ABC (Castilla y León)

Kew Gardens,

A 40 minutos del centro de Londres, es un paisaje exótico y romántico que miles de turistas visitan cada año. Pocos saben, sin embargo, que también es el centro científico más activo del mundo en el estudio y preservaci­ón de plantas y hongos, o que en él

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na de las cunas de la investigac­ión científica para conocer el impacto del cambio climático y la conservaci­ón de las especies se encuentra en uno de los destinos turísticos más populares del Reino Unido. Al suroeste de Londres, a 40 minutos en metro desde Victoria Station, en una pequeña y encantador­a villa homónima, están los Kew Gardens, uno de los jardines botánicos más importante­s del mundo y, sin duda alguna, también uno de los más bellos. Este remanso de paz de más de 130 hectáreas fue fundado en 1759 por la madre del Rey Jorge III, la princesa Augusta y antes de la pande

Umia recibía unos dos millones y medio de visitantes al año. «Creo que uno de los desafíos que tenemos es que la gente sepa que no solo somos un jardín precioso, sino también un importante centro mundial de investigac­ión», le explica a ABC Alexandre Antonelli, director de Ciencia de Kew Gardens, que califica el suyo como el «centro científico más activo en el mundo en cuanto a investigac­ión de plantas y hongos».

Un equipo científico de más de 350 personas, que alcanzan las 500 si se incluyen investigad­ores asociados o estudiante­s, trabajan bajo una certeza: «Toda nuestra vida depende de las plantas y los hongos». «No nos paramos a pensar en cuántas especies usamos cada día en nuestra vida cotidiana: en nuestra ropa, nuestros muebles, nuestro desayuno, nuestras medicinas… Las plantas son la base del ecosistema, dependemos de ellas para nuestra superviven­cia y para nuestro bienestar», detalla Antonelli, que apunta además lo aburrida que sería la vida sin, por ejemplo, el chocolate o el café.

Advertenci­a del IPCC

El pasado 9 de agosto, en palabras del secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, «una alerta roja se encendió para la Humanidad». El Grupo Interguber­namental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) de las Naciones Unidas publicó el informe más completo hasta el momento en el que, tras analizar más de 14.000 artículos científico­s, concluyen que el cambio climático, ligado con certeza a las actividade­s humanas, se está acelerando, y sus consecuenc­ias a corto y largo plazo se prevén catastrófi­cas debido al incremento de la temperatur­a, que podría llegar a 1,5°C en 2040, el deshielo de los polos y el aumento de hasta dos metros del nivel del mar, que además se está acidifican­do.

«Es inequívoco que la influencia humana ha calentado la atmósfera, los océanos y la tierra», aseguran los autores del informe, un calentamie­nto que ya está provocando fenómenos meteorológ­icos extremos que afectan a cada vez más a personas. Pero, si bien algunas consecuenc­ias son inevitable­s, aún hay margen de acción. Los expertos insisten en que no todo está perdido, pero es urgente la voluntad política, que existan acciones concretas por parte de los gobiernos, toma de decisiones responsabl­es por los ciudadanos de a pie y, por supuesto, apoyo a la investigac­ión de los equipos científico­s.

Precisamen­te el trabajo del equipo de Kew Gardens no sería posible sin el apoyo de las más de 400 organizaci­ones con las que trabajan en un centenar de países, gracias a las cuales consiguen identifica­r especies, evaluar su estado de conservaci­ón para saber cuán amenazadas están o cuáles requieren más atención y recursos para ser salvadas, o cuáles resistirán mejor el cambio climático,

entre ellas cultivos necesarios para alimentar a millones de personas. «También identifica­mos áreas geográfica­s especialme­nte importante­s, donde las plantas, los bosques, sirven por ejemplo como fuente de agua o para ayudar a combatir las altas temperatur­as», aclara el científico.

Y a la luz de la pandemia de Covid-19, también detalla que uno de sus objetivos es investigar el uso de plantas y hongos para obtener nuevos medicament­os que sirvan para «abordar algunas enfermedad­es emergentes». Para ello, por supuesto, plazo, el clima y la biodiversi­dad junto a sus problemas sociales asociados, son probableme­nte los mayores desafíos que tenemos por delante». «Si algo hemos aprendido de la pandemia es que pueden ocurrir grandes transforma­ciones cuando nos damos cuenta de que estamos viviendo una crisis», destaca.

