Be­lla en­tre las bes­tias

En 2019 se cum­plen 50 años de su ase­si­na­to a ma­nos de los se­gui­do­res de Char­les Man­son y to­do el mun­do vol­ve­rá a ha­blar de ella. Has­ta Ta­ran­tino es­tá ro­dan­do una pe­lí­cu­la so­bre el ca­so, uno de los más si­nies­tros y fas­ci­nan­tes de Holly­wood. Hoy ten­dría 75

ABC - Codigo Unico - - Mujeres Que Amamos - Por Juan Vi­lá Fo­to­gra­fía: Terry O'Neill

Apa­re­cie­ron en la ca­sa des­pués de me­dia­no­che. Su ma­ri­do, el di­rec­tor Ro­man Po­lans­ki, ha­bía sa­li­do de via­je. Pe­ro ella no es­ta­ba so­la. La acom­pa­ña­ban tres ami­gos. Vie­ron a esas per­so­nas que no co­no­cían y les pre­gun­ta­ron quié­nes eran. Una de ellas res­pon­dió: «Soy el dia­blo». Lue­go vino el ba­ño de san­gre. Mu­rie­ron los cua­tro, más un ami­go del guar­dés que les sor­pren­dió cuan­do en­tra­ban. La úl­ti­ma en caer fue ella. La ac­triz te­nía 26 años y es­ta­ba em­ba­ra­za­da de ocho me­ses y me­dio. La apu­ña­la­ron 16 ve­ces y con su san­gre es­cri­bie­ron en la pa­red: «Cer­do». En con­tra de lo que se sue­le pen­sar, Char­les Man­son, el ase­sino más fa­mo­so del si­glo XX, ja­más pi­só el es­ce­na­rio del cri­men ni ma­tó a na­die con sus pro­pias ma­nos. Le bas­tó con dar las ór­de­nes y di­ri­gir a los que lla­ma­ba La Fa­mi­lia, una pan­da de bes­tias, tan des­ce­re­bra­dos o tan dro­ga­dos co­mo pa­ra creer­se sus ab­sur­das teo­rías. A sa­ber: el fin de la ci­vi­li­za­ción oc­ci­den­tal es­ta­ba a la vuel­ta de la es­qui­na, una gue­rra en­tre blan­cos y ne­gros iba a aca­bar con to­dos y ha­bía que ace­le­rar el pro­ce­so pa­ra que la re­vo­lu­ción em­pe­za­ra cuan­to an­tes. The Beatles, se­gún él, lo con­ta­ban to­do en The Whi­te Al­bum. So­lo ha­cía fal­ta sa­ber es­cu­char…

Ocu­rrió el 8 de agos­to de 1969 –al día si­guien­te ma­ta­ron a otras dos per­so­nas–, du­ran­te el lla­ma­do 've­rano del amor', en ple­na eclo­sión hippy y po­co an­tes del Fes­ti­val de Woods­tock. Aun­que pa­ra mu­chos, es­tos crí­me­nes fue­ron el fi­nal de to­do: del buen ro­llo, de la uto­pía, de la Era de Acua­rio y del afán por ex­pe­ri­men­tar. Los nue­vos gu­rús bien po­drían ser ali­ma­ñas y el amor li­bre, jun­to a las dro­gas, la me­jor ex­cu­sa pa­ra caer en sus re­des. O pa­ra con­ta­giar­se de go­no­rrea. Den­nis Wil­son, de los Beach Boys, fue du­ran­te una tem­po­ra­da quien pa­gó la pe­ni­ci­li­na a La Fa­mi­lia pa­ra que se tra­ta­ran la en­fer­me­dad que se iban trans­mi­tien­do los unos a los otros. Ade­más de cu­brir­les mu­chos otros gas­tos. Man­son, en to­tal, chu­leó al mú­si­co unos cien mil dó­la­res de la épo­ca.

La his­to­ria, aún hoy, re­sul­ta fas­ci­nan­te.

Y si no, que se lo pre­gun­ten a Quen­tin Ta­ran­tino, que es­tá ro­dan­do una pe­lí­cu­la so­bre el ca­so. La pro­ta­go­ni­zan Brad Pitt y Leo­nar­do DiCa­prio, mien­tras que Mar­got Rob­bie se en­car­ga de in­ter­pre­tar a Sha­ron Ta­te. La cin­ta se es­tre­na­rá en el ve­rano de 2019, coin­ci­dien­do con el 50 aniver­sa­rio de la car­ni­ce­ría.

