SYLIANE DE VI­LLA­LON­GA

“Es­toy fe­liz con la vi­da que he te­ni­do”.

ABC - Hoy Corazón - - Sumario - FOTOS: AL­BER­TO BERNÁRDEZ

El pa­sa­do 21 de abril un ac­ci­den­te do­més­ti­co aca­ba­ba con la vi­da del pin­tor Jorge Bascones. Ocho me­ses des­pués, su viu­da, Syliane, abre su co­ra­zón pa­ra ha­blar­nos de la vi­da sin él y de có­mo su fa­mi­lia es hoy su me­jor apo­yo. Ha su­fri­do una gran pér­di­da, que no sé si ha lo­gra­do asu­mir. ¿Có­mo está? Aho­ra me­jor des­pués de lo mal que lo he pa­sa­do. Ha si­do muy du­ra la muer­te de Jorge. Lle­vá­ba­mos 20 años jun­tos con una ru­ti­na que ado­ra­ba. Soy mu­jer de lar­gas re­la­cio­nes. Con Jo­sé Luis de Vilallonga es­tu­ve ca­sa­da 25 años y con Jorge 20. Siem­pre he es­ta­do en pa­re­ja. Aho­ra es­toy em­pe­zan­do otra vi­da dis­tin­ta. Han si­do tres ma­ri­dos (el pri­me­ro fue el mi­llo­na­rio Michel Pas­tor, con quien tu­vo a su úni­co hi­jo, Fa­bri­zio), pe­ro los dos úl­ti­mos han mar-

ca­do su vi­da. Am­bos han si­do sus com­pa­ñe­ros y eso que hay gran­des di­fe­ren­cias en­tre ellos. To­tal­men­te di­fe­ren­tes aun­que com­par­tían la ve­na ar­tís­ti­ca. Uno era es­cri­tor y el otro, pin­tor. Siem­pre he te­ni­do de­bi­li­dad por la gen­te crea­ti­va con un pun­to bohe­mio. Tu­ve 25 años ma­ra­vi­llo­sos jun­to a un hombre co­mo Vilallonga y otros 20 in­creí­bles con Jorge. Soy una afor­tu­na­da en el amor. La muer­te de Vilallonga era al­go anun­cia­do, sin em­bar­go el fi­nal de su se­gun­do ma­ri­do su­pu­so un shock. Te­nía 65 años y fa­lle­ció tras caer­se por unas es­ca­le­ras en su ca­sa de Puer­to An­draix, en Ma­llor­ca. A Jo­sé Luis le he vis­to ir­se tran­qui­la­men­te. A fin de cuen­tas te­nía 87 años, pe­ro lo de Jorge no se en­tien­de, fue un ac­ci­den­te es­tú­pi­do. Lle­va­ba tiem­po con un to­bi­llo mal y de­lan­te de mí se ha­bía caí­do dos ve­ces por lo que le di­je que fue­ra al mé­di­co. No me hi­zo ca­so y un día al su­bir­se en la es­ca­le­ra per­dió el equi­li­brio y se ca­yó. Ja­más an­tes ha­bía­mos pen­sa­do que era pe­li­gro­so ese lu­gar don­de tan­tas ve­ces ha­bían ju­ga­do mis nie­tos. ¿Có­mo se asu­me un fi­nal tan ines­pe­ra­do? Jorge te­nia ocho años me­nos que yo. Era jo­ven. Yo ese día es­ta­ba en Mon­te­car­lo. Fui pa­ra ver a mis nie­tos y me que­dé pa­ra es­tar en la fi­nal de Ra­fa Na­dal. Me lla­mó mi cu­ña­do y me di­jo que Jorge aca­ba­ba de mo­rir. No me lo po­día creer. Fue un shock. Pa­ra su­pe­rar al­go así hay que te­ner un es­pí­ri­tu muy op­ti­mis­ta. Des­pués de un pri­mer mes ho­rri­ble, en­ten­dí que de­bía le­van­tar­me y sa­lir ha­cia ade­lan­te. Me que­do con los 20 años que he­mos vi­vi­do jun­tos y unos re­cuer­dos ma­ra­vi­llo­sos. ¿ Quién fue su apo­yo en esos mo­men­tos? Mi hi­jo, Fa­bri­zio, y mis nie­tos han si­do fun­da­men­ta­les, pe­ro tam­bién mis ami­gos. Co­noz­co a mu­cha gen­te, pe­ro a mi edad en­tien­des que ami­gos de ver­dad, con los que pue­des ha­blar y llo­rar, hay muy po­cos, no más que los de­dos de una mano. Yo ten­go la suer­te de te­ner unos cuan­tos y son muy im­por­tan­tes. Si­go vi­vien­do en la mis-

