ABC (Barcelona)

Un turbante negro con oscuro pasado

▶ La ejecución sumaria de miles de activistas de izquierdas en 1988, cuando era fiscal adjunto de Teherán, pesa como una losa sobre Raisi

- FRANCISCO DE ANDRÉS

Una de las primeras personalid­ades en felicitar ayer a Ebrahim Raisi, antes incluso de hacerse oficial su victoria, fue el presidente saliente de Irán Hasán Rohani, que en 2017 se impuso al clérigo-juez y no obtuvo de este ningún parabién. Es un pequeño gesto que describe la gran realidad del cambio de escenario en Irán. En el opaco juego de espejos del sistema político persa ha llegado el momento del ‘poli malo’, y el bueno hace mutis por el foro guardando las formas porque es consciente del volumen de poder que ha acumulado Raisi. En el régimen integrista iraní, la última palabra y el poder máximo reside en el Líder Supremo, ayer Jomeini y hoy el ayatolá Jamenei. Pero Ebrahim Raisi llega a la cúpula del Ejecutivo contando no solo con el respaldo del Líder sino también con un control inédito del aparato, labrado poco a poco desde su juventud.

Raisi ingresó en el seminario de Qom (el ‘ West Point’ chií) a los 15 años para hacer carrera en el clero. Con solo 20 años, llamó la atención del primer Líder Supremo de la Revolución iraní, el ayatolá Jomeini, por su astucia y fervor revolucion­ario y comenzó su fulgurante carrera en el aparato político-clerical. En 1981 fue nombrado fiscal de la ciudad de Karaj. En 1985, fiscal adjunto de la macrourbe de Teherán. En 1988, Jomeini le encarga ‘ tareas especiales’ en varias regiones. A partir de ese momento, la escalada es permanente: fiscal de Teherán, vicepresid­ente del poder judicial, y a partir de 2019 presidente de la máxima instancia penal del país por nombramien­to de Jamenei, sucesor de Jomeini.

Además, Ebrahim Raisi –que luce un turbante negro, el que usan todos los clérigos chiíes emparentad­os con la familia de Mahoma, los demás solo pueden usar el blanco– mantiene cargos en el sistema de poder interno. Desde 2006 es miembro de la llamada Asamblea de Expertos, la que elige al Líder Supremo. En realidad, todos los miembros de la Asamblea son elegidos por el llamado Consejo de Guardianes, que a su vez es elegido por el Líder Supremo, así que todo confluye en último término en la voluntad de una sola persona, sacrosanta e inviolable en el actual ordenamien­to iraní. La llegada de Raisi a la presidenci­a –la jefatura de Gobierno– ha sido pues bendecida por Jamenei y apunta quizá a la intención de este, que ya tiene 82 años, de elegirle como sucesor en la cúpula de la teocracia. A menos que Ali Jamenei tenga en su mente otro proyecto más sutil para que el heredero sea su segundo hijo, Mojtaba Jamenei, y piense que la presidenci­a del país será en realidad la tumba política del ambicioso Raisi. Esa es la tesis que apunta el semanario ‘ The Economist’, que ha pulsado algunas fuentes internas del régimen.

De puertas afuera del país, la llegada al gobierno del hasta ayer presidente de la Autoridad Judicial ha levantado, y seguirá haciéndolo, olas de protesta entre el exilio iraní y en no pocas instancias. Para empezar, Ebrahim Raisi figura en la lista de sancionado­s, con nombre y apellido, por Estados Unidos por su pasado oscuro al frente del poder judicial.

Los hechos han sido denunciado­s durante muchos años por disidentes que lograron escapar de Irán, y por organizaci­ones como Amnistía Internacio­nal. Ebrahim Raisi formó parte del llamado ‘Comité de la Muerte’, un organismo compuesto por solo cuatro jueces que a finales de los años 80 envió a la horca a miles de dirigentes y activistas de partidos laicos de izquierdas, sin juicio público previo.

La cifra de ejecutados oscila, según las organizaci­ones internacio­nales y los historiado­res, entre los 3.000 y los 4.000. La mayor parte de las penas de muerte (con el método del ahorcamien­to y la donación de un órgano) solo entre los meses de julio y septiembre de 1988. El grupo más laminado por la persecució­n, los ‘Muyahidine­s del Pueblo’, afirma que los ejecutados se acercan a los 30.000. Nadie sabe dónde están sus restos, y Ebrahim Raisi siempre ha negado haber formado parte del comité que les enviaba a la muerte tras haber aprobado las torturas.

De la necesidad virtud

La campaña de exterminio de los partidos de izquierdas iraníes, que en el primer momento de la revolución apoyaron de modo entusiasta al ayatolá Jomeini contra el Sha hasta que el régimen fundamenta­lista clerical se los tragó, emergerá a partir de ahora como un telón de fondo de la presidenci­a de Ebrahim Raisi. Pero ese elemento no tiene por qué ser negativo para sus intereses. En Rusia, Vladímir Putin ha sabido hacer de su pasado al frente del KBG y de su ensañamien­to con sus rivales una carta de poder e influencia en los asuntos mundiales. Raisi tiene ante sí, ahora, la difícil pero no imposible tarea de convencer a la Administra­ción Biden de los beneficios pragmático­s que tiene para Estados Unidos y para Occidente volver a negociar con Teherán y levantar las sanciones económicas.

Otro punto oscuro de su carrera tiene que ver precisamen­te con su currículum. Ebrahim Raisi se refirió a sí mismo durante un tiempo como un ‘ayatolá’, el puesto más alto en la jerarquía del clero chií. Cuando los medios de comunicaci­ón dieron a entender que sus estudios de teología habían sido más bien escasos, se rebajó un escalón para adoptar el título de ‘ hoyatolesl­am’.

Durante los pocos debates mantenidos en público en esta campaña electoral, uno de los candidatos rivales se olvidó de su papel de comparsa, y echó en cara a Raisi que su «educación académica es solo de seis clases de alfabetiza­ción, y eso no es suficiente para gobernar un país» de 83 millones de personas. Aunque los medios de comunicaci­ón recibieron después la consigna de no mencionar ninguna crítica al candidato favorito, será interesant­e observar con qué título clerical querrá ser conocido a partir de ahora el flamante presidente Raisi.

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