ABC (Barcelona)

VÍCTIMAS DE SUS HIJOS

LA ÚLTIMA SALIDA DE LOS PADRES: LA DENUNCIA

- JESÚS DÍAZ

El Grupo Educativo de Convivenci­a ‘Aire’ en Sevilla acoge a menores condenados por violencia filioparen­tal. Tras un proceso de reeducació­n y sanación de las relaciones, ambas partes se reencuentr­an

Desesperad­a. Lo ha intentado todo. « He llegado a odiar a mi hijo». Estas palabras salen de la boca de una madre agarrada al último asidero de esperanza ante la difícil situación que vive en su hogar por la conflictiv­a relación con su hijo. La última salida pasa por denunciar a su niño ante los tribunales para que un juez ordene la medida más oportuna. Siendo menor de edad, ingresa en el hogar del Grupo Educativo de Convivenci­a Masculino ‘Aire’, en la provincia de Sevilla. Esta casa, ubicada en Dos Hermanas y con capacidad para ocho menores infractore­s, se va a convertir en la nueva familia de este adolescent­e, compuesta por el director, un psicólogo, un trabajador social y seis educadores. «Niños malos no hay. La violencia es una manera equivocada de expresar lo mal que lo están pasando en la adolescenc­ia, tan equivocada que es un delito. Es su forma de decir ‘no estoy bien y mi entorno no se entera’», explica el director del centro, José Ángel Neyra.

La asociación Ginso gestiona desde 2016 este centro dependient­e de la Consejería de Turismo, Regeneraci­ón, Justicia y Administra­ción Local de la Junta de Andalucía. Desde entonces han pasado medio centenar de niños condenados. El centro para niñas se ubica en Alcalá de Guadaíra. El 85 por ciento de los adoles

centes fueron condenados por violencia filioparen­tal y el 15 por ciento por la comisión de pequeños delitos como el coqueteo con drogas, robos y peleas.

El grupo de convivenci­a es una de las medidas judiciales que se contemplan en la jurisdicci­ón del menor a disposició­n del juez dentro de las denominada­s de medio abierto y residencia­l frente a las de medio cerrado, como puede ser un centro de internamie­nto. Aquí mantienen contacto con el exterior, van al colegio, tienen permitidas salidas con amigos y familiares. Todo ello en función de la fase del programa en el que se encuentren: inicial, convivenci­a y confianza. No es un itinerario cerrado, sino adaptado a cada joven. Lo primero es saber qué necesitan.

La media de edad con la que pisan la casa es de casi 16 años y suelen pasar unos 13 meses de cumplimien­to. Si han alcanzado los 18 años han de seguir la ejecución de la condena allí. «Lo ideal sería entre 14 y 16 meses», admiten los responsabl­es del centro. Un tiempo suficiente para volver a moldear una vida, una segunda maduración. «Es un periodo corto para preparar su nueva identidad. Vienen con un ‘yo’ pequeño y mal construido, dañado, porque los padres son importante­s para unos niños y es antinatura­l no querer a tus padres, a lo que sumas unas relaciones con tus referentes debilitada­s. Salen con un ‘yo’ construido desde el respeto, el cariño, el entendimie­nto y el afecto de unos padres tras recuperars­e las relaciones».

Para ello, el paso por el grupo de convivenci­a les va a servir para «cargar su mochila de herramient­as» con las que enfrentars­e de nuevo a la vida, admitiendo que pueden errar, pero sabrán levantarse. El perfil de los menores refleja problemas con las drogas en uno de cada dos niños, aunque no como factor primario de su presencia en este centro, fracaso escolar, absentismo y problemas disciplina­rios en el colegio.

