene las puertas abiertas?, pregunta Mayra Montero.
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