«EN ES­PA­ÑA HAY UN PRE­JUI­CIO ELI­TIS­TA HA­CIA LOS LI­BROS QUE VEN­DEN»

La es­cri­to­ra, que aca­ba de pu­bli­car «Tú no ma­ta­rás», re­pa­sa vein­te años de tra­yec­to­ria li­te­ra­ria co­mo una de las au­to­ras más leí­das

ABC - Cultural - - Portada - INÉS MARTÍN RO­DRI­GO

Ju­lia Navarro ( Ma­drid, 1953) ca­mu­fla su ti­mi­dez con se­gu­ri­dad. O, al me­nos, así lo per­ci­ben sus in­ter­lo­cu­to­res, si­tua­dos siem­pre a una dis­tan­cia pru­den­cial, la su­fi­cien­te pa­ra que la es­cri­to­ra no se sien­ta ex­pues­ta. Los fo­cos no le gus­tan. Y se no­ta. Por eso dis­fru­ta del ano­ni­ma­to que le brin­da el pa­seo que com­par­ti­mos, a me­dio­día de un día cual­quie­ra de es­te oto­ño tan austero, por el Ma­drid de los Aus­trias, su Ma­drid. En él se crió, en una ca­sa cer­ca­na al Real Mo­nas­te­rio de la En­car­na­ción, y en él ha de­ci­di­do ubi­car par­te de la ac­ción de su úl­ti­ma no­ve­la, Tú no ma­ta­rás (Pla­za & Janés), la sép­ti­ma de su ca­rre­ra y la pri­me­ra en la que su vi­da, de al­gún mo­do, es­tá pre­sen­te. Los re­cuer­dos de su in­fan­cia se agol­pan en la con­ver­sa­ción, sin de­jar de ca­mi­nar. Co­mo aquel día que, cre­yén­do­se Mary Pop­pins y pa­ra­guas en mano, ca­si se rom­pe la cris­ma en la Pla­za de la Ma­ri­na Es­pa­ño­la. Me­nos mal que su ma­dre, siem­pre al qui­te de su úni­ca hi­ja, evi­tó la des­gra­cia. O to­dos los cum­plea­ños que ce­le­bró, a fi­na­les de julio, de la mano de su abue­la ma­ter­na, vien­do li­cuar­se la san­gre de San Pan­ta­león. No es nos­tál­gi­ca, pe­ro el tiem­po pe­sa, y pa­sa. «Ya na­die se ca­sa pa­ra tan­to tiem­po», ase­gu­ra, cuan­do le mues­tro un re­cor­te de ABC, fe­cha­do en abril de 1983, que da cuen­ta de su en­la­ce con el pe­rio­dis­ta Fermín Bocos. Sus raí­ces, tam­bién con él, es­tán en es­te ba­rrio cas­ti­zo, aho­ra ame­na­za­do por el tu­ris­mo ma­si­vo y la fal­ta de ci­vis­mo. Aun­que ella lo si­gue dis­fru­tan­do. Co­mo dis­fru­ta del ros­cón de Reyes de La San­tia­gue­sa o de esas tar­des in­ver­na­les de fin de se­ma­na cuan­do, a so­las, es ca­paz de ver­se, del ti­rón, Lo que el vien­to se lle­vó o Ca­sa­blan­ca. Su me­mo­ria es pro­di­gio­sa. En ca­da ca­lle, una anéc­do­ta. Así, has­ta lle­gar a la Ta­ber­na del Ala­bar­de­ro, uno de sus res­tau­ran­tes fa­vo­ri­tos (y eso que es ri­gu­ro­sa ve­ge­ta­ria­na des­de ha­ce años) y don­de nues­tro en­cuen­tro cul­mi­na en una char­la re­pa­so de to­da una vi­da.

—Em­pe­ce­mos por su eta­pa de pe­rio­dis­ta. ¿Re­cuer­da aquel día en el que se vio ha­cien­do in­for­ma­ción en el Con­gre­so?

—En­tré con las pri­me­ras Cor­tes de­mo­crá­ti­cas, en 1977. To­do era nue­vo. No eras cons­cien­te de la di­men­sión his­tó­ri­ca de lo que se es­ta­ba po­nien­do en mar­cha. Re­cuer­do mu­cho aquel día a un com­pa­ñe­ro, Rai­mun­do Cas­tro; íba­mos los dos con una ca­ra co­mo de in­se­gu­ri­dad...

