KI­KE SARASOLA

“En EE. UU. es una obli­ga­ción ser so­li­da­rio, aquí no”.

ABC - Hoy Corazón - - Sumario - POR ANA GAR­CÍA LOZANO FOTOS: M. VAQUERO

Que­da­mos en la sui­te del Room Ma­te Ós­car, uno de los ho­te­les per­te­ne­cien­tes a la ca­de­na de la que Ki­ke Sarasola es fun­da­dor y pre­si­den­te. Na­da más en­trar, se en­tien­de que Ki­ke y su em­pre­sa ha­yan si­do ga­lar­do­na­dos por sa­ber ges­tio­nar el ta­len­to de sus em­plea­dos.

Se no­ta en el am­bien­te…

Ten­go un equi­po fan­tás­ti­co. Yo con­tra­to son­ri­sas, gen­te que se ríe, que tie­ne la mis­ma fi­lo­so­fía que yo en cuan­to a aten­ción al clien­te y me sien­to or­gu­llo­so de los mil roo­mies (los que tra­ba­ja­mos en Room Ma­te). Es­toy en­can­ta­do de per­te­ne­cer a es­ta gran fa­mi­lia. Eso es lo que nos ha­ce di­fe­ren­tes. Pa­ra mí no hay ma­yor ha­la­go que es­cu­char que mi equi­po es ma­ra­vi­llo­so.

Aun­que no le gus­ta que le lla­men ho­te­le­ro…

Eso se­ría li­mi­tar­me y yo soy muy am­bi­cio­so. Es co­mo cuan­do de­cían: «Los ho­te­les del Sarasola son ho­te­les pa­ra gays», y yo con­tes­ta­ba: «No se con­fun­dan, el ma­ri­cón soy yo, mis ho­te­les no». Yo quie­ro to­do el pas­tel, no me gus­tan los ni­chos y co­mo to­da la vi­da he de­fen­di­do po­der es­tar en una so­cie­dad abier­ta, to­dos jun­tos, mis ne­go­cios son pa­ra to­do el mun­do. Lo que me mue­ve en la vi­da es ha­cer co­sas dis­tin­tas. Si fue­ra so­lo ho­te­le­ro creo que me abu­rri­ría.

Tam­bién han si­do re­co­no­ci­dos por su com­pro­mi­so so­cial, por ser una de las em­pre­sas con más ini­cia­ti­vas so­li­da­rias.

Mis pa­dres siem­pre me en­se­ña­ron aque­llo de: «Es de bien na­ci­dos ser agra­de­ci­dos». La vi­da me ha da­do mu­cho, lo mí­ni­mo que pue­do ha­cer es de­vol­ver un po­qui­to. Ten­go dos ti­pos de clien­tes, el ex­terno y el in­terno, y pa­ra mí es más im­por­tan­te el clien­te in­terno, por­que es el que ex­pre­sa, cuan­do yo no es­toy, mi fi­lo­so­fía de vi­da de aten­ción al clien­te. Te­ner­le con­ten­to es mi me­jor in­ver­sión. So­mos ab­so­lu­ta­men­te trans­ver­sa­les, en mi des­pa­cho en­tra quien quie­re, las puer­tas es­tán abier­tas… Ellos son los que me ha­cen gran­de y fuer­te. Te­ne­mos aho­ra 30 ho­te­les, sé que voy a lle­gar a cien, pe­ro eso no me im­por­ta, lo que me preo­cu­pa es per­der la fi­lo­so­fía de em­pre­sa, esa fi­lo­so­fía de son­ri­sa.

Y, ¿cuán­to de su pa­sa­do co­mo de­por­tis­ta de éli­te ha mar­ca­do esa fi­lo­so­fía de vi­da?

Mu­chí­si­mo, en el sen­ti­do de que aquí no pe­na­li­za­mos el fra­ca­so. En la so­cie­dad es­pa­ño­la el fra­ca­so es un es­tig­ma, pa­ra no­so­tros no. De he­cho, yo he fra­ca­sa­do mil ve­ces…

No, ha te­ni­do erro­res y de los erro­res se apren­de…

Exac­to. Pa­ra mí un fra­ca­so es cuan­do ti­ras la toa­lla. Me gus­ta esa acla­ra­ción… Cuan­do es­toy en EE.UU. y re­ci­bo cu­rrícu­los y leo: «mon­té es­to y no sa­lió bien…» o «pu­se en mar­cha una com­pa­ñía y no fun­cio­nó», me en­can­ta por­que me de­mues­tra que la per­so­na ha apren­di­do y que no se de­ja ven­cer. Cuan­do me en­tre­gan un cu­rrícu­lo cien por cien per­fec­to, sin error al­guno, me mos­quea. A no­so­tros nos gus­ta en­sa­yar y pro­bar, equi­vo­car­nos y vol­ver a in­ten­tar­lo.

