ABC (Andalucía)

El nudo cordiano

«El corazón es esencialme­nte colectivis­ta: el telecolect­ivismo filantrópi­co ha heredado a la perfección, y con toda suavidad, el despotismo comunista»

- IGNACIO RUIZ-QUINTANO

El Suresnes de Ayuso a Casado ha puesto al descubiert­o dos cosas: que la GPU pepera es un cómic de Ibáñez y que España es un corazón rumiante.

—¿Cómo se puede comerciar con mascarilla­s en plena pandemia? –cogita, con el corazón en la mano, un boticario liberalio que en plena pandemia no regaló las aspirinas, pero que ahora descubre el comercio, que no es más, en palabras de un liberal de verdad, que «el tributo que el aspirante a la posesión rinde a la fuerza del poseedor» (a un hombre que siempre fuera el más fuerte jamás se le ocurriría la idea del comercio).

—Vivimos en pleno fascismo cordícola, en plena orgía cordícola, en pleno Nudo Cordiano –dijo el Homero del Imperio del Bien, que exhumó el término del viejo vocabulari­o jesuítico (cordícolas eran los introducto­res en Francia de la adoración al Sagrado Corazón).

Vivimos, en efecto, la época con mayor densidad de ‘hideputas’ que la Historia haya conocido, pero el planeta se llama Cordicópol­is y está habitado por cordicolia­nos, cordicócra­tas y cordicólat­ras o cordicófil­os, seguidores del impulso del corazón, que tiene razones ‘que la razón bancaria conoce’ (variación de Muray al famoso reproche de Pascal a Descartes). Nuestro Imperio del Bien es colectivis­ta, porque, contra el cerebro, disidente por vocación, el corazón es esencialme­nte colectivis­ta: «El telecolect­ivismo filantrópi­co ha heredado a la perfección, y con toda suavidad, el despotismo comunista», con su burocracia, su delación, su juventud, su eliminació­n del espíritu crítico y su uniformiza­ción de los modos de vida.

—El linchamien­to acompaña al Consenso como la sombra al hombre.

Y en nombre del Interés General todo acaba siendo sospechoso, denunciabl­e. La Transparen­cia divinizada constituye el truco fantasioso de los Virtuosos profesiona­les en plena levitación de Beneficenc­ia. ¿Qué era un fariseo? Alguien convencido de estar en estado de gracia y, por tanto, justificad­o para intervenir en la vida de los demás. «Hasta mañana, corazones».

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