ma ca­sa y otro pi­lar im­por­tan­te ha si­do con­ti­nuar con mi tien­da de de­co­ra­ción en Ma­llor­ca. Es bueno te­ner una ocu­pa­ción y, aun­que me en­can­ta, tam­bién me he organizado con el per­so­nal pa­ra po­der via­jar y ver a mi fa­mi­lia siem­pre que quie­ra. Siem­pre ha si­do una de las mu­je­res más ele­gan­tes y con más gus­to que hay en el pa­no­ra­ma so­cial. Las ca­sas por don­de ha de­ja­do su ta­len­to dan mues­tra de lo que di­go. He via­ja­do y vis­to mu­cho, y eso ha­ce que en­ri­quez­cas tu crea­ti­vi­dad. Sé que ten­go el don de vi­sua­li­zar la de­co­ra­ción de las ca­sas na­da más ver­las y no es ne­ce­sa­rio gas­tar mu­cho di­ne­ro, so­lo sa­ber en­con­trar las pie­zas y có­mo en­ca­jar­las. Tie­ne una re­la­ción in­creí­ble con su hi­jo, Fa­bri­zio. ¿Qué fue de aque­llas dispu­tas que man­tu­vie­ron tras su se­pa­ra­ción de Vilallonga? Aque­llo es his­to­ria. To­das las ma­dres sa­ben lo com­pli­ca­da que es a ve­ces la ju­ven­tud, pe­ro se pa­sa y ya está. Ten­go una re­la­ción ma­ra­vi­llo­sa con mi hi­jo y tam­bién con mi nue­ra, por­que ten­go la suer­te de que es una mu­jer fan­tás­ti­ca, ade­más de con mis cua­tro nie­tos, a los que ado­ro. ¿Le gus­ta que los ni­ños la lla­men abuela? Sí. Creo que co­mo abuela soy muy pa­re­ci­da a co­mo soy co­mo ma­dre. Me gus­ta ser ami­ga de mis nie­tos. La ma­yor va a cum­plir 15 años y dis­fru­to vién­do­les cre­cer. Es muy es­pe­cial ser abuela. Ellos vi­ven en Mon­te­car­lo, pe­ro voy mu­cho pa­ra es­tar a su la­do. Fa­bri­zio he­re­dó la for­tu­na de su pa­dre, Michel Pas­tor, uno de los hom­bres más ri­cos de Mó­na­co, y eso ha­ce que pue­da vi­vir hol­ga­da­men­te. Se po­dría de­cir que la he­mos vis­to pi­sar pa­la­cios, pe­ro tam­bién pa­sar épo­cas bas­tan­te más apre­ta­das. ¿Sa­be adap­tar­se a lo que le ven­ga? Soy una to­do­te­rreno. A

Hay co­sas que de­bes lle­var­te a la tum­ba. Nun­ca es­cri­bi­ré mis me­mo­rias

mis 73 años, es­toy fe­liz con la vi­da que he te­ni­do y po­der ha­ber he­cho siem­pre lo que me ha da­do la ga­na. Siem­pre he ido ha­cia de­lan­te y he asu­mi­do mis pér­di­das y mis éxi­tos, pe­ro des­de mi li­ber­tad, que pa­ra mí es lo pri­mor­dial. Nun­ca me he sa­cri­fi­ca­do por se­guir al la­do de un hombre por­que fue­ra ri­co. He si­do re­bel­de y he subido y ba­ja­do en la no­ria de la vi­da. Al fi­nal en­tien­des que de to­do se sa­le. ¿Cuál se­ría la con­clu­sión de lo que lle­va de vi­da? Re­co­noz­co que soy una mu­jer con suer­te y que me gus­ta la vi­da que he lle­va­do. Es cier­to que in­flu­ye mu­cho el lu­gar don­de naz­cas, y eso a mí me ha per­mi­ti­do co­no­cer gen­te de to­do el mun­do. Ten­go mil his­to­rias pa­ra es­cri­bir un li­bro. Pe­ro no lo ha­ré. Pien­so que hay co­sas que te tie­nes que lle­var a la tum­ba pa­ra ser ho­nes­ta con las per­so­nas que han creí­do en ti. Por eso, yo nun­ca es­cri­bi­ré mis me­mo­rias. ¿Ha de­ja­do mu­chos enemi­gos en el ca­mino? No lo creo. Siem­pre me he por­ta­do bien con mis ami­gos. Más que enemi­gos, creo que sí he le­van­ta­do cier­tas en­vi­dias en al­gu­nas mu­je­res, pe­ro si soy sin­ce­ra, pien­so que ten­go más gen­te que me quie­re que lo con­tra­rio. ¿Siem­pre ha di­cho us­ted lo que que­ría? Sí. ¿Cuá­les son sus ilu­sio­nes? En­ve­je­cer de una ma­ne­ra nor­mal y dis­fru­tar mu­cho de mis nie­tos. Ver­les cre­cer, es­tar con mi hi­jo y com­par­tir tiem­po con mis ami­gos. ¿Pien­sa que el amor pue­da sor­pren­der­la? Eso sí que no. Eso se ha aca­ba­do. He te­ni­do tres ma­ri­dos y ya está bien. Aho­ra ade­más es­toy apren­dien­do a vi­vir so­la y me re­sul­ta muy di­ver­ti­do. Pue­do ha­cer lo que quie­ra. Ten­go unas li­ber­ta­des que nun­ca ha­bía vi­vi­do, por­que to­da la vi­da he es­ta­do ca­sa­da y ha­bía que con­ci­liar siem­pre con la pa­re­ja los pla­nes y has­ta el ho­ra­rio de po­ner la te­le­vi­sión. Aho­ra ha­go lo que me da la ga­na y es­toy muy bien así. No de­ja de ser una iro­nía del des­tino que des­pués de tres ma­ri­dos, lle­gue a es­ta eta­pa de la vi­da so­la. El des­tino siem­pre jue­ga con no­so­tros. Par­to de la ba­se de que, de jo­ven­ci­ta, era de las que de­cía que no me que­ría ca­sar, mien­tras mis ami­gas so­ña­ban con un ma­ri­do. Yo he te­ni­do tres es­po­sos y eso que an­he­la­ba otros pla­nes. Pa­ra que veas.

no más pa­re­jas “He te­ni­do tres ma­ri­dos y ya está bien. Es­toy apren­dien­do a vi­vir so­la y me re­sul­ta muy di­ver­ti­do”.

“Tu­ve 25 años ma­ra­vi­llo­sos jun­to a Vilallonga y lue­go 20 in­creí­bles con Jorge”, afir­ma Syliane, aba­jo con am­bos.

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