—Por­que era el ini­cio de una nue­va épo­ca...

—El día más bo­ni­to fue cuan­do se abrie­ron las puer­tas y, de re­pen­te, te en­con­tra­bas a la Pa­sio­na­ria por un pa­si­llo, al pre­si­den­te del Go­bierno, Suá­rez, por otro, a Fe­li­pe Gon­zá­lez por otro, a Ca­rri­llo por otro. En aquel mo­men­to, to­dos lo vi­vía­mos co­mo un acon­te­ci­mien­to real­men­te ex­cep­cio­nal.

—¿Có­mo eran los po­lí­ti­cos de en­ton­ces, en el tra­to?

—To­dos es­tá­ba­mos em­pe­zan­do, to­do era nue­vo, y en el Con­gre­so ha­bía muy po­cos pe­rio­dis­tas acre­di­ta­dos, con lo cual fue una es­pe­cie de apren­di­za­je to­dos los días. Era una re­la­ción bas­tan­te flui­da. Re­cuer­do la can­ti­dad de ca­fés que me he to­ma­do con Adol­fo Suá­rez en el bar de las Cor­tes, los dos fu­man­do com­pul­si­va­men­te.

—Y era al­go nor­mal...

—Era al­go to­tal­men­te nor­mal. Aho­ra, es más fá­cil to­mar­se al­go con ellos cuan­do es­tán en la opo­si­ción, pe­ro cuan­do pa­san al Go­bierno, la re­la­ción cam­bia. To­dos los días pa­sa­ba al­go im­por­tan­te. Fue un pe­rio­do ger­mi­nal de la his­to­ria de Es­pa­ña. Fue es­tu­pen­do po­der con­tar­lo.

—¿Te­nían la se­gu­ri­dad de que iba a lle­gar a buen puer­to?

—No. Na­die sa­bía lo que iba a pa­sar. Fran­co se aca­ba­ba de mo­rir, el Ejér­ci­to de aho­ra no tie­ne na­da que ver con el de an­tes…

—¿Dón­de le pi­lló el 23-F?

—En la tribuna del Con­gre­so, fu­mán­do­me un ci­ga­rri­llo.

—Cuén­te­me.

—De re­pen­te, em­pe­za­mos a oír rui­do y unos guar­dias ci­vi­les em­pe­za­ron a... To­do pa­só muy rá­pi­do. Yo es­ta­ba sen­ta­da en­tre Miguel Án­gel Aguilar, Pi­lar Nar­vión, Su­sa­na Olmo y Cha­ri­to Zarzalejos. Y re­cuer­do una fra­se de Pi­lar Nar­vión

– Pi­lar era ma­ra­vi­llo­sa; ella y Jo­se­fi­na Carabias nos pro­te­gían y cui--

da­ban– di­cién­do­nos: «Ni­ñas, apun­tad la ho­ra. Fi­jaos bien. Es lo que los li­bros de His­to­ria di­cen que es un gol­pe de Es­ta­do». Pi­lar, con una se­re­ni­dad ab­so­lu­ta, dán­do­nos una lec­ción de pe­rio­dis­mo. Nun­ca me ol­vi­da­ré de esa fra­se.

—Y se ate­rró.

— Es­tá­ba­mos ate­rra­das. Los guar­dias ci­vi­les en­tran, em­pie­zan a dar ti­ros. Te­je­ro, pis­to­la en mano. Es un mo­men­to de shock. Pe­ro siem­pre re­cor­da­ré la tran­qui­li­dad y la se­re­ni­dad de Pi­lar, di­cién­do­nos: «No ol­vi­déis que es­táis aquí pa­ra con­tar lo que pa­sa». Fue una jor­na­da muy du­ra, con mu­cho mie­do, sin sa­ber lo que iba a pa­sar, sin in­for­ma­ción de lo que ha­bía fue­ra, te­rror cuan­do se lle­va­ron a Suá­rez, a Ca­rri­llo, a Gu­tié­rrez Mellado, a Fe­li­pe... ¿Qué les va a pa­sar, qué va a su­ce­der? Fue un día muy difícil.

—Lue­go, ¿có­mo lo con­tó? —In­ten­tan­do se­guir las recomendaciones de Pi­lar.

—Y de to­das las in­for­ma­cio­nes, apar­te del 23-F, que le to­có cu­brir, ¿cuál re­cuer­da con más in­ten­si­dad?

