Y cuan­do sean adul­tos, ¿qué?

ABC (1ª Edición) - - ENFOQUE - ÁN­GEL EXPÓSITO

En Me­li­lla es muy ex­tra­ño ver a los ni­ños –y no te di­go a las ni­ñas– ir so­los al co­le. Mis ami­gos allí me cuen­tan que el pro­ble­ma de los me­no­res ma­rro­quíes no acom­pa­ña­dos se in­cre­men­ta mes a mes. Y más aho­ra, que aca­ba de ter­mi­nar la fe­ria. La sen­sa­ción de in­se­gu­ri­dad se hue­le.

En pá­gi­nas in­te­rio­res, En­ri­que Del­ga­do fir­ma un reportaje con un da­to atroz: al­re­de­dor de ocho­cien­tos me­no­res deam­bu­lan por Me­li­lla sin que Ma­rrue­cos acep­te la en­tre­ga de más de la mi­tad, pe­se a te­ner a sus fa­mi­lia­res iden­ti­fi­ca­dos.

Esos ni­ños só­lo tie­nen una co­sa que ha­cer: es­pe­rar a cum­plir die­ci­ocho años. Has­ta en­ton­ces... na­da. Co­mer lo que pi­llan, dor­mi­tar en cual­quier car­tón y es­ni­far pe­ga­men­to o co­la.

Así, mien­tras su ce­re­bro se pu­dre, pa­sa el tiem­po sin que su fa­mi­lia los re­cla­me –bien al con­tra­rio– y sin que su país los acep­te. Y des­pués, ¿qué? ¿Te ima­gi­nas el fu­tu­ro de esos ni­ños, a los que nun­ca ha que­ri­do na­die?

La pros­ti­tu­ción mas­cu­li­na se es­tá in­cre­men­tan­do de ma­ne­ra alar­man­te en el nor­te de Ita­lia. Los jó­ve­nes sub­saha­ria­nos lle­gan a cien­tos des­de Si­ci­lia, una vez cum­pli­da la ma­yo­ría de edad. Los mal lla­ma­dos «clien­tes» son hom­bres eu­ro­peos, ri­cos, sin es­crú­pu­los. A diez eu­ros el ser­vi­cio.

Pe­ro no ha­ce fal­ta ir­se al cen­tro de Eu­ro­pa. Asó­ma­te a la Puer­ta del Sol de Madrid. Ob­ser­va unos mi­nu­tos en cual­quier es­qui­na y ve­rás có­mo so­bre­vi­ven cha­va­les ma­gre­bíes, co­mo los que hoy deam­bu­lan por Me­li­lla, y quié­nes pa­gan por sus ser­vi­cios.

El pro­ble­ma no ha he­cho más que em­pe­zar. Por­que los me­no­res si­guen lle­gan­do y los que ya es­tán se ha­cen ma­yo­res.

PD: No ha­ce mu­cho, mi com­pa­ñe­ro Ma­ta y yo so­bre­vo­la­mos el Me­di­te­rrá­neo a bor­do de un avión del Ejér­ci­to del Ai­re. Al fon­do, los ras­ca­cie­los de Trí­po­li. Le pre­gun­té a un ca­pi­tán es­pa­ñol: ¿por qué ape­nas hay mu­je­res en las pa­te­ras? ¿Por qué no lle­gan chi­cas a los cen­tros de me­no­res? «Muy sen­ci­llo –me res­pon­dió–, por­que muy po­cas lle­gan vi­vas a Eu­ro­pa. Tam­bién hu­yen de sus paí­ses, pe­ro se las que­dan las ma­fias de tra­ta por el ca­mino. Te pue­des ima­gi­nar pa­ra qué. Las más fuer­tes con­si­guen lle­gar a Li­bia, pe­ro las des­tro­zan en las maz­mo­rras».

Un ado­les­cen­te ma­rro­quí duer­me en los al­re­de­do­res del puer­to de Me­li­lla

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