PA­BLO LÓ­PEZ

“Siem­pre me ha da­do mie­do el fra­ca­so”.

ABC - Hoy Corazón - - SUMARIO - POR J ABRIL. FO­TOS: M. VAQUERO.

Tres años tie­ne. Tan­tos co­mo los que la mú­si­ca lle­va mar­ti­llean­do su ce­re­bro y su co­ra­zón. Pa­blo Ló­pez sa­lió de Fuen­gi­ro­la con una ilu­sión: de­di­car­se a lo su­yo. Y lo su­yo ha de­mos­tra­do con cre­ces que sí, que era la mú­si­ca. Es de esas per­so­nas que vi­ven ca­da mi­nu­to y que ana­li­zan to­do lo que le pa­sa. To­do tie­ne un por­qué, in­clu­so las ma­las ex­pe­rien­cias. Aho­ra sa­be que es­tá en el mo­men­to más in­ten­so de su ca­rre­ra. En es­tos años, tres dis­cos. Tres éxi­tos lle­nos de can­cio­nes que al prin­ci­pio es­cri­bía pa­ra otros y que aho­ra no ha de­ja­do de ha­cer. Tie­ne lis­ta de es­pe­ra. De­trás de esa apa­rien­cia tran­qui­la y dis­cre­ta, una per­so­na que pue­de ha­blar

He asu­mi­do que hay que sa­ber que­rer­te y co­no­cer­te

con­ti­go y es­tar pen­dien­te de to­do lo que pa­sa al­re­de­dor sin des­pis­tar­se de una y otra co­sa. Ha­bla­mos de El

Pa­tio en esta char­la en ca­sa de Flo­ren Do­me­zain con un pla­to de ja­món y un zu­mo de to­ma­te pa­ra abrir el ape­ti­to. Ma­du­ro a más no po­der, el com­po­si­tor más ro­mán­ti­co del mo­men­to ma­ne­ja su ca­rre­ra y sus de­ci­sio­nes bus­can­do, di­ce, la li­ber­tad. Que no es más que nun­ca de­jar de ser un ni­ño. ¿Se pue­de ser ro­mán­ti­co y un ni­ño al mis­mo tiem­po? Siem­pre he que­ri­do huir de la ima­gen de un ro­mán­ti­co, por­que lo te­nía re­la­cio­na­do con lo ran­cio y edul­co­ra­do y yo me con­si­de­ro más gas­ta­do, co­mo de ba­rra de bar. Lue­go me he da­do cuen­ta de que el ro­man­ti­cis­mo es una for­ma de vi­vir y de ha­cer can­cio­nes. Con es­te dis­co he ri­za­do el ri­zo. So­lo hay una can­ción que ha­ble de amor real, el res­to son to­das de amor ro­mán­ti­co. Y de ni­ño, pues la ver­dad es que ten­go ab­so­lu­ta­men­te to­do. Por eso es­cri­bí El Pa­tio. Pa­sé unos me­ses com­pli­ca­dos an­tes de es­cri­bir la can­ción. Me di cuen­ta de que es­ta­ba per­dien­do la va­len­tía que te da ser ni­ño. No in­fan­til, sino un ni­ño li­bre. En tu pri­mer sin­gle, El Pa­tio, hay mu­cho do­lor, ¿no? Hay do­lor, sí. Pe­ro tam­bién es­pe­ran­za. Hay ve­ces que hay que afron­tar los mie­dos en vez de te­ner­los. Si te ga­na la ba­ta­lla, es­tás per­di­do. ¿Qué va­mos a en­con­trar en el dis­co? Ca­mino, fue­go y li­ber­tad, que así se lla­ma, es un dis­co que ha­ce sen­tir mu­cho. A mí al me­nos. Son fa­ses de mi vi­da que es­toy pa­san­do en es­te mo­men­to. Usas mu­cho la pa­la­bra li­ber­tad co­mo al­go que ne­ce­si­tas. Has­ta tu gi­ra se lla­ma San­ta Li­ber­tad. No es­ta­ba bien y me pre­gun­té: «¿Qué me es­tá pa­san­do?». El he­cho de re­co­no­cer­lo y que­rer sa­lir ha si­do mi li­ber­tad. He asu­mi­do que hay que sa­ber que­rer­te y co­no­cer­te. Pe­ro es­toy en esa eta­pa de bús­que­da de li­ber­tad. Aun que­da. Bru­tal el ví­deo de El Pa­tio. Me ale­gro de que te gus­te. Lo he­mos crea­do des­de ce­ro Gus Carballo y yo, no me gus­ta cuan­do otros pro­po­nen so­bre mi tra­ba­jo. Que­ría que fue­ra co­mo es y con­tar con los que es­tán. Aun-

