“Mi vi­da va uni­da a mis ca­ba­llos”.

SU PA­DRE LE IN­CUL­CÓ LA PA­SIÓN POR ES­TOS ANI­MA­LES, A LO­MOS DE LOS CUA­LES JUAN Y ME­DIO ASE­GU­RA QUE, IN­CLU­SO, SE HA ENAMO­RA­DO.

ABC - Hoy Corazón - - Sumario -

Juan y Me­dio se subió a un ca­ba­llo sien­do muy pe­que­ño y no les su­su­rra, co­mo ha­cía Ro­bert Red­ford en aque­lla mí­ti­ca pe­lí­cu­la, pe­ro son una par­te muy im­por­tan­te de su vi­da. Fue su pa­dre, fa­lle­ci­do ha­ce ya dos años, quien le in­cul­có la pa­sión por los ca­ba­llos, y se emo­cio­na cuan­do ha­bla de él.

¿De dón­de vie­ne su afi­ción por los ca­ba­llos?

Yo no di­ría que es una afi­ción, des­de pe­que­ños he­mos vis­to to­do ti­po de ani­ma­les en mi ca­sa. Mi pa­dre era mé­di­co y le en­can­ta­ban –Juan se emo­cio­na al ha­blar de su pa­dre, que fa­lle­ció ha­ce dos años–, he­mos te­ni­do ove­jas, to­do ti­po de ra­zas de pe­rros, ga­tos, ca­ba­llos, ye­guas, po­tros re­cién na­ci­dos, va­cas... En su mo­men­to, tu­vi­mos águi­las, hal­co­nes, ga­lli­nas, fai­sa­nes, pa­tos, gan­sos…

¿Quién los cui­da­ba?

Nos en­se­ña­ron a criar­los y a cui­dar­los. A to­dos mis her­ma­nos les fas­ci­nan los ani­ma­les, son una par­te de nues­tra vi­da. Yo no con­ci­bo la vi­da si no ten­go ani­ma­les allí don­de es­toy. Vi­vo en Se­vi­lla y ten­go mi pe­rro, – un pas­tor ale­mán–, es­toy en Ma­drid y ten­go mis otros pe­rros y mis ca­ba­llos, que son los que aho­ra mon­to.

¿ A qué edad em­pe­zó a mon­tar a ca­ba­llo?

La pri­me­ra vez que me subí a un ca­ba­llo ten­dría unos seis años.

¿ Cuán­tos ca­ba­llos tie­ne aho­ra?

Aho­ra pue­de que ten­ga unos ocho, dos en el cam­po y el res­to en el pue­blo de mi pa­dre, Lú­car, pro­vin­cia de Al­me­ría.

¿Al­gu­na vez ha ayu­da­do a pa­rir a una ye­gua?

No. Se pue­de ayu­dar a las ove­jas o a las va­cas. La ye­gua pue­de aguan­tar días y días sin pa­rir, si tú es­tás pen­dien­te de ella. A día de hoy, a las ye­guas más ca­ras del mun­do, fe­cun­da­das con el se­men más ca­ro del mun­do, las tie- nen que te­ner en una pa­ri­de­ra con cá­ma­ras. Les gus­ta la in­ti­mi­dad y el ano­ni­ma­to. Sin du­da, es el mo­men­to de su vi­da en el que es­tán más in­de­fen­sas y se pro­te­gen mu­cho.

¿Có­mo eli­ge los nom­bres de los ca­ba­llos?

Qui­se que to­dos tu­vie­ran que ver con el mun­do del es­pec­tácu­lo. Ca­da año que na­cen se uti­li­za un nom­bre por or­den del abe­ce­da­rio. La pri­me­ra, Ale­gría, las si­guien­tes, Bai­lao­ra, Com­pás, Fa­rán­du­la, Ga­la... Aho­ra ten­go un po­tro en Al­me­ría que se lla­ma Inocen­te, inocen­te. Los dos que ten­go en el cam­po se lla­man Bai­lao­ra y Ti­bu­rón, los com­pró mi pa­dre y ya ve­nían con es­tos nom­bres.

¿De qué ra­za son sus ca­ba­llos?

Siem­pre he­mos te­ni­do de ra­za es­pa­ño­la.

