ABC (Castilla y León)

La margarita de Mbappé

EL BAR DE MOU

- IGNACIO RUIZ-QUINTANO

El mundo en vilo a la espera de la decisión de Mbappé, de cuya margarita, sí, no, sí, no, depende el Real Madrid del Guggenheim, ese bocata envuelto en albal que se le cayó en la Castellana a un chispas que arreglaba un platillo volante, y que no es cosa de inaugurarl­o con Vallejo, Lucas Vázquez y Vinicius, al que Ancelotti, que tiene retranca para eso y mucho más, ha prometido convertir en otro Drogba. Vinicius, como diría Ancelotti, ha entendido el tablao español.

–Los jugadores ingleses tienen una mentalidad muy combativa. Si yo tuviera que ir a la guerra, iría con los ingleses, no con los italianos o con los franceses –confiesa Ancelotti en sus memorias, para que se orienten esos tolilis que ahora andan pidiendo por ahí un ejército europeo.

Le parece esencial entender esa cultura, que es viril, y Drogba no la entendió cuando llegó al Chelsea. Entonces Terry habló con él y cambió: Drogba se puso a meter goles y se convirtió en una leyenda del club. A veces, reconoce, es mejor que estas cosas las diga el líder del vestuario y no el míster, a quien un analista planteó el siguiente análisis, primo de una trampa saducea: «Tenemos tres jugadores, Kalou, Cole y Anelka, que, cuando juegan juntos, corren más de mil metros en arrancadas y sin la pelota. Hay una relación directa entre este fenómeno y ganar el partido».

–Genial –contestó Ancelotti–. ¿Y dónde sugiere usted que pongamos a Drogba?

Con esto queremos decir que si hay alguien capaz de ‘desaguisar’ el ‘desaguisad­o’ de Vinicius es Ancelotti, que, desde luego, no nos dará otro Drogba, pero por eso Flóper pondrá en sus manos un Mbappé, espoleado en la banda por el «calienta Lucas Vázquez», que va para década.

A Mbappé le diremos lo que dijimos a Cristiano en febrero de

Kylian Mbappé

2010: «Bienvenido, Cristiano, al país más envidioso de la Tierra».

–Cristiano genera una mezcla de admiración y de envidia –declaró Pellegrini, primo de Dulce María Loynaz, que entrenaba al Madrid.

Sobre la proverbial envidia hispánica que abrazará a Mbappé como la hiedra anotó María Zambrano: «La sacrosanta envidia nacional, que nació juntamente con nuestro origen, allá, en la remota noche o alba de la fundación de nuestro pueblo, que, desde entonces, la anda arrastrand­o... La envidia es infinita y, si se posa sobre algo, lo hace de esa manera endemoniad­a, es decir, sin reposo alguno. Porque, al fijarse, la envidia no hace sino tomar un punto de apoyo para apacentar su hambre. Tiene la caracterís­tica de todo lo demoníaco: de no aplacarse con nada, de crecer en avidez a la par que encuentra alimento... Porque la envidia es el hambre de realidad, es la enfermedad de la realidad y, por eso, es la enfermedad del español, tan realista...».

Pero Zambrano viene de Ortega, y se va por las ramas del pensamient­o, proponiend­o un origen religioso de la envidia. Más certero nos parece nuestro único pensador político, que en la envidia mediterrán­ea (esa enferma siniestram­ente pálida, descrita por Ovidio), la nuestra, ve «un subproduct­o moral de la competenci­a en la miseria: por los puestos funcionari­ales en el Estado, por la influencia familiar en las colocacion­es y por la buena fama en las reputacion­es»:

–La envidia calumnia las buenas famas pare reducir la competenci­a por un salario en la ‘covachuela’. Es nuestro modo de lucha por la existencia.

Tenga estas circunstan­cias en cuenta Mbappé (y el entorno de Mbappé), si escoge Madrid inspirado por la leyenda del caballero Florestán del Palier, Flopa, magnífico corredor en moto que, a imitación de los antiguos caballeros andantes que iban por el mundo descubrien­do la fuente que habla y el pájaro que canta, descubrió el balón encantado: un balón –el ‘esférico’ de los cronistas– que, fuera quien fuera el que lo impulsara y cómo lo impulsara, siempre salía proyectado hacia la portería, y siempre entraba en ella, de modo que quien lo hallara se convertirí­a en dueño de todos los goles del mundo.

La aventura del balón encantado ocurre en una carretera de los 50, donde Florestán da con cuatro futbolista­s que vienen a Madrid a probar fortuna, porque han oído que es Eldorado del fútbol. El más avispado de los cuatro es un chino, Chang-Fú, que sabe que en España se esconde una de las más asombrosas maravillas que aún quedan en el mundo: el balón encantado.

–Voy en busca del valiente caballero Florestán del Palier, que querrá ayudarme en la busca del balón encantado, y me hará donación de él, ya que de nada le servirá al caballero –dice el futbolista chino al caballero español.

Lo encuentran a orillas del Manzanares, y no, no atiende por Joao Felix, sino por Kylian

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