Evan­ge­lio

ABC - Alfa y Omega Madrid - - Fe Y Vida -

Los pa­dres de Je­sús so­lían ir ca­da año a Je­ru­sa­lén por la fiesta de la Pas­cua. Cuan­do cum­plió do­ce años, subie­ron a la fiesta se­gún la cos­tum­bre y, cuan­do ter­mi­nó, se vol­vie­ron; pe­ro el ni­ño Je­sús se que­dó en Je­ru­sa­lén, sin que se en­te­ra­ran sus pa­dres. Es­tos, cre­yen­do que es­ta­ba en la ca­ra­va­na, an­du­vie­ron el ca­mino de un día y se pu­sie­ron a bus­car­lo en­tre los pa­rien­tes y co­no­ci­dos; al no en­con­trar­lo, se vol­vie­ron a Je­ru­sa­lén bus­cán­do­lo. Y su­ce­dió que, a los tres días, lo en­con­tra­ron en el tem­plo, sen­ta­do en me­dio de los maes­tros, es­cu­chán­do­los y ha­cién­do­les pre­gun­tas. To­dos los que le oían que­da­ban asom­bra­dos de su ta­len­to y de las res­pues­tas que da­ba. Al ver­lo, se que­da­ron ató­ni­tos, y le di­jo su ma­dre: «Hi­jo, ¿por qué nos has tra­ta­do así? Tu pa­dre y yo te bus­cá­ba­mos an­gus­tia­dos». Él les con­tes­tó: «¿Por qué me bus­ca­bais? ¿No sa­bíais que yo de­bía es­tar en las co­sas de mi Pa­dre?». Pe­ro ellos no com­pren­die­ron lo que les di­jo.

Él ba­jó con ellos y fue a Na­za­ret y es­ta­ba su­je­to a ellos. Su ma­dre con­ser­va­ba to­do es­to en su co­ra­zón. Y Je­sús iba cre­cien­do en sa­bi­du­ría, en es­ta­tu­ra, y en gra­cia an­te Dios y an­te los hom­bres. Lu­cas 2, 41-52

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