que a al­guno no lo co­no­cía per­so­nal­men­te, co­mo a Javier Cá­ma­ra. Tam­bién apa­re­cen Fer­nan­do Te­je­ro, Ma­lú, Pa­blo Mo­tos y Juan Be­tan­court. Ha­ble­mos de las eta­pas de tu tra­yec­to­ria. A la pri­me­ra la he lla­ma­do «Ma­má, cóm­pra­me un piano». Y me com­pró una gui­ta­rra

( ri­sas). Mi ma­dre ha si­do fun­da­men­tal en ca­da mo­men­to de mi vi­da, aun­que no me de­cía lo que te­nía que ha­cer. Pe­ro lo más bo­ni­to ( y más im­por­tan­te) es que tam­po­co me de­cía no a lo que de­ci­día. Siem­pre es­ta­ba ahí. Me com­pró una gui­ta­rra por­que pa­ra un piano no ha­bía di­ne­ro. Yo era un ni­ño ra­ro, un po­co pe­sa­do y ella nun­ca se que­jó. Y así lle­va to­da la vi­da. Siem­pre es­tá. Las co­sas más im­por­tan­tes de la vi­da no se di­cen. La mú­si­ca em­pie­za a ser lo más im­por­tan­te de tu vi­da. Sí, siem­pre lo ha si­do. En esa eta­pa, que era más pe­que­ño, fui al pro­gra­ma de Te­re­sa Ra­bal, Veo, veo. Fue mi pri­me­ra ac­tua­ción en te­le­vi­sión, con ocho años. Y, si te di­go la ver­dad, ten­go la mis­ma ac­ti­tud que aho­ra (ri­sas). Yo me subo a un es­ce­na­rio y me sien­to igual que cuan­do es­tu­ve en ese pro­gra­ma. Te si­go con­tan­do que más tar­de fui al con­ser­va­to­rio diez años. Eso me dio la ca­pa­ci­dad de po­der vi­vir la mú­si­ca con pro­pie­dad. Y lue­go a Lon­dres. Sí. Can­tan­do en ho­te­les, de ca­ma­re­ro y ac­tuan­do en el Me­tro. He he­cho va­rias mi­lis en mi vi­da. ¿Lo de can­tar en el Me­tro es tan ro­mán­ti­co co­mo di­cen? Pa­ra na­da. Lo pa­sa­ba fa­tal. Yo soy un tío ver­gon­zo­so y me pa­re­cía muy pre­ten­cio­so ha­cer­lo. Siem­pre me ha da­do mie­do el fra­ca­so. Si te­nía que pe­dir­le sa­lir a una chi­ca, no lo ha­cía, si ha­bía una mí­ni­ma po­si­bi­li­dad de que me di­je­ra que no. Además, eso de que la gen­te no va­ya a ver­te, sino

