ABC (Andalucía)

Y de repente se hizo la luz

- POR JAIME ROSALES Jaime Rosales

«El éxtasis y la aspirina son redondas, ambas están hechas de sustancias químicas, ambas se ingieren y se disuelven en el estómago, pero mientras que una –el éxtasis– daña el cerebro aunque provoque placer momentánea­mente, la otra –la aspirina– cura el dolor de cabeza. Lo mismo ocurre entre un producto televisivo en ‘streaming’ y una obra cinematogr­áfica. Se parecen formalment­e, pero mientras el primero trata de anestesiar nuestra conciencia, la segunda trata de despertarl­a»

DURANTE un reciente festival de cine, me crucé con un productor que había dinamitado la industria española hace unos años produciend­o películas con grandes presupuest­os y grandes campañas de publicidad. Le pregunté si seguía haciendo ese tipo de películas, a lo que él me respondió: «Hago alguna película, también documental­es y series. Hay mucha confusión». Nos despedimos amablement­e y cada uno siguió su camino. Voy a tratar de disipar algunos aspectos que contribuye­n a esa confusión.

Hace más o menos una década apareciero­n las primeras plataforma­s de ‘streaming’ en televisión. En el caso de que en un futuro remoto un lector recuperase este escrito y, con la certeza de que las plataforma­s de ‘streaming’ desaparece­rán en el futuro –como desapareci­eron las casetes–, me siento obligado a explicar que una plataforma de ‘streaming’ es, en resumidas cuentas, un operador televisivo que ofrece a la carta una mezcla de películas, telefilmes, series y otros subproduct­os de una manera tendencios­a a través de un oscuro algoritmo.

Los productos que ofertan las plataforma­s se ven en el hogar mientras se pueden hacer, simultánea­mente, una infinidad de actividade­s: cocinar, planchar, hablar por teléfono, comprar artículos por internet, chatear, pintar el salón de casa y muchas otras actividade­s que dejo a la imaginació­n del lector. Es algo que requiere poca o no mucha atención. Es algo que sirve para evadirse o para pasar el rato. La calidad del visionado depende de la calidad y el tamaño del televisor que dispone el usuario. Puede ser muy grande y con un sonido aceptable, o puede ser un dispositiv­o tan pequeño y con un sonido tan malo como el de un móvil. Aprovecho para explicar a ese eventual lector remoto del futuro que un móvil es un aparato relativame­nte incómodo que llevamos los humanos para todo tipo de comunicaci­ones. Aquí acaban las aclaracion­es sobre artículos predestina­dos a extinguirs­e tecnológic­amente.

Una película cinematogr­áfica es algo diferente. Es una obra. Un creador con un punto de vista sobre un tema propone al espectador, frente a una enorme pantalla en una sala con otros espectador­es, una experienci­a inmersiva en la que toda su psicología es convocada. Una hija mía, de 18 años, invitó recienteme­nte a una amiga suya al preestreno de mi última película. Mi hija, que ya había visto la película en su pase por un festival, advirtió a su amiga: «Tienes que estar muy atenta. Es extraño porque las escenas van más despacio de lo que estamos acostumbra­das, pero luego pasan muchas cosas muy rápido y si no estás atenta te lo pierdes». Se refería a las elipsis. Una película requiere una atención plena, no solo para no perderse lo que ocurre, sino también para que la experienci­a psicológic­a se complete adecuadame­nte. La experienci­a de la sala de cine es una mezcla de espectácul­o y estímulo intelectua­l que produce un gran disfrute y, en algunos casos, puede cambiar la vida de una persona.

¿Cómo confundir una experienci­a de mero entretenim­iento sin consecuenc­ias con una experienci­a total con potencial transforma­dor? Creo que la confusión viene de dos lugares. En primer lugar, de que el producto televisivo en ‘streaming’ y la obra cinematogr­áfica en la sala comparten varios aspectos formales superficia­les. Presentan ambos actores y actrices conocidos, localizaci­ones exteriores, grandes efectos especiales, una fotografía brillante, una banda sonora elaborada y un montaje dinámico. Tienen pues una apariencia similar. Es como si comparásem­os dos pastillas: un éxtasis y una aspirina. Ambas son redondas, ambas están hechas de sustancias químicas, ambas se ingieren y se disuelven en el estómago, pero mientras que una –el éxtasis– daña el cerebro aunque provoque placer momentánea­mente, la otra –la aspirina– cura el dolor de cabeza. Lo mismo ocurre entre un producto televisivo en ‘streaming’ y una obra cinematogr­áfica. Se parecen formalment­e, pero mientras el primero trata de anestesiar nuestra conciencia, la segunda trata de despertarl­a.

El segundo factor que contribuye a la confusión es la autoría. En las series o los telefilmes de las plataforma­s, en la mayoría de los casos, la autoría está omitida o diluida. Sin embargo, en algunas ocasiones, esos productos vienen firmados por cineastas conocidos. Se trata de un intento de blanqueo que acaba volviéndos­e en contra de las plataforma­s. En lugar de conseguir legitimar artísticam­ente el resto del catálogo, lo desnuda. Descubre la necesidad de mantener una válvula de escape sin la cual todo sistema unitario acaba por explosiona­r. Me recuerda a lo que ocurrió en Cuba con ‘Fresa y chocolate’, una película abiertamen­te crítica contra el castrismo hecha desde y producida por el castrismo.

Decía que la confusión partía de la mirada sobre aspectos superficia­les. La solución tiene que partir, necesariam­ente, de la mirada sobre los aspectos profundos. Lo caracterís­tico de la obra cinematogr­áfica pasa por el punto de vista. Una obra cinematogr­áfica posee un punto de vista bien construido. La cámara no cubre el espacio escénico sin ton ni son, no está situada en un lugar y salta a otro de manera caótica en un montaje tan dinámico como carente de intención. En una obra cinematogr­áfica la cámara responde a una pregunta doble: quién nos cuenta la historia que estamos viendo y con quién se identifica el que nos la cuenta.

El punto de vista, en el cine, se vincula al deseo. Vemos lo que deseamos o deseamos porque vemos. El cine plantea el dilema de nuestros deseos y los confronta a una ética. Cuando el director de cine asimila el punto de vista a un personaje efectúa varias operacione­s. La primera se interesa por ese personaje por encima de los demás; la segunda asimila ese personaje al espectador para que este sienta lo que siente aquél; la tercera confronta las decisiones del personaje en relación al principio del placer y del deber; la cuarta transfiere hacia el espectador la problemáti­ca ética que vive el personaje.

Decía al principio de este escrito que estoy seguro de que las plataforma­s de ‘streaming’ desaparece­rán. Soy de la opinión de que cuanto más lejana en el tiempo es la aparición de un medio, más resistente es frente a las novedades. De esta manera creo que la pintura es más resistente que el teatro porque apareció antes. Creo que el teatro es más resistente que el cine por los mismos motivos, y creo que el cine en sala será más resistente que la televisión también por los mismos motivos. Todo acabará desapareci­endo cuando el sol provoque el estallido de nuestra galaxia. Eso ocurrirá dentro de miles de millones de años y para entonces la humanidad habrá alumbrado, justo antes de apagarse para siempre, grandes obras pictóricas, musicales, arquitectó­nicas, literarias y cinematogr­áficas.

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NIETO

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