Psi­có­lo­gos de ba­rra

lo sa­ben en Pe­dro Salvador, don­de lle­van dé­ca­das tra­tan­do a la fa­mi­lia Cal­vo y dis­fru­tan­do de los vi­nos y la co­mi­da ca­se­ra

ABC - Especiales Andalucía - - SUMARIO - Isa­bel Agui­lar Fo­tos: J.M. Se­rrano

En es­te pe­que­ño es­ta­ble­ci­mien­to Mar­ga­ri ha te­ji­do gran­des amis­ta­des con los ve­ci­nos y ha apren­di­do a ges­tio­nar con to­tal pro­fe­sio­na­li­dad cua­li­da­des co­mo la pa­cien­cia, la in­tui­ción, la ca­pa­ci­dad de es­cu­char y la mano iz­quier­da que, en oca­sio­nes, tam­bién pre­ci­sa.

¿Qué re­cuer­dos guar­da de su in­fan­cia en el bar?

Siem­pre es­ta­ba ju­gan­do en la es­qui­na al elás­ti­co o al te­jo. Mis ami­gas eran las que ve­nían aquí por­que a mi pa­dre no le gus­ta­ba per­der­me de vis­ta. Me he cria­do en el me que­da­ra aquí. Con sie­te años ya echa­ba un ca­ble fre­gan­do y ha­cien­do lo que hi­cie­ra fal­ta y cuan­do con vein­ti­tan­tos mu­rió mi ma­dre tu­ve que im­pli­car­me mu­cho más.

¿Aún lle­gan pa­rro­quia­nos de los de siem­pre?

Sí, to­da­vía lle­gan al­gu­nos de los que ve­nían cuan­do es­ta­ba la es­ta­ción y a ve­ces ha­blan vi­nien­do mu­cha gen­te de los Juz­ga­dos y la es­ta­ción de au­to­bu­ses, o de la Ha­cien­da mu­ni­ci­pal.

¿Nun­ca se plan­teó tra­ba­jar en otra par­te?

que a mi pa­dre no le ha­ría gra­cia que me se dis­cul­pó por no ha­ber­me ani­ma­do a co­ger­lo pe­ro yo no me arre­pien­to por­que me aún sien­do tan per­fec­cio­nis­tas co­mo so­mos mi her­ma­na y yo y hay ve­ces que si es­toy de ba­jo­na no lo pue­do di­si­mu­lar. Ade­más, los clien­tes ya me co­no­cen y me lo no­tan.

¿Su clien­te­la es muy del barrio?

- do­res de la zo­na, co­mo em­plea­dos de BBVA, - lis. Los días que jue­ga el Be­tis es tre­men­do, los pue­blos que ya tie­nen co­mo tra­di­ción to­mar­se al­go en el bar de “las ni­ñas”, que es que ve­nían de ni­ños y aho­ra traen a sus hi­jos.das en las que co­cino mu­chas re­ce­tas de mi país, co­mo el Día de los Muer­tos, que in­clu­so pon­go un al­tar.

No tie­nen más re­me­dio que ser bé­ti­cas…

Tra­ba­jan­do en un bar es me­jor no de­cir de

“In­ten­to co­no­cer a ca­da clien­te pa­ra que se sien­ta a gus­to

¿Qué apren­dió de su pa­dre?

Él era muy re­la­cio­nes pú­bli­cas, una per­so­na muy que­ri­da que te­nía siem­pre una son­ri­sa en la ca­ra. No que­ría nin­gún pro­ble­ma con na­die y era muy dis­cre­to. Si al­guien le con­ta­ba sus cir­cuns­tan­cias y le pe­día ayu­da, nun­ca lo co­men­ta­ba con na­die y le ayu­da­ba en lo que po­día. Era muy - chón.

¿Se sien­te igual de re­la­cio­nes pú­bli­cas que él?

Al prin­ci­pio no tan­to, pe­ro po­co a po­co he apren­di­do a tra­tar con el pú­bli­co y aho­ra in­clu­so hay gen­te que vie­ne y me cuen­ta sus pro­ble­mas. Hay una clien­ta que ha en­viu­da­do y al­gu­nas tar­des vie­ne aquí a pa­sar­las con­mi­go y char­lar un ra­to.

¿Qué vir­tu­des se pre­ci­san pa­ra tra­tar con el pú­bli­co?