Pe­ro me­jor, ha­ble­mos de Sha­ron y ha­ble­mos de amor. Re­tro­ce­da­mos más de un

año, has­ta el 20 de enero de 1968, fe­cha de su bo­da en Lon­dres con Ro­man Po­lans­ki. La ac­triz, más al­ta que el no­vio, lle­va un ves­ti­do blan­co con mi­ni­fal­da y él pa­re­ce un pa­je, por el pei­na­do y su in­du­men­ta­ria co­mo de otra épo­ca. La fies­ta la ce­le­bran en un Club Play­boy ro­dea­dos de co­ne­ji­tas –el di­rec­tor siem­pre de­jó bien cla­ro a su mu­jer que no pen­sa­ba de­jar de liar­se con otras–.

Cuan­do se co­no­cie­ron no se gus­ta­ron. Él no la que­ría pa­ra su pe­lí­cu­la El bai­le de los vam­pi­ros. Si la aca­bó pro­ta­go­ni­zan­do fue por­que se la im­pu­so el pro­duc­tor. In­clu­so da la im­pre­sión de que Po­lans­ki hi­zo to­do lo po­si­ble por asus­tar­la y qui­tár­se­la de en­me­dio. En la pri­me­ra ci­ta, él ni si­quie­ra se dig­nó a abrir la bo­ca. En la se­gun­da, la lle­vó a su ca­sa, en­cen­dió unas ve­las, la de­jó so­la y a os­cu­ras y, des­pués de un ra­to, irrum­pió en la ha­bi­ta­ción chi­llan­do con una ca­re­ta de Fran­kens­tein. «Soy una de esas mu­je­res lo­cas e irra­cio­na­les que aman a los hom­bres», de­cla­ró so­bre sí mis­ma. Tam­bién: «Soy muy im­pre­de­ci­ble. Muy muy im­pul­si­va. ¡Ex­tre­ma­da­men­te! A ve­ces no sé lo que quie­ro.

SSo­lo ha­go las co­sas que de ver­dad sien­to». «To­da mi vi­da la ha de­ci­di­do el des­tino. Yo nun­ca he pla­nea­do na­da de lo que me ha pa­sa­do», di­jo en una en­tre­vis­ta. Y, en efec­to, sus pri­me­ros pa­sos pro­fe­sio­na­les no pu­die­ron ser más in­vo­lun­ta­rios: con so­lo seis me­ses ga­nó un cer­ta­men de be­lle­za. Des­pués vi­nie­ron mu­chos más tí­tu­los de miss y por­ta­das, em­pe­zan­do a los 16 años por la de Ba­rras y es­tre­llas, pe­rió­di­co del ejér­ci­to de Es­ta­dos Uni­dos, del que su pa­dre era ofi­cial.

Ro­dó ocho pe­lí­cu­las, ade­más de tres se­ries pa­ra la te­le­vi­sión, y en dos de ellas ni si­quie­ra apa­re­ció en los cré­di­tos. Co­mo una se­ñal, su de­but tu­vo lu­gar en Ba­rra­bás, y la pri­me­ra vez que vio su nom­bre en la gran pan­ta­lla fue en El ojo del dia­blo, cin­ta de te­rror sa­tá­ni­co con ase­si­na­tos ri­tua­les de por me­dio. Aun­que su cin­ta más re­cor­da­da, jun­to a El bai­le de los vam­pi­ros, es El va­lle de las mu­ñe­cas, por la que fue no­mi­na­da al Glo­bo de Oro y en la que in­ter­pre­ta­ba a una jo­ven ac­triz que per­se­guía la fa­ma y ter­mi­na­ba fa­tal. Tam­bién Po­lans­ki cre­yó in­tuir­lo: «Siem­pre tu­ve la sen­sa­ción de que Sha­ron iba a ser mía muy po­co tiem­po».

La no­che que mu­rió Ta­te, dos ac­to­res más es­ta­ban in­vi­ta­dos pe­ro fa­lla­ron a la ci­ta en el 10050 de Cie­lo Dri­ve. Uno era Bru­ce Lee; el otro, Ste­ve Mc­Queen. Con es­te úl­ti­mo, la ac­triz ha­bía te­ni­do una re­la­ción y la des­cri­bió co­mo «la mu­jer más be­lla que he vis­to en mi vi­da». Nun­ca sa­bre­mos qué hu­bie­ra pa­sa­do si los ase­si­nos –tres mu­je­res y un hom­bre ar­ma­dos con cu­chi­llos y un re­vól­ver– se hu­bie­ran en­con­tra­do con el ex­per­to en ar­tes mar­cia­les y el an­ti­guo miem­bro de los Ma­ri­nes. Pe­ro re­sul­ta ten­ta­dor ima­gi­nar la es­ce­na. Y que ca­da uno pro­yec­te ahí sus fan­ta­sías jus­ti­cie­ras, o de cual­quier otro ti­po. ♦◆♦

«Soy im­pre­de­ci­ble. A ve­ces no sé lo que quie­ro. So­lo ha­go las co­sas que de ver­dad sien­to»

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