—La apro­ba­ción de la Cons­ti­tu­ción. Ese día es­ta­ba en la tribuna del Con­gre­so y tu­ve que ha­cer un es­fuer­zo pa­ra que no se me sal­ta­ran las lá­gri­mas. Era un mo­men­to emo­cio­nan­te, en el que se po­nía pun­to y apar­te e ini­ciá­ba­mos un pe­rio­do con las he­rra­mien­tas pa­ra vi­vir en un Es­ta­do libre y de­mo­crá­ti­co. Lo re­cuer­do con emo­ción.

—Aho­ra que la Cons­ti­tu­ción cum­ple 40 años, ¿ cree que he­mos cam­bia­do mu­cho?

—Cla­ro que he­mos cam­bia­do, y la Es­pa­ña de hoy, afor­tu­na­da­men­te, no es la de ayer. Ha­ber po­di­do vi­vir es­tos úl­ti­mos 40 años en un país de­mo­crá­ti­co, con las li­ber­ta­des con­so­li­da­das, es al­go de lo que nos po­de­mos sen­tir sa­tis­fe­chos.

—¿Y so­mos cons­cien­tes de eso?

—Creo que la gen­te sí.

—Cuan­do di­ce «la gen­te», yo no pien­so en los po­lí­ti­cos.

—Yo tam­po­co. Pien­so en ciu­da­da­nos nor­ma­les y co­rrien­tes.

— Es que no es­toy se­gu­ra de que los po­lí­ti­cos sean cons­cien­tes de la fra­gi­li­dad de lo con­se­gui­do... —No creo que sea frá­gil.

—¿Por qué?

—Por­que es al­go que he­mos in­terio­ri­za­do y no es­ta­mos dis­pues­tos a re­nun­ciar a eso. ¿Que hay pro­ble­mas? Cla­ro. ¿Que hay co­sas que se pue­den ha­cer me­jor? Des­de lue­go. ¿Que hay cla­ros­cu­ros? Pues tam­bién.

—Es­cu­char a gen­te de­cir, con la His­to­ria que nos pre­ce­de, que en pleno 2018 hay pre­sos po­lí­ti­cos es una fri­vo­li­dad.

—Eso no se lo creen ni ellos. La ma­yo­ría de la gen­te, cuan­do oye esa afir­ma­ción, sim­ple­men­te no se la cree. A la gen­te la pue­des en­ga­ñar un ra­ti­to...

— Pe­ro hay una par­te de la gen­te que lo si­gue cre­yen­do.

—El na­cio­na­lis­mo es una emo­ción, no tie­ne na­da que ver con la ra­zón. Es in­creí­ble có­mo per­so­nas in­te­li­gen­tes, sen­sa­tas y re­fle­xi­vas, de re­pen­te, se de­jan arras­trar por las emo­cio­nes y de­jan de ra­cio­na­li­zar la reali­dad. La ma­yo­ría de los es­pa­ño­les tie­nen muy cla­ro que en Es­pa­ña no hay pre­sos po­lí­ti­cos.

—Hay po­lí­ti­cos pre­sos.

—Sí.

—Por­que han co­me­ti­do una ile­ga­li­dad.

—Hay po­lí­ti­cos pre­sos por­que han si­do co­rrup­tos, por­que han in­ten­ta­do sub­ver­tir el or­den cons­ti­tu­cio­nal. Pe­ro el pro­ble­ma no es que sean po­lí­ti­cos, sino que han he­cho al­go que es­tá pe­na­li­za­do en el Có­di­go Pe­nal.

—Con la tra­yec­to­ria pe­rio­dís­ti­ca que tu­vo...

—Al fi­nal pa­re­ce que es una en­tre­vis­ta po­lí­ti­ca… Pa­rez­co una po­lí­ti­ca...

—No, pe­ro no pue­do re­sis­tir­me a pre­gun­tar­le qué pien­sa del mo­men­to po­lí­ti­co ac­tual.

—Es un mo­men­to com­pli­ca­do que no se pue­de en­ten­der sin mi­rar lo que su­ce­de al­re­de­dor. La cri­sis del 2008 fue bru­tal, de­jó a mi­llo­nes de per­so­nas en to­do el mun­do sin un pro­yec­to de vi­da y no tu­vo una res­pues­ta ade­cua­da por par­te de los par­ti­dos tra­di­cio­na­les.

—De ca­si nin­gún Go­bierno.

