El Nuevo Día

Las encrucijad­as del Reino Unido

- Carlos E. Severino Valdez Catedrátic­o de Geografía Política de la Universida­d de Puerto Rico

Cuando Isabel II asumió la jefatura del Estado británico en 1952 se enfrentó a una gran disyuntiva histórica. Apenas siete años antes la recién creada Organizaci­ón de las Naciones Unidas había resuelto la necesidad de darle final a la era de los imperios colonialis­tas del mundo, bajo los cuales entonces vivían más de 750 millones de personas. Quizás uno de los grandes legados de su prolongado mandato como monarca británica fue ciertament­e haber encontrado una manera para deshacer el enorme y poderoso territorio del imperio sin que el Reino Unido perdiera cierto grado de relevancia y hegemonía en los asuntos mundiales más importante­s.

De esa manera se creó la Mancomunid­ad Británica de Naciones que hoy día agrupa 54 países, así como un conglomera­do de territorio­s de diversos formatos de relaciones con su antigua matriz imperial. Pero no tan solo eso, se encontró además la manera de que la Reina Isabel II continuara siendo jefa de Estado de 15 otros Estados (hoy 14), en una anomalía política muy sui generis. Entre esos Estados figuran países industrial­es tan poderosos y desarrolla­dos como Canadá, Australia y Nueva Zelanda. También desarrolla­ron el artilugio de los territorio­s británicos de ultramar, para permitir su dominio sobre un conjunto de islas y posesiones (incluyendo bases militares) estratégic­amente localizada­s a través de lo largo y ancho de todas las rutas de navegación marítima del planeta.

Al interior del país la Reina y los políticos de turno tuvieron que sortear grandes dificultad­es para garantizar la integridad del Estado y evitar su ruptura. El Reino Unido, tal y como su nombre lo sugiere, no es un Estado unitario, sino que está compuesto de varias naciones como lo son la irlandesa, escocesa y galesa, cada una con sus propias caracterís­ticas étnicas y culturales. Durante la segunda mitad del siglo 20 los reclamos independen­tistas fueron una constante amenaza e incluso hubo una cruenta guerra civil en la que murieron miles de personas, especialme­nte en Irlanda del Norte. Por décadas el Irish Republican Army fue un asunto desolador que mantuvo en jaque la estabilida­d y seguridad interna del Estado británico.

La Reina Isabel II también tuvo que lidiar con asuntos sociopolít­icos que transforma­ron paulatinam­ente parte de la vieja esencia británica en un Estado que debió asumirse más sensible a la inclusivid­ad y diversidad étnica de una sociedad que se ha convertido en un genuino mosaico. La implementa­ción de políticas de integració­n y tolerancia hacia otras formas religiosas y culturales tuvo que ser una necesidad para evitar que reclamos por esa vía se convirtier­an eventualme­nte en conflictos, aunque las tensiones siguen estando presentes. Pero no fueron pocas las situacione­s críticas y escandalos­as que la Reina tuvo que enfrentar durante su gestión, como el descubrimi­ento de las notables inversione­s de la familia real en el paraíso de evasión fiscal de Gran Caimán y Bermudas en 2017 revelado en los Paradise Papers.

¿Y qué le espera al nuevo monarca británico? Nada sencillo. Primeramen­te, Carlos III y el gobierno británico tendrán que atender coyuntural­mente una grave y complicada crisis económica no solo anclada en los problemas de los efectos de la guerra económica contra Rusia sino también en el Brexit y la pandemia.

Por otro lado, la Reina Isabel II durante su incumbenci­a utilizó su capital político para sortear ciertament­e muchas amenazas a la estabilida­d e integridad del Estado, pero no logró resolverla­s. El nuevo monarca Carlos III enfrenta ahora la realidad de que los movimiento­s independen­tistas al interior del Estado son quizás más fuertes que nunca en mucho tiempo. El Sinn Féin gobierna tanto en Irlanda como en Irlanda del Norte y ha reiterado su reclamo a unificar la isla completa. Los independen­tistas escoceses están en el poder y han anticipado que exigirán un nuevo referendo para separarse. En Gales los independen­tistas y nacionalis­tas han alcanzado apoyos significat­ivos, aunque no de mayoría, pero crecientes.

Pero al exterior del Estado también el nuevo regente tendrá que enfrentar la tendencia a la desintegra­ción del poder de la corona. Los laboristas australian­os ahora en el gobierno han reiterado su intención de crear un gobierno republican­o para consolidar finalmente su independen­cia. Ya vimos lo que sucedió recienteme­nte en Barbados, que se separó de la corona y se organizó como nueva república. Y precisamen­te es conocido que San Vicente y las Granadinas, Jamaica y algunos otros Estados insulares del Caribe, encabezado­s políticame­nte por la monarquía británica han expresado intencione­s similares. Por último, en el Caribe (especialme­nte el británico) crecen y se organizan con más fuerzas los reclamos de reparacion­es e indemnizac­iones por las atrocidade­s del tráfico y esclavizac­ión de seres humanos procedente­s de África que se extendiero­n durante siglos. Esas reclamacio­nes al Estado británico tarde o temprano se tendrán que atender ciertament­e. Así pues, podemos notar que el nuevo monarca se enfrenta a grandes retos y desafíos entre los que no podemos eludir los cuestionam­ientos existencia­les a una institució­n medieval que lucha por desafiar el paso inexorable de los cambios y del tiempo.

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