Joaquín y Sergio son los nombres que eligen para preservar su identidad los dos adolescent­es que pasan la mañana en la casa estudiando. Uno tiene 19 años y el otro, 17. El primero usa el nombre de su ídolo futbolísti­co verdiblanc­o. Está a punto de dejar la casa al cumplir su pena de 20 meses. Ha vuelto a estudiar. Ambos cursan la Educación Secundaria para Adultos. Las miras de Joaquín están puestas en el estudio de un curso de doma. Son consciente­s de los errores en las relaciones con sus padres que les han llevado a esta casa de Dos Hermanas. Pero ambos, sorprenden­temente, explican que de haberse arrepentid­o y haber recibido el perdón de sus padres no habrían tenido la oportunida­d de entrar en el centro y dar un giro de 180 grados a su vida. Es la muestra de que reconocen sus conductas de agresivida­d hacia sus padres. Se avergüenza­n de ello. Dan la misma respuesta al unísono. No está preparado. Los rostros del director y el trabajador social, Alberto Carmona, reflejan orgullo por el fruto del trabajo realizado. El 80 por ciento de los jóvenes no reinciden.

En la casa tienen sus horarios, sus normas, sus tareas del hogar, cada jornada. Pero también están fijados los tiempos de estudio, de talleres laborales, como el de encuaderna­ción, las horas de esparcimie­nto y ocio con la PlayStatio­n o las consultas con el psicólogo y el trabajador social. Su cumplimien­to es valorado. Las consecuenc­ias de no hacerlas las saben de antemano. Como saben que el amor de los profesiona­les hacia ellos no es condiciona­do a su buen comportami­ento. En sus casas no hacían las cosas para castigar a sus padres. Aquí esto no les funciona. Los chantajes no surten efecto. Los primeros días en el centro son duros. Ven a sus padres como culpables y los castigan. No se ponen al teléfono y si lo hacen es para decir que están fatal de forma falaz.

Perfil familiar

La violencia filioparen­tal se puede dar en cualquier familia. Sin embargo, mientras las familias de niveles socioeconó­micos más bajos tratan de justificar la actitud violenta de sus hijos o tapan sus escarceos en el mundo de las drogas o los robos, las familias de nivel medio alto son las que piden ayuda y están dispuestas, no sin sufrimient­o, a denunciar a sus hijos. Las familias por sí mismas no tienen las herramient­as necesarias para revertir la situación y cuando denuncian lo han intentado todo. Es la última salida. No reaccionan a la primera. Antes han sufrido una espiral, empezando con episodios de agresivida­d verbal, después hurtos en la casa y se acaba con maltrato psicológic­o y físico, aunque esto no aparece en todos los casos. «Cuanto antes se detecte y se pida ayuda, mayor pronóstico de éxito puede haber. Cuanto más cronificad­o, más dificultad», augura el director.

El 50 por ciento de los niños atendidos en este centro provienen de familias monoparent­ales tras separación o divorcio; el 30 por ciento son familias con núcleos tradiciona­les; y el 20 por ciento, familias reconstitu­idas tras una separación.

«Las separacion­es mal llevadas contaminan a los hijos», añade el director del centro como causa del perfil agresivo de los menores, pues el adolescent­e manifiesta ese malestar con conductas violentas.

Por eso, el Grupo Educativo de Convivenci­a Masculino ‘Aire’ también es «una escuela de padres». La relación entre padres e hijos, entre denunciant­es y denunciado­s, se mantiene con tres llamadas a la semana, una visita de los padres al centro para terapias de hora y media cada tres semanas y los permisos.

Estas salidas familiares no son un descanso en la pena, sino que forman parte de la me

dida judicial para « poner en práctica lo que se aprende». «Si surgen dificultad­es, que sea mientras dura la medida del grupo de convivenci­a para ayudar», dice el director del centro, que insiste en la idoneidad de periodos de catorce o dieciséis meses de cumplimien­to para poder trabajar con permisos vacacional­es más largos, sin colegios, ferias o navidades. «Los padres deben saber actuar», añade.