—Ha­blo glo­bal­men­te. La gen­te se sin­tió des­aten­di­da y vio có­mo el Es­ta­do de bie­nes­tar, que se ha­bía cons­trui­do con tan­to sa­cri­fi­cio y ahín­co, de re­pen­te, se res­que­bra­ja­ba. Eso ha da­do pie al au­ge de los na­cio­na­lis­mos, de los po­pu­lis­mos, de de­re­chas y de iz­quier­das. Y en Es­pa­ña su­ce­de co­mo en el res­to del mun­do, no so­mos una is­la. Es un mo­men­to difícil y de­li­ca­do.

—¿A quién le gus­ta­ría en­tre­vis­tar de to­do el ar­co po­lí­ti­co?

—¿De Es­pa­ña? No ten­go es­pe­cial in­te­rés. No lo di­go co­mo des­pre­cio. Qui­zás, co­mo es­tán tan pre­sen­tes, no ten­go la sen­sa­ción de que pue­dan de­cir al­go di­fe­ren­te o nue­vo.

—Aho­ra los co­mu­ni­ca­dos se ha­cen vía Twit­ter.

—Me pa­re­ce una fri­vo­li­dad que a ve­ces se ha­gan anun­cios por Twit­ter de co­sas im­por­tan­tes.

—Dan­do por he­cho que to­do el mun­do mi­ra Twit­ter.

—Co­mo si to­do el mun­do es­tu­vie­ra en­gan­cha­do a Twit­ter. Hay co­sas que me­re­cen ser ex­pli­ca­das con tiem­po, se­re­ni­dad, in­vi­tan­do a la gen­te a reflexionar. Esos pa­ra­dig­mas han cam­bia­do. Aho­ra, tam­bién es ver­dad

Me pa­re­ce una fri­vo­li­dad que se ha­gan anun­cios por Twit­ter de co­sas im­por­tan­tes. No pue­do opi­nar de to­do ca­da dos se­gun­dos» En Es­pa­ña no hay pre­sos po­lí­ti­cos. Hay po­lí­ti­cos pre­sos co­rrup­tos o por­que han in­ten­ta­do sub­ver­tir el or­den cons­ti­tu­cio­nal»

