20 Minutos Sevilla

Rumiando el tiempo

- César-Javier Palacios Por Periodista

Escribo estas líneas a la vuelta de un paseo por el bosque, intentando recordar sus infinitos colores de otoño tamizados por una lluvia que por fin ha comenzado a caer con ganas inundándol­o todo de nostalgia. El reloj se detiene viendo el rumiar pausado de una vaca que, al cabecear, marca el ritmo de la vida con el cencerro. La miras curioso y no ves nada más, no quieres pensar en nada más que en esa placidez perdida.

No hay duda. Uno de los lujos más inaccesibl­es y caros de nuestra sociedad es dedicar tiempo, mucho tiempo, a perder el tiempo. Porque el extraño placer de la contemplac­ión está perseguido, se ve mal, es cosa de vagos, excentrici­dades de perroflaut­a. Pero en el fondo lo imaginamos con envidia. No hacer nada ¡Quién pudiera!

Me ha pasado estos días varias veces. Estamos rodando una serie documental sobre naturaleza en espacios increíbles, aunque siempre trabajamos con demasiadas prisas y premuras. Pero de repente hay un hueco en la agenda, hay que esperar algo o a alguien. Y surge el milagro cuando menos te lo esperas. Y nos vemos, no sabemos muy bien cómo ni por qué, sentados en una piedra, persiguien­do una nube, mirando hacia ninguna parte, callados, sin cobertura de móvil, escuchando esa poesía del silencio que nos abruma con tanta grandiosid­ad. Es una sensación placentera pero al mismo tiempo nos incomoda, no vaya a ser que llevemos demasiado tiempo perdiendo el tiempo.

Pasa volando indolente una corneja y su graznido desangelad­o es la señal de volver al ruido, a las prisas, al curro. Y nos dejamos llevar de nuevo por la vorágine del día a día, mientras, allá en el bosque, la vaca sigue rumiando su suerte, esa calma que hace mucho extinguimo­s de nuestras vidas.

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