«En­tré en una igle­sia y di­je: “Écha­me una mano”»

En­ri­que Ar­ce, ac­tor y es­cri­tor

ABC - Alfa y Omega - - Cuando Se Apagan Los Focos - Jo­sé Luis Bo­na­ño Ro­dri­go Pi­ne­do

En­tre el ro­da­je de la nue­va pe­lí­cu­la de Terminator y la ter­ce­ra tem­po­ra­da de La ca­sa de pa­pel, En­ri­que Ar­ce (Va­len­cia, 1972) pro­mo­cio­na su pri­me­ra no­ve­la, La gran­de­za de las co­sas sin nom­bre (La Es­fe­ra de los Li­bros). Igual que el pro­ta­go­nis­ta, el ac­tor ha apren­di­do a co­no­cer­se, a «de­jar de pen­sar que las co­sas ex­ter­nas me da­rían la fe­li­ci­dad» y a con­fiar.

En el li­bro se lee que «la fe­li­ci­dad in­trín­se­ca al triun­fo y la glo­ria se pre­su­po­ne, o se ima­gi­na, pe­ra ra­ra vez se con­ju­ga en pre­sen­te de in­di­ca­ti­vo». ¿Es así?

Cuan­do bus­cas al­go des­de el con­trol y la ne­ce­si­dad no te sue­le re­por­tar la sen­sa­ción que es­pe­ra­bas. La re­fle­xión de Sa­muel [el pro­ta­go­nis­ta] es la mía pro­pia. No se con­ju­gó en pre­sen­te has­ta que em­pe­cé a tra­ba­jar mi in­te­rior, a de­jar de pen­sar que las co­sas ex­ter­nas me da­rían la fe­li­ci­dad…

El al­cohol, al que se re­fie­re co­mo «el úl­ti­mo re­duc­to de la gen­te tris­te», es­tá muy pre­sen­te en el re­la­to. ¿Fue en al­gún mo­men­to su pun­to de fu­ga?

Ha­blo de al­cohol co­mo po­dría ha­ber ha­bla­do de otra adic­ción que su­pon­ga ce­der un mal con­trol: adic­ción a las re­des so­cia­les, al éxito o al di­ne­ro, al se­xo… Es muy dis­tin­to a ce­der el con­trol a un in­tan­gi­ble que mu­chos lla­ma­mos Dios. Cuan­do yo ce­dí el con­trol a Dios –que es lo que co­noz­co–, la vi­da se me co­lo­có de una ma­ne­ra que ja­más pen­sé que fue­ra po­si­ble.

Un per­so­na­je ci­ta Cuen­to de Na­vi­dad de Dic­kens. ¿Tu­vo una epi­fa­nía?

Me fui a Lon­dres en una épo­ca te­rri­ble pa­ra la pro­fe­sión en Es­pa­ña. Ha­bía he­cho una pe­lí­cu­la con Pier­ce Bros­nan, Aa­ron Paul y Toni Co­let­te

[Me­jor otro día] y apro­ve­ché el estreno pa­ra bus­car suer­te ahí. En un mo­men­to da­do te­nía po­co di­ne­ro, es­ta­ba ba­jo de áni­mo, me par­tie­ron la ca­ra… Con 41 años, en vez de te­ner tu vi­da es­ta­bi­li­za­da, ha­bía to­ca­do fon­do. Con la ca­ra co­mo un plato por una pe­lea en un bar des­pués de be­ber, en­tré en una igle­sia co­mo si me hu­bie­ran suc­cio­na­do la vi­da. Me caían las lá­gri­mas. Es­ta­ba ahí sen­ta­do y di­je: «Si es ver­dad lo que me con­ta­ron los ma­ris­tas de pe­que­ño, si hay al­go ahí, écha­me una mano». Fue el prin­ci­pio de to­do lo que ha ve­ni­do des­pués.

Cam­bié cuan­do ce­dí el con­trol, cuan­do de­jé de lle­var el co­che con el que iba por la vi­da a 200 por ho­ra, que­rien­do re­co­no­ci­mien­to y éxito, y me sen­té en el asien­to del co­pi­lo­to, lo re­cli­né, me pu­se el cin­tu­rón y le di­je: «Aho­ra lo lle­vas tú un ra­to». To­do han si­do ben­di­cio­nes. El tra­ba­jo que he he­cho, que ha coin­ci­di­do con la no­ve­la, ha si­do mi pro­pio ca­mino ini­ciá­ti­co.