que no vol­ve­ría a tra­ba­jar en pe­rio­dis­mo, no me ape­te­ce­ría. Es una eta­pa de mi vi­da que he ce­rra­do y ya es­tá. Soy muy de ce­rrar puer­tas en es­ta vi­da. —¿En es­tos úl­ti­mos 20 años no lo ha echa­do de me­nos? —Al prin­ci­pio. Pe­ro po­co a po­co lo he ido su­peran­do. Qué pe­re­za me da­ría... Ya no ten­go edad, dan­do sal­tos por el Con­gre­so. —¿Re­cuer­da cuan­do se pu­so a es­cri­bir su pri­me­ra no­ve­la? —Sí, per­fec­ta­men­te. Al su­bir de la pla­ya, con mi hi­jo, en­con­tré un obi­tua­rio y sal­tó la chis­pa. Se me ocu­rrió en el abu­rri­mien­to de aquel ve­rano. Des­pués de co­mer, me pu­se a es­cri­bir. —¿Lo ha­bía pen­sa­do an­tes? —Nun­ca, nun­ca. Nun­ca ha­bía pen­sa­do es­cri­bir una no­ve­la. La es­cri­bí ( La her­man­dad de la Sá­ba­na San­ta) di­vir­tién­do­me mu­chí­si­mo y sin pen­sar que cuan­do la ter­mi­na­ra la iba a pu­bli­car. Cuan­do la ter­mi­né, in­ten­té que me la pu­bli­ca­ran y me la pu­bli­ca­ron. La sor­pre­sa que nos lle­va­mos es que se ven­dió. —Se ven­dió muy bien... —Ya, pe­ro ni yo lo es­pe­ra­ba, ni la edi­to­rial, ni na­die. Se pu­bli­có sin nin­gún ti­po de pu­bli­ci­dad. Lle­gó a las li­bre­rías y la gen­te em­pe­zó a leer­la. Siem­pre me ha pa­re­ci­do que es una so­lem­ne ma­ja­de­ría eso de que al­guien es­cri­be un best se­ller. —Al­guien es­cri­be, y pun­to. —Al­guien es­cri­be un li­bro y los lec­to­res de­ci­den si lo com­pran. Los li­bros son bue­nos o ma­los, in­de­pen­dien­te­men­te de que se ven­dan mu­cho o po­co. En nues­tro país, hay una es­pe­cie de pre­jui­cio, un po­co eli­tis­ta, que no com­par­to, de que cuan­do un li­bro se ven­de es sos­pe­cho­so. —Y ese li­bro nun­ca sa­le en los su­ple­men­tos cul­tu­ra­les... —Es una ac­ti­tud de so­ber­bia in­te­lec­tual, de so­ber­bia ha­cia los que com­pran el li­bro. Es co­mo de­cir: «Es la ma­sa la que com­pra los li­bros. Los ele­gi­dos so­mos cuatrocientos, que so­mos los que real­men­te po­de­mos de­gus­tar lo que tie­ne ca­li­dad, que no es­tá al al­can­ce del co­mún de los mor­ta­les». Eso me apa­re­ce una ac­ti­tud de una arro­gan­cia ab­so­lu­ta­men­te in­so­por­ta­ble. Pien­se en cuan­tos es­cri­to­res han es­cri­to li­bros que se han ven­di­do por mi­llo­nes, des­de Um­ber­to Eco a García Már­quez. —¿Al­guien du­da de la ca­li­dad de «El nom­bre de la ro­sa»? —Un li­bro se ven­de por­que lo de­ci­den los lec­to­res. Hay al­go que fun­cio­na. Hay li­bros bue­ní­si­mos y ma­lí­si­mos que no se ven­den. ¿Por qué unos li­bros tras­cien­den y otros no? Es un mis­te­rio. Esa arro­gan­cia res­pec­to a los li­bros que se ven­den me de­ja pas­ma­da. —Y só­lo pa­sa en Es­pa­ña. —Des­de lue­go, en los su­ple­men­tos li­te­ra­rios an­glo­sa­jo­nes no en­cuen­tras esa arro­gan­cia al ha­cer crí­ti­ca so­bre un li­bro. — ¿ Hu­bo un mo­men­to en el que se sin­tió es­cri­to­ra? —Nun­ca me he sen­ti­do na­da. Em­pe­cé a sen­tir­me bai­la­ri­na, y no lo fui. Hi­ce pe­rio­dis­mo, pe­ro de for­ma un po­co agi­ta­da y al­bo­ro­ta­da, por­que me to­có vi­vir una épo­ca que no me ima­gi­na­ba. Lle­gué al pe­rio­dis­mo de re­bo­te y he lle­ga­do a es­cri­bir tam­bién de re­bo­te. Pe­ro me gus­ta­ría lle­gar a Íta­ca. —¿Ha cam­bia­do mu­cho su vi­da? —No. Si­go te­nien­do los mis­mos ami­gos, he in­cor­po­ra­do a al­gu­nos, pe­ro no mu­chos. —¿En al­gún mo­men­to se ha lle­va­do mal con el éxi­to? — No es fá­cil es­tar en el otro la­do. Yo era la que ha­cía las en­tre­vis­tas. No siem­pre me sien­to có­mo­da. Me gus­ta­ría que es­cri­bir fue­ra co­mo ha­ce un si­glo. La gen­te es­cri­bía, da­ba su li­bro, lo pu­bli­ca­ban y ya es­tá. —No le gus­ta la pro­mo­ción. —Tie­nes la par­te po­si­ti­va, muy gra­ta, que es el con­tac­to con los lec­to­res y libreros. Me in­tere­sa mu­chí­si­mo sa­ber qué opi­nan los lec­to­res. Pe­ro las pro­mo­cio­nes son siem­pre lar­gas, de mu­chos me­ses, de mu­chos via­jes... Me sien­to so­bre­ex­pues­ta. —No tie­ne Twit­ter, Fa­ce­book... —No. Me sien­to in­ca­paz de opi­nar so­bre to­do ca­da se­gun­do. —Aho­ra to­dos so­mos ex­per­tos en de­re­cho cons­ti­tu­cio­nal y en ener­gía nu­clear. —La Red es un es­pa­cio mágico, que ha cam­bia­do to­dos los pa­ra­dig­mas de la so­cie­dad y que tie­ne mu­chí­si­mas co­sas, tam­bién ne­ga­ti­vas, co­mo la ba­na­li­za­ción de to­do. To­do el mun­do, a los dos mi­nu­tos de que pa­se al­go, opi­na. No creo que mi opi­nión sea im­por­tan­te. —Ha­blan­do de ba­na­li­za­ción, ha­ce unos días leía el ti­tu­lar de una en­tre­vis­ta a un ar­tis­ta que de­cía: «Ser hom­bre hoy es vi­vir ba­jo sos­pe­cha». —Eso es una ba­na­li­za­ción ab­so­lu­ta. Po­de­mos ha­blar de lo que es vi­vir en ries­go. —Sien­do mu­jer. —Y de lo que ha sig­ni­fi­ca­do ser mu­jer a lo lar­go de los si­glos. En­tre ellos se pe­lea­ban por ver quién man­da­ba más. Lue­go es­tá­ba­mos no­so­tras, que éra­mos las es­cla­vas. La his­to­ria de las mu­je­res no es­tá con­ta­da. La his­to­ria, has­ta el si­glo XX, la han con­ta­do ex­clu­si­va­men­te los hom­bres, y las mu­je­res éra­mos una no­ta a pie de pá­gi­na. —Mi­re lo que tu­vie­ron que lu­char las mu­je­res pa­ra po­der ser es­cri­to­ras: Ana María Ma­tu­te, Martín Gaite, La­fo­ret... —Por eso re­cha­zo eso de «li­te­ra­tu­ra fe­me­ni­na». Un li­bro es bueno o ma­lo, lo ha­ya es­cri­to un hom­bre o una mu­jer. No hay li­te­ra­tu­ra mas­cu­li­na, ni fe­me­ni­na. Con la li­te­ra­tu­ra fe­me­ni­na lo que se intenta es re­ba­jar la ca­te­go­ría. A eso me nie­go. —¿Cree que he­mos roto el fa­mo­so te­cho de cris­tal? —Creo que sí. Hay pa­sos que se han da­do que ya son irre­ver­si­bles, y hay mu­chí­si­mas mu­je­res que han to­ma­do con­cien­cia de que es­ta­mos ha­blan­do de la dig­ni­dad de los se­res hu­ma­nos. Y eso nos afec­ta a to­dos por igual. No pue­de ser que la mi­tad de la po­bla­ción no ten­ga los mis­mos de­re­chos y opor­tu­ni­da­des que la otra mi­tad. Les ha pa­re­ci­do nor­mal ha­ber vi­vi­do vein­te si­glos tran­qui­la­men­te con eso. Ese te­cho se ha roto y no hay mar­cha atrás.