Fui a ‘Ope­ra­ción Triun­fo’ por una apues­ta

que pa­sa­ra por allí, era muy frus­tran­te. Lue­go es­tu­ve tres años to­can­do en un bar en el que la gen­te iba y yo es­ta­ba allí, no ve­nían por mí. Si no quieres cal­do, to­ma tres ta­zas (ri­sas). Nue­va eta­pa: 2008. “Me presento a ‘OT’”. Yo fui de ca­sua­li­dad y fue por una apues­ta. Muy ro­cam­bo­les­co to­do. Te­nía una par­te ho­rri­ble: el ais­la­mien­to y la in­se­gu­ri­dad de no sa­ber qué pa­sa­ba fue­ra; y otra que era ma­ra­vi­llo­sa pa­ra mí: es­tar ro­dea­do de ins­tru­men­tos y que to­do fue­ra mú­si­ca 24 ho­ras al día. Cuan­do sa­lí y em­pe­za­mos a dar con­cier­tos de OT me di cuen­ta de que eso no era lo co­rrec­to. Dos me­ses an­tes na­die ve­nía a ver­me to­car a un bar de Fuen­gi­ro­la y de re­pen­te 12.000 per­so­nas lle­na­ban el Pa­la­cio de los Deportes. Es de­cir, no ve­nían a es­cu­char­me can­tar, sino a ver­me y ya es­tá. Ahí de­ci­dí ba­jar­me del ca­rro. No sa­qué ni un dis­co con Va­le Mu­sic. ¿Qué te pa­re­ce la edición de es­te año? Pues me ha­bría en­can­ta­do se­guir­la, pe­ro des­gra­cia­da­men­te me es­tá sien­do im­po­si­ble. Ha coin­ci­di­do con el cie­rre del dis­co, la de­ci­sión de por­ta­da, aho­ra la ‘pro­mo’ y en bre­ve los en­sa­yos de la gi­ra. Eso sí, les de­seo lo me­jor y les ani­mo a que ex­pri­man lo má­xi­mo po­si­ble la ex­pe­rien­cia. Que­das­te se­gun­do en OT. ¿Crees que eso te be­ne­fi­ció? Las co­sas que pa­san son las que tie­nen que pa­sar. Qui­zá to­do hu­bie­ra si­do di­fe­ren­te de que­dar pri­me­ro, sí. Pe­ro pa­ra bien o pa­ra mal.

¿Qué tal en La Voz? Pues me si­go po­nien­do muy ner­vio­so an­tes de em­pe­zar, pe­ro es una ex­pe­rien­cia alu­ci­nan­te. El es­treno de El

Pa­tio fue la pri­me­ra vez en mi vi­da que me he abs­traí­do en un pla­tó. Sa­bía que era un mo­men­to úni­co que no iba a pa­sar más. ¿Com­po­si­tor o in­tér­pre­te? In­tér­pre­te de mis can­cio­nes. ¿Es cier­to que du­das­te en­tre pe­rio­dis­mo o mú­si­ca? Fue un mo­men­to pun­tual. Me gus­ta el ries­go( ri­sas). Lue­go des­apa­re­cis­te un tiem­po. ¿Dón­de es­ta­ba Pa­blo? Pues pa­ré a pen­sar las co­sas y apren­dí mu­cho lo que no hay que ha­cer. Mon­té un bar con mi her­mano con to­da la es­pe­ran­za del mun­do, pe­ro fui­mos un desas­tre co­mo em­pre­sa­rios. Nos arrui­na­mos. Fue la juer­ga más ca­ra del mun­do. Lo pa­sé fa­tal. La par­te po­si­ti­va es que me di cuen­ta de que lo úni­co que que­ría en la vi­da era ha­cer can­cio­nes. Si no lo hu­bie­ra mon­ta­do, igual es­ta­ba to­da­vía en Fuen­gi­ro­la. Mi pri­mer dis­co, On­ce his­to­rias y