Ese ca­mino lo he ex­pe­ri­men­ta­do tam­bién de for­ma fí­si­ca en el Ca­mino de San­tia­go. Co­mo me di­jo un se­ñor de Za­ra­go­za que lo ha­bía he­cho unas 16 ve­ces, el Ca­mino te eli­ge a ti. Ha si­do la ex­pe­rien­cia más gra­ti­fi­can­te de mi vi­da a mu­chos ni­ve­les.

¿Vi­ve de for­ma dis­tin­ta el enor­me éxito de La ca­sa de pa­pel?

Re­ci­bo las co­sas con gra­ti­tud pe­ro ya no me pro­yec­to en ellas. Pre­fie­ro es­tar bien eco­nó­mi­ca­men­te, me lo pa­so muy bien, pe­ro si esas co­sas no es­tu­vie­ran ahí, no cam­bia­ría la ima­gen que ten­go de mí o la sen­sa­ción con la que vi­vo ca­da día. An­tes hu­bie­ra si­do to­do o na­da. Si en esa épo­ca más tur­bia hu­bie­ra es­ta­do en Terminator, me ha­bría creí­do el rey del mambo. Aho­ra sé que lo im­por­tan­te pa­sa aquí [se­ña­lán­do­se la ca­be­za y el co­ra­zón]. To­do lo de­más es una par­ti­da en la que es­toy te­nien­do va­rias bue­nas ma­nos se­gui­das, pe­ro eso pue­de cam­biar ma­ña­na. Ten­go la en­te­re­za de es­pí­ri­tu su­fi­cien­te pa­ra que no cam­bien mi for­ma de sen­tir­me, mis re­la­cio­nes…

Es ver­dad que es un mo­men­to muy bueno pa­ra que es­ta no­ve­la sal­ga, pe­ro miro to­do de sos­la­yo por­que el ver­da­de­ro éxito fue esa pa­li­za, pa­sear por Lon­dres, en­trar en esa igle­sia. No es

mar­ke­ting, lo sien­to así. Lo me­jor que me ha pa­sa­do en mi vi­da han si­do des­gra­cias.

¿Es­cri­bir la no­ve­la le ayu­dó?

Ha si­do te­ra­péu­ti­co a to­pe. En un mo­men­to en el que no po­día ejer­cer la crea­ti­vi­dad co­mo ac­tor, la ejer­cí es­cri­bien­do. Mi pa­dre me de­cía que soy un es­cri­tor que apren­dió a ac­tuar, y tie­ne ra­zón. Des­de pe­que­ño es­cri­bía poe­ma­rios, ga­na­ba el con­cur­so de los ma­ris­tas de redacción a la Vir­gen ca­da año… Ten­go más ca­pa­ci­dad de to­car a gen­te des­de la li­te­ra­tu­ra que des­de el ci­ne o la te­le­vi­sión por­que soy so­be­rano de mi pro­pio tra­ba­jo.

¿Ha pen­sa­do ya su pró­xi­mo li­bro?

Cuan­do lle­gué a mi agen­te li­te­ra­ria, Pal­mi­ra, me di­jo: «Pue­do lle­var­te la pu­bli­ca­ción y la co­mu­ni­ca­ción de es­ta no­ve­la o te re­pre­sen­to co­mo es­cri­tor». Con­fia­ba en mí. Si­go sien­do ac­tor, es lo que po­ne un plato de co­mi­da en mi me­sa, pe­ro es­ta­ré con la an­te­na pues­ta. No voy a me­ter­me en otros gé­ne­ros ni es­cri­bir cien­cia fic­ción… In­ten­ta­ré que la his­to­ria lo­gré al­go que me di­jo una se­ño­ra en una pre­sen­ta­ción: re­mo­ver y con­mo­ver.

Quie­ro que más que li­bro de au­to­ayu­da, que no me gus­ta el gé­ne­ro aun­que hay gen­te que lo ha­ce muy bien, sea una his­to­ria que mues­tre que hay es­pe­ran­za, un can­to a la vi­da. Hay li­bros que ha­blan de pe­lear por tus sue­ños, yo ha­blo de la idea de ren­dir­se co­mo una ben­di­ción, de con­fiar lo su­fi­cien­te.

Es­to me re­cuer­da al ca­ño­na­zo que cam­bió la vi­da a san Ig­na­cio…

O a san Agus­tín, o a san Pa­blo… Yo tam­bién he te­ni­do una vi­da muy di­so­lu­ta, muy apar­ta­da de don­de ven­go, y es adon­de he vuel­to de al­gu­na ma­ne­ra.

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