20 Minutos Madrid

Vicente Vallés El dilema de Esquerra Republican­a

- Vicente Vallés es periodista Por Espido Freire Escritora

En tiempos de la Guerra Fría se popularizó en Estados Unidos y en algunos países europeos la expresión «tonto útil». Los destinatar­ios de tan poco amable calificati­vo eran los partidos de extrema izquierda de Occidente, dispuestos a ejecutar las instruccio­nes que emanaban de Moscú. Se ha sugerido que el creador de ese concepto fue el mismísimo Lenin, en referencia, precisamen­te, a los comunistas de Occidente. Pero, hasta el momento, no se ha encontrado confirmaci­ón por escrito de que el creador del régimen soviético dijera tal cosa. Estemos o no ante una expresión leninista es probable que algunos en Esquerra Republican­a de Catalunya se estén preguntand­o en estos días si deberían aplicarse a sí mismos esa categoría de tontos útiles de Moncloa. Echemos la vista atrás.

En mayo de 2018, hace ahora seis años, Pedro Sánchez adoptó la decisión temeraria y exitosa (como tantas otras de las suyas) de presentar una moción de censura al Gobierno de Rajoy. Era temeraria porque el PSOE de entonces tenía solo 84 de los 350 diputados del Congreso y, para ser presidente, necesitaba el apoyo de Podemos, Bildu y Esquerra, entre otros. Atreverse a ser presidente gracias a socios parlamenta­rios de ese perfil era anatema, hasta entonces. Pero nada es anatema para Sánchez y pocos días después estaba cambiando el colchón de la Moncloa, según propia confesión.

Esquerra hizo presidente a Sánchez en 2018; facilitó su investidur­a en los años posteriore­s; negoció los indultos, la eliminació­n del delito de sedición y la rebaja de las penas por malversaci­ón; hizo de nuevo presidente a Sánchez en 2023; participó en la negociació­n de la amnistía; y, durante todo este tiempo, ha sido un incómodo –a ratos– pero firme apoyo de Moncloa: socio preferente.

Por el camino, Oriol Junqueras y otros dirigentes de Esquerra pasaron años en prisión, mientras Carles Puigdemont disfrutaba de un palacete en Waterloo. Y ahora, cuando los catalanes independen­tistas tenían la opción de elegir entre quienes asumieron la cárcel y negociaron con el PSOE o quien se fugó, han dado un impulso al prófugo y un batacazo al presidiari­o.

Y, peor aún: ahora Esquerra tiene que decidir si hace presidente de la Generalita­t al delegado de Pedro Sánchez en Cataluña –evitando una opción de gobierno independen­tista– o a Puigdemont –a quien desprecian–. Hay años en que uno no está para nada.

¿Soportará Esquerra la presión de las bases independen­tistas (no solo las de Esquerra, sino las del independen­tismo en su conjunto) para que se una Puigdemont y evitar un gobierno no nacionalis­ta? ¿Veremos, de nuevo, acusacione­s de traición entre unos sectores y otros del independen­tismo? He ahí el dilema. ●

Esta semana veloz, extraña, me ha dejado cada día una onza de plomo sobre el corazón: de fondo, como un latido continuo, esa manía mía de insistir en causas perdidas, esa molestia de espina en la garganta que siempre me deja cada hora que gasto desaprovec­hada.

Por encima de ese zumbido sordo apareció el horror ante la declaració­n de intencione­s que Apple ha camuflado bajo la forma de anuncio, la pesadilla de cómo todo lo que ha constituid­o nuestra herencia cultural desaparecí­a triturado ante nuestros ojos. El miedo, palpable ya, a que así sea. La certeza de que así será.

Un día después me contaban en Aragón cómo, al fin, un puñado de vecinos de uno de sus pueblos habían sido enterrados tras décadas en una fosa común, apilados como perros tras una saca al inicio de la Guerra Civil. Tomábamos el aperitivo y yo pensaba en cuántas veces me han contado algo horrible en un entorno tan agradable como aquel, con una copa en la mano, en el sinsentido de que yo continuara hablando de literatura y de oralidad mientras al mismo tiempo, a unas horas, morían niños masacrados, reventados de hambre o por una bomba.

Y entonces me contaron que, como en los presagios de Macbeth, había nacido un ternero de dos cabezas en una granja de Zamora, y las redes rescataron un poema de Laura Gilpin titulado exactament­e así, bello y tierno, y al leerlo rompí a llorar, con toda la angustia contenida liberada por esa grieta. Lloré por las miserias de esta semana, por cuándo nos ha tocado vivir, por lo que somos, por la indómita crueldad en la que nos movemos. Porque ese poema me recordó que todo lo que puedo hacer es olvidarme de mi arrogancia, de mis fantasías de que de mí depende nada de lo que me tortura. Y, con las manos bien aferradas a este momento, pobre ternero de dos cabezas, dejarme ir, y maravillar­me, mientras pueda, ante la belleza de las estrellas de esta noche. ●

ERC ha sido durante años un incómodo –a ratos– pero firme apoyo de Moncloa

¿Soportará la presión para que se una Junts y evitar un gobierno no nacionalis­ta?

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