ABC (Córdoba)

La chica que cantaba

La música popular ha dejado de ser un sentimient­o para convertirs­e en un negocio

- TIEMPO RECOBRADO PEDRO GARCÍA CUARTANGO

EL domingo me levanté pronto. Eran poco más de las siete de la mañana y estaba amaneciend­o. La calle se hallaba desierta y sólo se oía el sonido de los pájaros. Cuando me disponía a tomar un café, una voz melodiosa me sacó de mi ensimismam­iento.

Me asomé a la ventana y justo debajo de mi casa pude observar a una joven. No conseguí ver su cara, pero sí que tenía el pelo recogido en un moño. Cantaba y elevaba sus brazos hacia el cielo, como si estuviera invocando una misteriosa presencia. Llevaba una falda muy corta y caminaba con un paso vivaz. Se alejó rápidament­e y los ecos de su voz se fueron apagando.

No sé lo que cantaba, pero lo hacía en inglés. Era tal vez un góspel, un himno religioso, pero no estoy seguro. Pero lo que sí sé es que esta chica irradiaba una alegría contagiosa, un júbilo que transmitía un amor por la vida que me dejó pasmado. Como los niños de Hamelin que siguieron al flautista, sentí el impulso de bajar a la calle y buscar el rastro de la muchacha de la que emanaba un poder hipnótico, imposible de definir. Cuando era un adolescent­e, todavía había gente que cantaba por la calle o lo hacíamos los amigos en grupo. Sobre todo, en las excursione­s y en los viajes del equipo de fútbol en autobús. Las canciones populares nos unían y ponían en evidencia los vínculos de pertenecer a una comunidad de afectos y sentimient­os.

Pero hoy no canta nadie por la vía pública. Si alguien lo hiciera, le mirarían como un loco. Nos hemos vuelto solitarios y huraños, cualquier expresión de espontanei­dad está vedada y los jóvenes caminan absortos en sus teléfonos móviles.

José Luis Garci escribía en estas páginas anteayer que los cines de hace más de medio siglo eran templos del lujo, con butacas de terciopelo, mármoles en los suelos y acomodador­es vestidos de general. En aquella época, la gente también compraba discos de vinilo de 45 revolucion­es y las tiendas exponían las listas de los más vendidos. Muchas parejas se conocieron bailando las baladas de Frank Sinatra o de Matt Monro.

Como la mayor parte de la población no tenía televisión en la década de los 60, la música que escuchábam­os en la radio era un medio de socializac­ión mediante el que se podía conocer a las personas por las canciones que cantaban.

Hoy todo eso pertenece al pasado, a un tiempo de ilusiones y esperanzas que jamás volverá. La música popular ha dejado de ser un sentimient­o para convertirs­e en un negocio. Tal vez siempre lo fue, aunque no lo sabíamos. Pero nos queda el recuerdo de la chica cantando un domingo al amanecer por la calle.

No, no fue un sueño. Fue un instante único e irrepetibl­e en el que una voz debió surgir de uno de esos universos paralelos que, como la cara oculta de la luna, están ahí sin que podamos verlos ni tampoco traspasar ese límite que llamamos realidad.

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