«Me pi­do mo­rir de cán­cer pa­ra des­pe­dir­me en con­di­cio­nes»

ABC - Alfa y Omega - - Los Santos De La Puerta De Al Lado - San­tia­go Ries­co Pé­rez

Nan­di es pro­fun­da­men­te vi­tal, co­mo su ape­lli­do. Siem­pre qui­so ser vo­lun­ta­ria, y fi­nal­men­te se de­ci­dió por acom­pa­ñar a per­so­nas con en­fer­me­da­des avan­za­das en sus úl­ti­mos días. Re­sul­ta pa­ra­dó­ji­co que al­guien que de­rro­cha y con­ta­gia ale­gría por la vi­da es­té tan com­pro­me­ti­da con los que es­tán tan cer­ca de la muer­te. Ha­ce tres años que fa­lle­ció de cán­cer el ma­yor de sus her­ma­nos. Eran seis. Lle­ga­ron al País Vas­co des­de San­tia­go de Al­cán­ta­ra, en Cá­ce­res. En la es­que­la de su cu­ña­do –que tam­bién mu­rió de cán­cer– so­lo po­nía: «víc­ti­ma del amian­to». Nan­di sa­be de lo que ha­bla.

¿ Te con­si­de­ras una san­ta? No, no me con­si­de­ro una san­ta. Ni de le­jos. He mi­ra­do en el dic­cio­na­rio y la san­ti­dad es­tá re­la­cio­na­da con la re­li­gión. Na­da que ver.

Ol­ví­da­te del dic­cio­na­rio, ¿qué es pa­ra ti la san­ti­dad?

Pues ser una per­so­na bue­na. Pe­ro yo ni si­quie­ra sé si lo soy, eso lo ten­drán que de­cir los de­más. Lo de san­ta ya te di­go yo que me vie­ne muy gran­de.

¿Y no has co­no­ci­do a al­guien que te pa­re­cie­ra san­to o san­ta?

Qui­zá mi pa­dre, por­que era ín­te­gro. Era muy bue­na per­so­na: tra­ba­ja­dor, con una vi­da di­fí­cil, que no se me­tía con na­die. [Pau­sa. Gran son­ri­sa]. Era un tío es­tu­pen­do. Quie­ro ser co­mo él.

Igual ya lo eres. Lle­vas to­da la vi­da tra­ba­jan­do pa­ra pa­gar­te la ca­rre­ra de Psi­co­lo­gía, has cria­do a un hi­jo que se aca­ba de ir de ca­sa y de­di­cas va­rias ho­ras a la se­ma­na a gen­te que tie­ne los días con­ta­dos. ¿Te pa­re­ce po­co?

Lo de ser vo­lun­ta­ria es una in­quie­tud que he te­ni­do siem­pre. Y he ido po­nien­do pe­gas pa­ra no dar el pa­so: que si ten­go que es­tu­diar, que si ten­go que cui­dar a mis pa­dres… Has­ta que ha­ce unos años en­con­tré una web de vo­lun­ta­ria­do y bus­qué al­go cer­ca de ca­sa. Les man­dé un mail a los de San Juan de Dios, en­ca­jé, y ahí si­go, en la Uni­dad de Cui­da­dos Pa­lia­ti­vos del hos­pi­tal de San­tur­tzi. ¿Y por qué esa in­quie­tud? Por­que creo que to­dos ten­dría­mos que de­vol­ver a la vi­da lo que la vi­da nos da. Y nos da mu­chas co­sas. Ha­cer al­go por al­guien es de­vol­ver un po­co to­do lo que la so­cie­dad me ha da­do. ¿En qué con­sis­te tu vo­lun­ta­ria­do? Te­ne­mos un cen­tro de so­por­te. En una par­te de la ca­pi­lla se pre­pa­ró un lu­gar pa­ra es­tar, pa­ra ha­blar, pa­ra abrir al pú­bli­co y ha­cer ac­ti­vi­da­des. Yo co­men­cé ha­cien­do la his­to­ria mu­si­cal de los pa­cien­tes. ¿Y eso qué es? Es ha­cer la ban­da so­no­ra de tu vi­da. Las can­cio­nes que has es­cu­cha­do de pe­que­ño, las que oías a tu ma­dre en ca­sa, las que po­nía tu pa­dre en el co­che, las que es­cu­cha­bas en la es­cue­la, en la ado­les­cen­cia… y así has­ta la ac­tua­li­dad. Sue­na so­bre­co­ge­dor… Es muy bo­ni­to. La mú­si­ca es lo que más nos mue­ve y con­mue­ve por­que nos tras­la­da a ese mo­men­to con esas per­so­nas. Al­gu­nos no quie­ren aca­bar nun­ca. Es muy bo­ni­to.

En­ton­ces ¿tie­ne re­per­cu­sión en el fi­nal de la vi­da?

Les cam­bia la ca­ra. En el mo­men­to que es­cu­chan su mú­si­ca, las can­cio­nes que tie­nen en su car­pe­ta, les cam­bia la ca­ra. Hay gen­te in­co­mu­ni­ca­da que no ha­bla pe­ro que can­ta sus can­cio­nes. La mú­si­ca no se ol­vi­da.

La ima­gen del vo­lun­ta­rio es­tá aso­cia­da a me­jo­rar la vi­da de las per­so­nas. En tu ca­so pa­re­ce que la ta­rea es me­jo­rar la muer­te.

Des­de el pri­mer día sa­les de allí dán­do­te cuen­ta de que la muer­te es par­te de la vi­da y, so­bre to­do, de la suer­te que tie­nes. Y de que hay que edu­car pa­ra la muer­te.

¿Crees que en nues­tra so­cie­dad es­con­de­mos la muer­te?

Yo creo que ca­da vez me­nos. Es más, yo creo que te­ner una muer­te en pa­lia­ti­vos es una gran suer­te. Yo, des­de lue­go, me pi­do mo­rir de cán­cer pa­ra de­jar to­do arre­gla­do y des­pe­dir­me en con­di­cio­nes. Ha­ce unos años ha­bría si­do im­pen­sa­ble pa­ra mí de­cir es­to. Mo­rir de re­pen­te es muy egoís­ta, es me­jor te­ner tiem­po pa­ra des­pe­dir­se.

Di­ce el Pa­pa Fran­cis­co que no hay que co­piar a los san­tos, sino que ca­da uno te­ne­mos que sa­car a la luz lo me­jor que ten­ga­mos. ¿Qué crees que es lo me­jor que tú tie­nes?

Yo ha­go fa­tal lo de es­tar y lo de es­cu­char. No sé. Soy bue­na gen­te, co­mo to­do el mun­do. Pe­ro hay que po­ner­se en los za­pa­tos de los de­más. Yo soy muy ayu­da­do­ra.

Aca­ba­mos co­mo em­pe­za­mos: ¿Te con­si­de­ras una san­ta?

No. [Ri­sas]. Y lo sa­bes. [Más ri­sas].

San­tia­go Ries­co Pé­rez

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