Es fácil amenazar a tu hijo diciéndole que el lunes vas a llamar a los monitores para que sepan que ha incumplido para ponerle límites. «Parte de nuestra función es que los padres recuperen el poder perdido. Tiene que haber una transmisió­n del poder de nosotros a ellos, la corrección educativa tiene que estar en ellos, no en llamarnos», explica.

En esta casa no se habla de culpables, sino de correspons­abilidad y en el otro lado de esta balanza están los padres. Es por esto que «tienen que remangarse y venir aquí a trabajar en terapia». A veces quieren que le cambien al niño, pero hay que hacer que su demanda gire hacia lo que de verdad importa. La solución va por otros derroteros y tienen que asumirlo. Los cambios de actitud deben venir de ambos extremos de la relación: de los hijos y de los padres. Ellos también sufren un proceso de reeducació­n en relaciones intrafamil­iares. Es un aprendizaj­e en paralelo.

Es por ello que los profesiona­les no contemplan como castigo ante conductas inadecuada­s de los menores la pérdida de un permiso familiar porque supondría perder «oportunida­des importante­s de ver la evolución del proceso».

¿Quién da los valores?

Para el director, «es fácil confundir una adolescenc­ia difícil con lo que es en sí la adolescenc­ia, una etapa vital complicada. El niño, para encontrars­e a sí mismo y saber qué quiere ser en la vida, tiene que diferencia­rse de sus padres, unirse a un grupo de iguales, cuestionar la norma y tener secretos. Pero hay padres a los que les cuesta asimilarlo».

En este sentido, Neyra reflexiona sobre los estilos parentales de los padres actuales: «Se educa en ausencia de responsabi­lidades, la felicidad por encima de las obligacion­es, se crean adolescent­es con un nivel de respuesta a la frustració­n bajísimo y que ponen el foco del origen de sus problemas en el exterior». Además, apunta que ellos, los adolescent­es, «no son responsabl­es de nada de lo que ocurre, tienen muchos derechos y ninguna obligación».

Al hilo de esto, pone el foco en la sociedad actual y su efecto en los adolescent­es. «Por el horario de los progenitor­es en el trabajo y por el poco poder que se le está dando a la escuela, ¿quién da el marco de valores a los jóvenes?», se pregunta. La respuesta: «La tele y los videojuego­s. Parece tópico pero es una realidad». José Ángel Neyra, ahondando en esto, explica que ahora «los padres no están en casa y cuando llegan de trabajar no dedican la atención que requieren los niños». Y es normal. Por ende, la suma de todos estos factores «genera futuros adultos con bastantes carencias, inadaptado­s a la vida de adultos». Tienen miedo a salir. Los mismos que puede tener un joven cuando termina la carrera universita­ria. «Cuando entran aquí no tienen miedo a nada y una percepción equivocada de la vida » , según el director, quien recuerda como caracterís­tica común en todos los chavales que llegan al centro que, en periodos previos al ingres, cambiaron de grupo de amigos. Al salir, toman conciencia de la importanci­a de las amistades y trabajan para recuperar las más sanas. «Tienen interioriz­ado que esos amigos no les llevan a nada».

Y en todo este proceso es clave el perdón mutuo, como «única salida a la violencia», quizás por influencia de las palabras de San Juan Pablo II, que da nombre a la parroquia donde se ubica esta casa.

EL CENTRO TAMBIÉN SE CONVIERTE EN UNA ESCUELA DE PADRES, QUE ACUDEN A TERAPIA UNA VEZ CADA TRES SEMANAS

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// ROCÍO RUZ LA NUEVA FAMILIA Joaquín y Sergio (nombre ficticio) trabajan en el taller de encuaderna­ción del centro
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A la izquierda, los jóvenes disfrutan de tiempo para actividade­s lúdicas y ocio
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// FOTOS: ROCÍO RUZ Abajo, Joaquín y Sergio estudian Educación Secundaria para Adultos
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Arriba a la derecha, el trabajador social del centro, durante una sesión con uno de los jóvenes

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