GABINO DIE­GO

“El hu­mor ha si­do mi es­cu­do de supervivencia”. El ac­tor se con­fie­sa en nues­tras pá­gi­nas.

ABC - Hoy Corazón - - Sumario -

Es­tá en pleno éxi­to con la co­me­dia El in­ter­cam­bio, en el tea­tro Prín­ci­pe Gran Vía, y fe­liz por ha­cer lo que más le gus­ta de su pro­fe­sión: di­ver­tir al pú­bli­co. Pa­dre sol­te­ro de una jo­ven de 21 años, Gabino Die­go vi­ve fe­liz con su pa­re­ja y cin­co pe­rros que son su pa­sión.

Por sus ras­gos, na­die di­ría que es de origen cu­bano.

Pe­ro es que en los años 50, en Cu­ba, ca­si to­dos eran blan­cos. Hay mu­chos erro­res en ese sen­ti­do por eso me sue­len ha­cer ese co­men­ta­rio. Los blan­cos eran ma­yo­ría y lue­go en can­ti­dad es­ta­ban los mu­la­tos y des­pués, los ne­gros. Mis abue­los, co­mo tan­tos de su épo­ca, emi­gra­ron a Cu­ba pe­ro eran as­tu­ria­nos. Uno de mis abue­los se que­dó en Cu­ba has­ta el año 1969 por si le de­vol­vían al­go de sus pro­pie­da­des, pe­ro no hu­bo ma­ne­ra. El res­to se vino a Es­pa­ña, don­de yo na­cí. Tam­bién ten­go al­go de san­gre in­gle­sa y cán­ta­bra. He via­ja­do a Cu­ba unas cin­co ve­ces, in­clu­so, he ro­da­do una pe­lí­cu­la pe­ro ahí ya no que­da na­die de la fa­mi­lia.

¿Y le pi­có la cu­rio­si­dad de ver có­mo eran sus pro­pie­da­des?

Siem­pre me ha gus­ta­do co­no­cer mis raí­ces. En mi ca­sa, mi ma­dre ha co­ci­na­do fri­jo­les ne­gros y plá­tano fri­to y te­ne­mos esa cul­tu­ra. A mí es­pe­cial­men­te me in­tere­sa y gus­ta más que a mis her­ma­nos. La ca­sa de mi abue­lo ma­terno es la ac­tual se­de de la Unes­co en La Ha­ba­na. No de­ja de ser cu­rio­so. Pien­so que la vi­da es­tá lle­na de ac­ci­den­tes del des­tino y el he­cho de que mis pa­dres sa­lie­ran de Cu­ba y yo na­cie­ra aquí for­ma par­te de mi bio­gra­fía.

Po­día ha­ber si­do mú­si­co ca­lle­je­ro, camarero en Aus­tra­lia…

Po­de­mos mo­di­fi­car nues­tro des­tino, pe­ro creo que en la vi­da to­do es fru­to de un cier­to azar. Es co­mo aho­ra en el tea­tro. Com­par­to car­tel con Te­te Del­ga­do en El in­ter

cam­bio, pe­ro lo más lla­ma­ti­vo es que an­tes de co­no­cer es­te pro­yec­to nos en­con­tra­mos en un tren y ha­bla­mos de la po­si­bi­li­dad de tra­ba­jar jun­tos al­gún día. Y aho­ra lo es­ta­mos ha­cien­do. Por eso creo que so­mos fru­to de nues­tras de­ci­sio­nes. Ha­ce años te­nía tres

Con las mu­je­res, yo era el gra­cio­so, pe­ro se iban con otro

pro­yec­tos en la me­sa y op­té por Gol­fus de Ro­ma, que lo re­pre­sen­té 15 días en el tea­tro de Mé­ri­da. Sin du­da una de las me­jo­res ex­pe­rien­cias de mi vi­da. Pa­ra col­mo en ese tra­ba­jo co­no­cí a la ma­dre de mi hi­ja. De no ha­ber ele­gi­do ese tra­ba­jo, to­do ha­bría si­do tan dis­tin­to… Por eso ha­blo de po­der mo­di­fi­car nues­tro des­tino, o eso cree­mos. Co­mo de­cía Luis Bu­ñuel: «So­lo creo en el dios del azar».

¿No cree en otro dios?

Siem­pre an­tes de dor­mir ha­blo con mi Dios. No sé quién es pe­ro me gus­ta ha­blar con él. Re­co­noz­co que me en­can­ta en­trar en las igle­sias y po­ner ve­las, aun­que no soy prac­ti­can­te. Me gus­ta es­pe­cial­men­te la igle­sia de Nue­va York, St. Pa­trick, que en pleno bu­lli­cio, pue­des res­pi­rar esa cal­ma. Tam­bién ten­go de­bi­li­dad por Co­va­don­ga, que vi­si­to muy a me­nu­do ca­da vez que voy a As­tu­rias.

¿Y de qué ha­bla con Dios?