So­bre to­do pa­cien­cia, por­que ade­más una no to­dos los días - cuan­do pue­do ha­blar, cuán­do son­reír o cuán­do ca­llar­me. Hay gen­te con la que hay que te­ner un po­qui­to de mano iz­quier­da y siem­pre que hay clien­tes al­go com­pli­ca­dos me los de­jan a mí

Pón­ga­me al­gún ejem­plo de clien­te com­pli­ca­do.

Hay al­gu­nos que pre­gun­tan desde cuán­do es­tán co­ci­na­dos

los pla­tos y yo siem­pre con­tes­to con humor que desde el si­glo pa­sa­do. A mí no me mo­les­ta eso e in­ten­to co­no­cer có­mo es ca­da uno pa­ra que se sien­ta a gus­to. Pro­cu­ro co­no­cer los gus­tos per­so­na­les que tie­nen, si ten­go que po­ner­le el pla­to con pa­ta­tas o en­sa­la­da, por ejem­plo, o sua­ves pa­ra un clien­te que tie­ne pro­ble­mas al tra­gar. Siem­pre nos di­cen que te­ne­mos bue­na ca­be­za por­que nos gus­ta acor­dar­nos de ese ti­po de co­sas.

¿Hay clien­tes que la sa­can de sus ca­si­llas?

Yo ten­go mu­cho aguan­te pe­ro lle­ga un mo­men­to en que hay que pa­rar. A ve­ces de no­che se for­man ter­tu­lias que no aca­ban nun­ca y ten­go que de­cir que ya he em­pe­za­do a lim­piar y no pon­go más cer­ve­zas. Hay no­ches que cues­ta ce­rrar, pe­ro ten­go que de­cir que nues­tro pú­bli­co sue­le ser muy com­pren­si­vo y cuan­do yo he te­ni­do el co­do ro­to o aho­ra que mi her­ma­na es­tá re­gu­lar del lum­ba­go hay mu­chos que nos ayu­dan a re­co­ger las me­sas y son aten­tos con no­so­tras. En reali­dad no po­de­mos que­jar­nos.

¿Se sien­ten arro­pa­das por el barrio?

Hay clien­tas que se ofre­cen in­clu­so a - tras tie­ne que es­tar siem­pre en el bar y - cos, aun­que al­gu­nas ve­ci­nas se ofre­cen mu­chas ve­ces a acom­pa­ñar­nos (mien­tras nos cuen­ta es­to, más de una do­ce­na de ellas pa­sa por la puer­ta del bar y pre­gun­ta a Ma­ría del Mar por su es­pal­da). Las co­no­ce­mos bien y ellas nos co­no­cen, en es­te bar no es­tá mal vis­to que una mu­jer ven­ga so­la a to­mar un vino o una cer­ve­za por­que sa­ben que se en­con­tra­rá con otras o que es­ta­rá con­mi­go.

“Ya co­noz­co a los clien­tes y sé có­mo ac­tuar.

¿En qué ha cam­bia­do su clien­te­la en los años que ha vi­vi­do en el bar?

An­tes es­to era co­mo un pue­blo, in­clu­so cuan­do al­guien sa­lía de­cía que “iba a Se­vi­lla”. Éra­mos siem­pre los mis­mos y nos sen­tía­mos co­mo una gran fa­mi­lia. Aho­ra es­tá cam­bian­do por­que el barrio es­tá cre­cien­do y a ve­ces en­tra gen­te que no co­no­ce­mos, pe­ro siem­pre los tra­to bien pa­ra que nos co­noz­can, les ofrez­co lo que ten­go y si les pue­do ayu­dar, lo ha­go. Aco­ge­mos bien al que lle­ga de nue­vas.

Igual que ha­cía su pa­dre…

Yo an­tes te­nía mu­cho ge­nio y mi pa­dre me en­se­ñó a do­mi­nar­lo, no ten­go na­da que ver con la que era an­tes. Él me de­jó mu­chas en­se­ñan­zas de có­mo tra­tar al pú­bli­co.

Mar­ga­ri Cal­vo, en la te­rra­za del bar Los Pa­la­cios

Mar­ga­ri tie­ne un tra­to cer­cano y fa­mi­liar con su pú­bli­co

En esa mis­ma es­qui­na ju­ga­ba de pe­que­ña

Mar­ga­ri po­sa en la ba­rra del bar Los Pa­la­cios

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