Sun­tia, ejem­plo de co­ra­je con­tra el mal

ABC - Alfa y Omega Madrid - - Opinión - Jorge Cri­sa­fu­lli* *Mi­sio­ne­ro sa­le­siano en Free­town (Sie­rra Leo­na)

Sun­tia es una chi­ca her­mo­sa que na­ció en Ni­ge­ria y a la que su pa­dre lle­vó a Sie­rra Leo­na cuan­do era pe­que­ña. La pu­so a tra­ba­jar de sol a sol, le pe­ga­ba si no ven­día lo su­fi­cien­te y por las no­ches abu­sa­ba se­xual­men­te de ella. Las he­ri­das emo­cio­na­les le do­lían tan­to co­mo las fí­si­cas, pe­ro no po­der ir a la es­cue­la era su ma­yor do­lor. Sin em­bar­go, en esos cru­ces de ca­mi­nos de la vi­da se en­con­tró con Don Bos­co y una luz bri­lló pa­ra ella.

El mal a me­nu­do gol­pea du­ro. «El mis­te­rio de la iniqui­dad», co­mo lo lla­ma­ba san Pa­blo, tie­ne raí­ces pro­fun­das. Sus fru­tos más in­me­dia­tos son el do­lor y el su­fri­mien­to, so­bre to­do de los más pe­que­ños, vul­ne­ra­bles e ino­cen­tes. Ya lo de­cía el in­cre­yen­te de la no­ve­la La Pes­te de Ca­mus: «Ten­go otra idea del amor. Y re­cha­za­ría has­ta la muer­te amar una crea­ción en la que los ni­ños son tor­tu­ra­dos». El mal pue­de em­pu­jar a la ins­creen­cia y des­con­fian­za en la crea­ción.

La cues­tión es nun­ca de­jar­se de­rrum­bar por el mal. Sun­tia lu­chó siem­pre y le hi­zo fren­te con co­ra­je y con fuer­za. Con la ayu­da de Don Bos­co ter­mi­nó la Se­cun­da­ria y no so­lo su­peró el trau­ma de la vio­la­ción, sino que es­tá es­tu­dian­do Tra­ba­jo So­cial en la uni­ver­si­dad y me ha di­cho or­gu­llo­sa: «Un día en­tré en Don Bos­co co­mo be­ne­fi­cia­ria; un día vol­ve­ré co­mo tra­ba­ja­do­ra so­cial». De he­cho, ya es ju­nior staff en el pro­gra­ma de reha­bi­li­ta­ción de ni­ñas que vi­ven en si­tua­ción de pros­ti­tu­ción.

«No­so­tros he­mos co­no­ci­do y creí­do en el Amor» (1 Jn. 4, 16). Es­te es mi le­ma sa­cer­do­tal y ca­da día me da ener­gía pa­ra se­guir lu­chan­do por la jus­ti­cia. Por­que allí don­de hay con­cen­tra­ción de mal, co­mo en Sie­rra Leo­na, Dios me pi­de que yo sea su co­ra­zón, sus ojos, sus ma­nos y sus pies pa­ra que ha­ya al mis­mo tiem­po una con­cen­tra­ción de mi­se­ri­cor­dia. La pre­sen­cia del mal en el mun­do me ayu­da a creer más fuer­te­men­te en el Amor. Él me pi­de que sea es­pon­ja, que ab­sor­ba do­lor y que lo trans­for­me en amor. Yo si­go cre­yen­do, no a pe­sar de sino des­de las si­tua­cio­nes de mal que me to­ca vi­vir a dia­rio. Mi idea de Dios es la de un Dios con no­so­tros, em­pá­ti­co, cer­cano, que su­fre y se ale­gra con sus cria­tu­ras.

Re­cién em­pe­za­do 2019, te au­gu­ro un año ale­gre, lleno de luz y de paz. Pe­ro si el mal lle­ga a gol­pear tu puer­ta con su cuo­ta de su­fri­mien­to, no te achi­ques, no te de­pri­mas, no de­jes de creer. Al con­tra­rio, conviértete en es­pon­ja, abra­za la cruz (Mt. 16, 24) siem­pre, in­me­dia­ta­men­te y con ale­gría, que allí don­de abun­dó el pe­ca­do, so­bre­abun­dó la gra­cia.

Jorge Cri­sa­fu­lli

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