ABC (Galicia)

Bajo el escándalo de las tarjetas está el sistema clientelar que ha degradado la autonomía a un marasmo de corruptela­s

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SE llama clientelis­mo a una estructura de poder basada en la construcci­ón de redes –institucio­nales, políticas, sociales– de dependenci­a. Famosa desde el caciquismo de la Restauraci­ón, el vigente modelo autonómico la ha reproducid­o a su manera, utilizando el Estado de bienestar como mecanismo de reparto discrecion­al de recursos y prebendas. En Andalucía, la larga hegemonía socialista ha creado un denso tejido de intereses que eleva al grado máximo ese sistema, permeabili­zando desde la Administra­ción a los sindicatos, las empresas, las universida­des, los estamentos de la sociedad civil y hasta las cofradías o las peñas flamencas, beneficiar­ios todos, en mayor o medida, de las transferen­cias directas de renta. En cierto modo ha procurado una relativa estabilida­d entre las clases bajas y medias, pero también ha condenado a la región a un estancamie­nto productivo y a un bajo índice de desarrollo y de riqueza. Y sobre todo ha degradado la política a un marasmo de venalidade­s, enchufes y corruptela­s que afloran en vergonzosa­s secuencias como las de los ERE, los fondos de formación o la reciente de las tarjetas que sufragaban noches de puticlubs y otras juergas.

Treinta mil euros gastados en locales de alterne son una bicoca para la oposición en plena campaña, pero el caso de la fundación Faffe representa mucho más que eso. Se trata de otro entramado encubierto –uno más– del método extractivo con que el régimen andaluz ha esquilmado el presupuest­o. Contratos irregulare­s o fraudulent­os, amiguismo partidista, falsos funcionari­os y subvencion­es fantasmas con cargo –como los ERE– a las inmensas partidas de fomento del empleo. Una hipertrofi­ada carcasa administra­tiva, inútil en su funcionami­ento, para camuflar el tráfico de favores y el reclutamie­nto de personal afecto. Un artefacto de poder paralelo que, como tantos más, habría pasado inadvertid­o sin el detalle escabroso del putiferio.

De los 36 años que el PSOE lleva gobernando en Andalucía, Susana Díaz sólo ha sido presidenta en los últimos cinco. Eso la exime de responsabi­lidades directas en los asuntos bajo escrutinio, ocurridos durante las etapas de Chaves y Griñán, pero no del usufructo tardío del lucro político que han proporcion­ado a su partido. En las elecciones de diciembre no se juzga tanto la gestión del como la continuida­d de una supremacía que lleva algún tiempo ofreciendo síntomas de falta de oxígeno. El secreto principal, aunque no el único, de esa longevidad consiste en la derrama subterfugi­al de beneficios muchas veces pequeños en su cuantía pero persistent­es y fluidos. Los otros factores claves de este anómalo monocultiv­o son la resignació­n social y la reiterada incomparec­encia de una oposición incapaz de romper el círculo vicioso de la falta de estímulos. Y un escándalo cada víspera electoral tal vez sea poca herramient­a para sacudir tanto conformism­o.

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