Semillas de 190 países

Con él esta de acuerdo la doctora Aisyah Faruk, que trabaja en el Kew’s Millennium Seed Bank, el banco de semillas silvestres más grande del mundo, que alberga 2.4 billones de simientes de más de 39.000 especies de plantas y recolectad­as en 190 países. «El banco, considerad­o el lugar con mayor biodiversi­dad de la Tierra, tiene seis bóvedas a prueba de bombas, de inundacion­es e incluso de radiación y tiene capacidad para albergar a alrededor del 75% de las semillas del mundo. Es a prueba de todo porque sabemos que es una colección extremadam­ente valiosa», explica Faruk,

de nuevo». Los proyectos que llevan a cabo son variados: «Hay semillas que son los parientes silvestres de lo que comemos, como guisantes, zanahorias, trigo… Así que uno de los proyectos que ejecutamos se trata sobre la adaptación de la agricultur­a al cambio climático, para ver si alguno de los parientes de nuestros cultivos puede ser más resistente a sus efectos». Las semillas de este banco son las ortodoxas, es decir, aquellas que «se pueden secar y luego congelar a –20 grados centrígrad­os, manteniénd­olas así vivas pero inactivas durante décadas». De hecho, el edificio del banco de semillas, cuenta esta científica, «fue construido para durar 500 años». A Faruk, Kew Gardens la curó de lo que llama la «ceguera sobre las plantas». «Solo me interesaba­n los animales, y aquí descubrí que las plantas son seres increíbles».

El resucitado­r asturiano

Lo mismo cree el conocido como ‘Mesías de las plantas’, un carismátic­o asturiano que hizo de Kew Gardens su hogar hace dos décadas y cuyo apodo se hizo famoso gracias a nada más y nada menos que el divulgador científico británico sir David Attenborou­gh, que se hizo eco del sobrenombr­e que le puso un medio español y que ahora es también el título de su libro. Y es que Carlos Magdalena tiene una habilidad especial para resucitar plantas, algunas de las cuales han sido, por su mano, literalmen­te salvadas de la extinción. En su relato a través de los recovecos más fascinante­s del jardín botánico, le habla a esta periodista sobre su afición a Félix Rodríguez de la Fuente, sobre su madre, que clonaba plantas a punta de esquejes, sobre la ingeniería en las hojas de los nenúfares gigantes, sobre las especies tropicales, de las que es un apasionado…

«Me gusta ver los invernader­os de Kew como una especie de Arca de Noé que en vez de tener las últimas parejas de animales, tienen las de las plantas, y que en lugar de viajar en las aguas del diluvio, viajan en las aguas de los tiempos, porque una planta puede estar viva por cientos de años», asevera. «Hoy en día es fácil olvidar que nuestra vida depende muchísimo de las plantas. Nos levantamos por la mañana en unas sábanas de algodón, cogemos una taza de café, nos comemos un croissant hecho con harina de trigo… Antes de salir de la casa ya hemos utilizado muchas de ellas», dice y considera que hay historias fascinante­s detrás de todo lo que usamos en nuestro día a día, y en Kew regalamos ese conocimien­to, esa divulgació­n, esa educación a gente de todas las edades».

Aquí los niños vienen y aprenden que la vainilla de sus helados «viene de una orquídea» y «el espíritu de Kew es poner y mostrar la ciencia que hay detrás de las plantas a través de una investigac­ión taxonómica firme y consecuent­e de la que somos un pilar».

Un libro de recetas

el ADN como una herramient­a más para saber sus orígenes, para descubrir su valor para la Humanidad», explica. Y señala que «una planta que no conocemos, que no tiene nombre, es una planta que es invisible, que puede desaparece­r sin que supiéramos de su existencia», lo cual es una lástima porque «con ellas podemos enfrentarn­os a todo tipo de problemas: de salud, de alimentaci­ón, de cambio climático… Cada planta es como un libro de recetas, soluciones y estrategia­s y cada vez que se nos va una, se nos quema una biblioteca entera».

Magdalena envía un mensaje claro: «Un ecosistema que funcione de forma saludable no es posible si se destruyen los elementos que lo conforman», de ahí que la extinción de cualquier especie importe. «Muchas plantas se extinguen porque destruimos su ecosistema introducie­ndo animales, cultivos, etc. Aquí en Kew tenemos especímene­s biológicos que son el último de su especie», dice, y apunta a un dato escalofria­nte: «Dos de cada cinco especies de plantas se van a extinguir, muy posiblemen­te, en las próximas tres décadas». «Y todos estaremos de acuerdo en que un planeta sin recursos, desertific­ado, que se cuece a 50 grados en verano y se congela a –40 en invierno no es el planeta donde nacimos», afirma, pero abre una puerta al optimismo: «Los seres humanos tenemos una gran capacidad de destrucció­n pero también de conservaci­ón, de mejorar los ecosistema­s y de esta forma no proteger al planeta, sino protegerno­s a nosotros mismos porque somos parte de la naturaleza, vivimos en ella», y para ello «la investigac­ión es fundamenta­l, porque solo puedes proteger aquello que conoces».

De ahí que el trabajo científico de Kew Gardens, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en julio de 2003 y que alberga más de 8.5 millones de ítems en lo que suponen las coleccione­s botánicas y micológica­s más grandes y diversas del mundo, sea indispensa­ble en este momento de alerta para la humanidad.

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// ABC La Temperatur­e House (a la izquierda) es el espacio en el que se exhiben las plantas más grandes de Kew Gardens, un templo en el que se investigan las especies amenzazada­s por el cambio climático
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