¿Su em­pe­ño en ayu­dar a los más des­fa­vo­re­ci­dos ha ido sur­gien­do po­co a po­co o des­de el prin­ci­pio for­ma par­te de la em­pre­sa?

Siem­pre he­mos bus­ca­do cau­sas so­li­da­rias pa­ra ayu­dar. A mí me da ver­güen­za con­tar en qué co­la­bo­ra­mos, por­que no lo ha­ce­mos pa­ra que se ha­gan pú­bli­cas nues­tras ac­cio­nes.

Te­ne­mos mu­cho pu­dor con res­pec­to a es­tos te­mas, pe­ro es bueno ha­blar­lo pa­ra que cun­da el ejem­plo…

De acuer­do, pe­ro que no sea yo el que lo di­ga. En cual­quier ca­so, me sien­to muy or­gu­llo­so de có­mo lo vi­vi­mos en Room Ma­te. En EE.UU. es una obli­ga­ción ser so­li­da­rio, aquí to­da­vía no.

Ten­dré que con­tar­lo yo, en­ton­ces… Pa­ra em­pe­zar, en las ha­bi­ta­cio­nes de to­dos sus ho­te­les se en­cuen­tra la De­cla­ra­ción Uni­ver­sal de los De­re­chos Hu­ma­nos…

Me mo­les­ta­ba, cuan­do lle­ga­ba a EE.UU. que me pu­sie­ran en el ho­tel un li­bro mor­món, o el Co­rán… ¿Por qué so­lo uno?, que me pon­gan to­dos o nin­guno. Por eso pen­sa­mos que me­jor que po­ner la Bi­blia o el

Co­rán, que re­pre­sen­tan so­lo a una re­li­gión, por qué no ele­gir al­go uni­ver­sal. Dé­ja­me de­cir­te que la gen­te lo agra­de­ce.

Há­ble­nos de esas lla­ves lla­ma­das Room to help, que no so­lo abren fí­si­ca­men­te puer­tas, sino ven­ta­nas a la es­pe­ran­za de en­con­trar, por fin, una va­cu­na con­tra el si­da…

¡Es que es­tá tan cer­ca esa va­cu­na! To­dos los que tra­ba­ja­mos en la em­pre­sa te­ne­mos una cha­pa en la que apa­re­ce la fra­se: My na­me

is in the vac­ci­ne (Mi nom­bre es­tá en la va­cu­na). Brin­da­mos a nues­tros clien­tes la po­si­bi­li­dad de que apor­ten un re­don­deo a su cuen­ta. Se han con­se­gui­do, de es­ta ma­ne­ra, 123.000 eu­ros en dos años, eu­ro a eu­ro, por­que al ha­cer el chec­king, tam­bién ofre­ce­mos la op­ción de que la lla­ve de la ha­bi­ta­ción cues­te dos eu­ros más, de es­te mo­do pue­den co­la­bo­rar en dos mo­men­tos, al lle­gar y al ir­se. Co­la­bo­ra­mos con la Fun­da­ción Lu­cha con­tra el si­da que li­de­ra el Dr. Clo­tet. Los diez re­cep­cio­nis­tas que más re­cau­dan en to­do el mun­do son in­vi­ta­dos a la ga­la del si­da, en la que el año pa­sa­do nos die­ron el pre­mio a la Em­pre­sa más so­li­da­ria. Te­ne­mos más ini­cia­ti­vas, pe­ro es­ta es en la que más nos vol­ca­mos.

Hay otra cau­sa con la que se sien­te muy com­pro­me­ti­do, la Fun­da­ción Mi­ni­col que, pre­ci­sa­men­te, na­ció una Na­vi­dad, con el ob­je­ti­vo de re­co­ger regalos pa­ra en­viar a los ni­ños más des­fa­vo­re­ci­dos en Co­lom­bia…

Es una fun­da­ción que apoyamos des­de que na­ció, que tie­ne co­mo fin: ayu­dar a ni­ños con pro­ble­mas lo­co­mo­tri­ces. Se mon­tó en una par­te muy de­pri­mi­da de Co­lom­bia, don­de a es­tos ni­ños se les de­ja­ba mu­chas ve­ces des­aten­di­dos en ca­sa, aban­do­na­dos, in­clu­so ata­dos… Crea­mos una ins­ti­tu­ción, don­de los chi­cos pu­die­ran es­tar du­ran­te el día, o de lu­nes a vier­nes, mien­tras los pa­dres tra­ba­ja­ban. Em­pe­zó con 25 ni­ños y te­ne­mos 180, ya. Siem­pre que po­de­mos, cual­quier even­to que ha­ce­mos, mi bo­da, los cum­plea­ños… re­cau­da­mos un di­ne­ro y lo man­da­mos. Nos gus­ta apo­yar pro­yec­tos en los que ve­mos los ojos y las ca­ras de las per­so­nas que los lle­van.