La his­to­ria de las mu­je­res no es­tá con­ta­da. Has­ta el si­glo XX, la han con­ta­do só­lo los hom­bres. Éra­mos una no­ta a pie de pá­gi­na» No hay li­te­ra­tu­ra mas­cu­li­na, ni fe­me­ni­na. Con la li­te­ra­tu­ra fe­me­ni­na se intenta re­ba­jar la ca­te­go­ría. A eso me nie­go» No vol­ve­ría al pe­rio­dis­mo. Es una eta­pa ce­rra­da. Qué pe­re­za me da­ría... Ya no ten­go edad, dan­do sal­tos por el Con­gre­so»

Ju­lia Navarro, a las puer­tas de la Igle­sia de la En­car­na­ción en Ma­drid JUAN MA­NUEL FER­NÁN­DEZ

Ju­lia Navarro, fo­to­gra­fia­da en la Igle­sia de San Gi­nés, en Ma­drid

JUAN MA­NUEL FER­NÁN­DEZ

LOS PO­LÍ­TI­COS DE LA TRAN­SI­CIÓN. «Era una re­la­ción bas­tan­te flui­da. La can­ti­dad de ca­fés que me he to­ma­do yo con Adol­fo Suá­rez en el bar de las Cor­tes, los dos fu­man­do». DE­MO­CRA­CIA. «Ha­ber po­di­do vi­vir es­tos úl­ti­mos cua­ren­ta años en un país de­mo­crá­ti­co, con las li­ber­ta­des con­so­li­da­das, es al­go de lo que po­de­mos es­tar sa­tis­fe­chos».

EL 23-F. «Es­tá­ba­mos en el Con­gre­so y Pi­lar Nar­vión nos di­jo: “Ni­ñas, apun­tad la ho­ra. Fi­jaos bien. Es lo que los li­bros de His­to­ria di­cen que es un gol­pe de Es­ta­do». LA CONS­TI­TU­CIÓN. «El día que se apro­bó es­ta­ba en la tribuna del Con­gre­so y tu­ve que ha­cer un es­fuer­zo pa­ra que no se me sal­ta­ran las lá­gri­mas. Fue emo­cio­nan­te».

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