A Dios no hay que pe­dir­le y sí agra­de­cer. Soy afor­tu­na­do aun­que to­do de­pen­de de con quién te com­pa­res. Tra­ba­jo en al­go que ha­ce di­ver­tir a la gen­te y eso es bueno, por­que a ve­ces nos con­ver­ti­mos en te­ra­peu­tas. Una ami­ga me de­cía que le sa­lía más ba­ra­to ir al tea­tro a di­ver­tir­se que a la con­sul­ta. Mu­chas ve­ces me pre­gun­tan si no que­rría ha­cer un dra­ma y yo pien­so que ya he he­cho esos tra­ba­jos, y con el tiem­po he apren­di­do que no hay na­da más ma­ra­vi­llo­so que po­der ha­cer reír a la gen­te. Por eso no quie­ro per­der ni un se­gun­do en ha­cer otra co­sa.

¿Qué le ha­ce gra­cia?

Cuan­do el hu­mor se con­vier­te en una vál­vu­la de es­ca­pe y eso pa­sa en las si­tua­cio­nes muy ten­sas. Ade­más, en mi ca­so, fue mi es­cu­do de supervivencia. Des­de ni­ño, imi­ta­ba a los pro­fe­so­res y eso me ha­cía te­ner mu­chos ami­gos, es­pe­cial­men­te a los ma­los de cla­se.

¿Y le fun­cio­na el hu­mor con las mu­je­res?

Lo he usa­do pe­ro du­ran­te una tem­po­ra­da no me fun­cio­nó muy bien. Era el gra­cio­so, pe­ro se iban con otro. No te­nía la téc­ni­ca de li­gue bue­na.

Di­cen que los más di­ver­ti­dos en el es­ce­na­rio son muy abu­rri­dos.

Es ver­dad que por la calle a ve­ces me han he­cho co­men­ta­rios que lo he pa­sa­do fa­tal. Mi ca­rác­ter es más me­lan­có­li­co e in­ten­to agra­dar, pe­ro no siem­pre lo con­si­go. No siem­pre es­tas fe­liz.

¿El in­ter­cam­bio de pa­re­jas lo ve co­mo una fór­mu­la pa­ra aguan­tar una re­la­ción?

En es­ta obra de Ig­na­cio Na­cho se tra­ta de un pun­to de par­ti­da pa­ra ha­blar de una pa­re­ja tras 15 años ca­sa­dos. Res­pe­to la gen­te que re­cu­rra a es­tos sis­te­mas, pe­ro re­co­noz­co que no es­toy muy pre­pa­ra­do. De en­tra­da, por­que me re­sul­ta com­pli­ca­do que to­dos nos gus­te­mos.

En su ca­so, ade­más, ser co­no­ci­do de­be li­mi­tar mu­cho cier­tas ex­pe­rien­cias.

Hoy te sa­can una fo­to en cual­quier par­te con un mó­vil, pe­ro vol­vien­do a los in­ter­cam­bios, lo po­si­ti­vo que veo es que es una re­la­ción muy sin­ce­ra don­de no hay in­fi­de­li­da­des ni men­ti­ras. De to­das ma­ne­ras si al­gún día me pa­sa­ra, me gus­ta­ría saber quié­nes son los otros.

Es pa­dre de una jo­ven de 21 años. ¿Có­mo lo com­pa­gi­na te­nien­do en cuen­ta que hay una dis­tan­cia geo­grá­fi­ca?

Mi hi­ja vi­ve en Cataluña y ló­gi­ca­men­te pa­sa más tiem­po con su ma­dre, pe­ro es lo más ma­ra­vi­llo­so que hay en mi vi­da. Cuan­do tie­nes un hi­jo, en­tien­des que es un amor que va más allá. Al­guien por el que no du­da­rías dar tu vi­da.

¿Sien­te que no ha pa­sa­do el tiem­po su­fi­cien­te con ella?

Siem­pre he pro­cu­ra­do es­tar ahí y me he adap­ta­do a lo que te­nía. Tam­bién cuan­do eres pa­dre sol­te­ro, dis­fru­tas al má­xi­mo con tu hi­ja por­que es una re­la­ción de los dos. Los via­jes y vi­ven­cias que he­mos te­ni­do han si­do in­creí­bles.

¿Y no le han que­da­do ga­nas de te­ner más hi­jos? Ac­tual­men­te es­tá enamo­ra­do y fe­liz…

No des­car­ta­mos na­da. Hoy lo que te­ne­mos son cin­co pe­rros y los ado­ra­mos. Ellos son to­do no­ble­za pe­ro yo creo igual en los ami­gos. No soy de los que pien­sa que los pe­rros son más de fiar que las per­so­nas. Pa­ra na­da.

¿Man­tie­ne a los ami­gos de siem­pre?

Los ten­go de ha­ce mu­chos años y tam­bién nue­vos que vas co­no­cien­do e in­clu­yen­do en tu vi­da.

Días atrás, le vi en una pa­ra­da de au­to­bús tan tran­qui­lo. Un lu­jo an­dar así, ¿no?

Me pi­den mu­chas ve­ces au­tó­gra­fos pe­ro en ge­ne­ral pue­do ha­cer una vi­da nor­mal y me da te­rror pen­sar que no pu­die­ra ser así.

Mi hi­ja vi­ve en Cataluña, pe­ro siem­pre he pro­cu­ra­do es­tar ahí

“Po­de­mos mo­di­fi­car nues­tro des­tino, pe­ro creo que en la vi­da to­do es fru­to de un cier­to azar”.

“No des­car­ta­mos te­ner más hi­jos. Hoy lo que te­ne­mos son cin­co pe­rros y los ado­ra­mos”.

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