ABC (1ª Edición)

Que paguen ellos

En el altar de ese sacrificio, Sánchez renace virgen. Y todo mal cae sobre los defenestra­dos

- GABRIEL ALBIAC

ESCUCHO al Dr. Sánchez anunciar que decapita a todos sus subordinad­os. Me viene algo a la memoria. Tomo de la biblioteca el volumen de novelas de Dashiell Hammett. Busco ‘El Halcón Maltés’. Y, en él, un diálogo. Hammett es maestro supremo en ese arte del cruce de floretes. Que matan.

Lo protagoniz­a Sam Spade, detective que atesora cinismo como atesora bofetadas. Frente a él, el rebosante gánster Kasper Gutman. Está en juego una historia, para Spade triste; cargada de ambición para el otro: la busca de un legendario halcón de oro y diamantes, regalo del Emperador Carlos V a la Orden de Malta. Gutman tiene un guardaespa­ldas, Wilmer, hampón de baja estofa, que lo obedece con fidelidad perruna: «Es para mí como un hijo», suele repetir el gordo. A Spade, en la partida, le han asesinado a un socio con cuya mujer andaba él desganadam­ente liado. Y hay –¿cómo no?– una chica peligrosa de por medio.

La partida ha sido pésimament­e jugada. Pero hay una posibilida­d de salir airosos: que uno solo pague por las pifias. Sin eso, todos a presidio. Spade señala a Wilmer: es el tonto del lance. Gutman vuelve a su tópico usual: «Abrigo hacia Wilmer exactament­e los mismos sentimient­os que abrigaría hacia un hijo». Se entabla el duelo verbal. Y el gordo acaba por dirigirse, cariñoso, al matoncillo: «Vamos, Wilmer, estoy verdaderam­ente desolado de perderte y quiero que sepas que no tendría mayor afecto hacia ti si fueras mi propio hijo… Pero…, ¡qué le vamos a hacer…! Si uno pierde un hijo, puede tener otro… Halcón Maltés, no hay más que uno».

Alguien debe pagar las pifias. Sencillo e inexorable. Cuando las cosas se descacharr­an, hay que amputar. Al gánster como al político: en idéntica medida. Los platos rotos se pagan; mejor que los pague otro. Y ese pago será tanto más creíble cuanto mayor sea su cercanía al jefe. «Como un hijo», el Wilmer que Gutman se aviene a entregar a la Policía. Como más que hijos, los sacrificad­os Calvo, Ábalos o Redondo. Salvado al precio de sus cadáveres, Pedro Sánchez. No es nuevo: González lo hizo con Barrionuev­o.

Eran hijos muy queridos. Pero Moncloa, como Halcón Maltés, no hay más que una. Y los hijos proliferan por los sótanos del partido. En el altar de ese sacrificio, Sánchez renace virgen. Y todo mal cae sobre los defenestra­dos. Tirado por la borda el lastre de cadáveres, el presidente podrá acometer su proyecto: gobernar sin gobierno. Es una vieja utopía totalitari­a. Puede ser que hasta le funcione.

Los de Irene Montero, que no han entendido nada, se lo ponen fácil. Se atornillan a sus cargos: tampoco tienen otra cosa. Pero, al no conseguir cortar cabeza de turco alguna, puede que acabe por ser la organizaci­ón la decapitada. Es el cálculo de Sánchez: zamparse a su boquiabier­ta clientela y barrerlos. En realidad, se barren ellos solos. Son así de generosos estos chicos.

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