un piano, es prác­ti­ca­men­te to­do so­bre esa eta­pa del bar. Fue un más­ter de vi­da. Lle­ga­mos a 2013 y sa­cas ese pri­mer dis­co. ¿Có­mo das ese pa­so? Fue una pro­vi­den­cia. Me pu­se a es­cri­bir y un án­gel del cie­lo me mi­ró. No creo en lo mís­ti­co y ese án­gel tie­ne nom­bre: Ar­mand Martín. Tra­ba­ja­ba en la gi­ra de OT, no lo vol­ví a ver des­de en­ton­ces, pe­ro le man­dé la pri­me­ra can­ción que es­cri­bí en esa épo­ca de de­ses­pe­ra­ción. So­lo se la man­dé a él, que tra­ba­ja­ba en Uni­ver­sal Mu­sic. Me res­pon­dió al día si­guien­te y me di­jo: «¿Le has man­da­do es­to a al­guien más?». Le di­je que no. Al día si­guien­te se co­gió un avión a Fuen­gi­ro­la. Yo es­ta­ba alu­ci­nan­do. ¿Qué can­ción era? ¿La lle­gas­te a pu­bli­car? Sí, era Dí­me­lo tú. Él no te­nía un pues­to su­fi­cien­te co­mo pa­ra fi­char­me, pe­ro apos­tó por mí y em­pe­zó a ayu­dar­me a ven­der can­cio­nes que com­po­nía yo a ar­tis­tas co­mo Da­vid Bustamante o Ma­lú pa­ra que al me­nos pu­die­ra pa­gar­me el al­qui­ler del pi­so. Pe­leó mu­cho por mí. Has­ta que con­se­gui­mos que me es­cu­cha­ran en Uni­ver­sal. Cuan­do ya iba a fir­mar, la dis­co­grá­fi­ca re­cu­ló. De ahí vie­ne una fra­se de mi can­ción «Di» que la gen­te cree que es por OT. La que di­ce: «Vi mo­rir mi sue­ño, vi có­mo re­su­ci­ta­ba » . Pa­sa­ron unos me­ses y ca­si me vuel­vo lo­co. Al fi­nal aca­bé fi­chan­do con ellos. ¿Hu­bo más gen­te im­por­tan­te en ese sal­to al éxi­to? Sí, mu­chos, pe­ro te di­ría dos: Bustamante y Oroz­co. Fue­muy ge­ne­ro­sos con­mi­go. Me in­vi­ta­ban a sus con­cier­tos, a can­tar con ellos, me pa­ga­ban los ho­te­les y me po­nían de­lan­te de su pú­bli­co, que no te­nía ni idea de quién era yo. Esa re­la­ción se man­tie­ne. La se­ma­na pa­sa­da ce­na­mos los tres en ca­sa. Lle­ga­mos a la eta­pa ac­tual. ¿Qué quie­re ser Pa­blo de ma­yor? Quie­ro ser un hom­bre li­bre, que la úni­ca con­cien­cia que pier­da sea la del tiem­po. Oi­go de ti que eres tí­mi­do, mie­do­so, in­se­gu­ro… Y soy men­ti­ro­so (ri­sas). No. Creo que di­go esas co­sas pa­ra pro­te­ger­me, por­que mu­cha gen­te me di­ce que soy se­rio y no lo soy pa­ra na­da. Tú lo sa­bes. Soy muy ver­gon­zo­so. Me cues­ta de­cir las co­sas por mie­do al fra­ca­so. ¿Crees que en es­tos mo­men­tos es­tá de mo­da el amor o el desamor? El día que de­je de es­tar de mo­da el amor, des­apa­re­ce la es­pe­cie. El amor nos man­tie­ne vi­vos. ¿Qué es lo que más te atrae de una mu­jer? A mí me de­rri­te un ce­re­bro que es­té muy bueno. Me gus­ta la be­lle­za, por su­pues­to, pe­ro soy un vi­cio­so del ce­re­bro. Me po­ne una mu­jer in­te­li­gen­te. Pe­ro eso lo tie­nes cu­bier­to. Sí, pe­ro ella es aje­na a los fo­cos. No le gus­ta sa­lir en los me­dios.

Pa­blo Ló­pez jun­to a sus com­pa­ñe­ros de ‘La Voz’, Ma­lú, Jua­nes y Ma­nuel Ca­rras­co.

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