¿Us­ted su­su­rra a los ca­ba­llos co­mo ha­cía Ro­bert Red­ford en aque­lla mí­ti­ca pe­lí­cu­la?

Eso son co­sas de pe­lí­cu­la. Yo he lle­ga­do a la con­clu­sión, des­pués de mu­chos años, de que los ca­ba­llos no son es­pe­cial­men­te in­te­li­gen­tes, tam­po­co lo son el bu­rro y el mu­lo. Yo es­toy to­do el día con mi ca­ba­llo, le mi­mo, le quie­ro, pe­ro si pa­sas tú con su co­mi­da, se ol­vi­dan de ti. Son ani­ma­les muy in­tui­ti­vos y agra­de­ci­dos, pe­ro pri­ma la su­per­vi­ven­cia.

Lle­va mu­chos años con­vi­vien­do con ca­ba­llos, ¿re­cuer­da al­guno en es­pe­cial?

Ten­go mu­chos, mi vi­da va uni­da a ellos: yo me he enamo­ra­do a ca­ba­llo y echo de me­nos a mis ami­gos que nun­ca vol­ve­rán. Tam­bién ten­go re­cuer­dos tris­tes. Ha­ce po­co mu­rió Com­pás, lle­va­ba 11 años con­mi­go y me que­dé de­sola­do.

Mon­tar a ca­ba­llo no es pre­ci­sa­men­te un de­por­te ba­ra­to.

La gen­te tie­ne que sa­ber que ca­da muy po­cos ca­ba­llos hay un pues­to de tra­ba­jo. Los ca­ba­llos co­men al­fal­fa, ce­ba­da, ave­na, hay que sem­brar­lo, re­co­ger­lo… El ca­ba­llo es un mun­do muy des­co­no­ci­do, pe­ro tre­men­da­men­te in­tere­san­te pa­ra la edu­ca­ción, por­que te mues­tra lo que no ves a dia­rio. Al ca­ba­llo no se le ha he­cho jus­ti­cia, si lees El he

re­je de Mi­guel De­li­bes, le da una im­por­tan­cia tre­men­da.

¿ En su pro­fe­sión, có­mo em­pe­zó, al pa­so, al tro­te o a ga­lo­pe?

He te­ni­do eta­pas. Em­pe­cé muy al pa­so, de fi­gu­ran­te de ac­tor sin fra­se. Vi­nie­ron las pe­lí­cu­las, el tea­tro, la pu­bli­ci­dad, pe­ro lue­go das con un pro­gra­ma que te po­ne al tro­te. He te­ni­do mo­men­tos de

“Al ca­ba­llo no se le ha he­cho jus­ti­cia”

ga­lo­pe y caí­das es­tre­pi­to­sas. De los fra­ca­sos no ha­go dra­mas: no me sien­to el peor ni el me­jor.

Tie­ne un pro­gra­ma dia­rio des­de ha­ce años en Ca­nal Sur, La tar­de aquí y aho­ra, y Me­nu­da no­che, los vier­nes. ¿ Es un hom­bre con suer­te o se lo cu­rra?

He tra­ba­ja­do to­do lo que he po­di­do, me he fijado en la gen­te que he ad­mi­ra­do, pa­ra tra­tar de ha­cer­lo lo me­jor po­si­ble. Aho­ra ten­go mi pro­pia pro­duc­to­ra con mu­cha gen­te tra­ba­jan­do y nos he­mos ex­ten­di­do a Cas­ti­lla La Man­cha con Ra­món Gar­cía y Jun­cal Ri­ve­ro.

Es­tá de lu­nes a vier­nes en Se­vi­lla y los fi­nes de se­ma­na en su fin­ca ¿Có­mo fun­cio­na su bio­rrit­mo?

Yo veo có­mo tra­ba­ja la gen­te y lo que se les pa­ga y me con­si­de­ro un pri­vi­le­gia­do gi­gan­tes­co. Aun­que soy de Al­me­ría, vi­vo en una de las ciu­da­des más bo­ni­tas, Se­vi­lla, con un equi­po que sa­li­mos jun­tos a ce­nar, al tea­tro… Y, cuan­do vuel­vo, es­toy con mi ma­dre, que se ha que­da­do viu­da ha­ce dos años. Una vi­da que oja­lá la pu­die­ra te­ner to­do el mun­do. No me pue­do que­jar. ♥

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