Sé que tam­bién va a pa­rar a es­ta fun­da­ción to­do lo que ge­ne­ra su la­bor co­mo con­fe­ren­cian­te, don­de com­par­te su ex­pe­rien­cia co­mo em­pre­sa­rio. Por cier­to, ¿cuán­tas con­fe­ren­cias pue­den caer al año?

Mu­chas, pe­ro no me cues­ta por­que to­do va a pa­rar a mi ONG.

¿Le da la vi­da pa­ra tan­tas co­sas?, por­que tam­bién es pa­dre de dos ‘pe­ques’.

La ver­dad es que úl­ti­ma­men­te no duer­mo, pe­ro es­toy vi­vien­do una épo­ca tan bo­ni­ta en mi vi­da… El otro día, en la fies­ta de Na­vi­dad, ver a los roo­mies tan con­ten­tos, tan mo­ti­va­dos, es un or­gu­llo pa­ra quie­nes co­men­za­mos es­to de ce­ro: Car­los, Gor­ka y yo. Es ren­ta­ble in­ver­tir en la fe­li­ci­dad de tu gen­te.

El año pa­sa­do los Re­yes Ma­gos le tra­je­ron un pro­gra­ma de te­le- vi­sión: Es­te ho­tel es un in­fierno. ¿Có­mo re­sul­tó la ex­pe­rien­cia?

Fue la ex­pe­rien­cia más du­ra y a la vez, más bo­ni­ta, de mi vi­da. Du­ra, por­que la di­ná­mi­ca del pro­gra­ma es la de de­cir­le a al­guien las co­sas que es­tá ha­cien­do mal en su ne­go­cio. Tie­nes que po­ner­te en el pa­pel de ma­lo y a mí me cos­tó co­ger mi pun­to. Lo bueno es lo que les ayu­das. Al fi­nal me sen­tí tan bien, que me en­can­ta­ría que hu­bie­ra una se­gun­da tem­po­ra­da.

Y en es­te 2018 re­cién es­tre­na­do, ¿có­mo se han por­ta­do los Re­yes?, ¿le han traí­do to­do lo que ha­bía pe­di­do?

Mu­cho más que eso. El año 2017 ha si­do es­pec­ta­cu­lar en lo per­so­nal y tam­bién en lo em­pre­sa­rial. Me en­can­ta ver có­mo mi gen­te va cre­cien­do. Te­ne­mos que se­guir uni­dos. Lo es­ta­mos ha­cien­do bien, pe­ro no po­de­mos dor­mir­nos en los lau­re­les, por­que aho­ra es­ta­mos vi­vien­do una épo­ca de va­cas gor­das. Por eso me gus­ta de­cir que es­ta­mos en una eta­pa ‘re’, que pa­ra mí sig­ni­fi­ca que es un mo­men­to pa­ra reinventarse, re­de­co­rar, re­plan­tear­se, re­no­var­se… por­que si no lo ha­ce­mos aho­ra, cuan­do ven­gan las va­cas fla­cas, no po­dre­mos. ‘Re’ pue­de per­te­ne­cer tam­bién a reír, ¿no? ¡Sí! y de ‘rem’, de so­ñar…

Es ren­ta­ble in­ver­tir en la fe­li­ci­dad de tu gen­te

“Pa­ra mí, no hay ma­yor ha­la­go que es­cu­char que mi equi­po es ma­ra­vi­llo­so”.

“Nos gus­ta apo­yar pro­yec­tos en los que ve­mos los ojos y las ca­ras de las per­so­nas que los lle­van”, ha afir­ma­do. En la ima­gen, jun­to a Ana Gar­cía Lozano.

“Co­la­bo­ra­mos con la Fun­da­ción Lu­cha con­tra el si­da que li­de­ra el Dr. Clo­tet”, cuen­ta Ki­ke, aba­jo re­ci­bien­do el pre­mio a la Em­pre­sa más so­li­da­ria.

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