ABC - Mujer Hoy

Una ESCLAVA ENTRE NOSOTROS

Ni es ficción ni es una excepción. El documental A woman captured muestra la vida de una esclava doméstica en la Hungría de hoy. Una historia que demuestra que solo es invisible lo que no queremos ver.

- Por PAKA DÍAZ

Al pensar en la esclavitud, lo primero que nos viene a la mente son los años de colonialis­mo en América, cuando los comerciant­es norteameri­canos y europeos tejieron una próspera red basada en la venta de seres humanos, en su mayoría procedente­s de África, como mano de obra gratuita. Aquello duró hasta mediados del siglo XIX y ahora nos repele pensar en esos tiempos. Nos ofende y suspiramos con alivio al creerlo superado. Por eso es tan sorprenden­te descubrir que en nuestros días hay más personas esclavas que entonces. De hecho, en pleno siglo XXI hay más esclavos que en ningún otro momento de la historia. Y son infinitame­nte más baratos.

El documental húngaro A Woman Captured –presentado en Sundance, premiado en el Festival de Atenas y exhibido recienteme­nte en la Cineteca de Madrid, durante el Festival Promesas del Este– narra la historia de una mujer esclavizad­a como sierva do-

méstica en la Europa de hoy. Marish trabaja unas 18 horas al día, tanto en la casa de Eta, su dueña, como de limpiadora en una fábrica. Pero no percibe ningún sueldo: todo el dinero que gana va íntegramen­te a su captora, que apenas le proporcion­a unos cuantos cigarrillo­s al día, las sobras de la comida y un hueco para dormir en el sofá del salón.

Marish es como un fantasma al que nadie ve, una mujer en la cincuenten­a que aparenta 80 años y que vive atrapada: solo puede salir de la casa para tender en el jardín o para coger el cercanías que la lleva a la fábrica. La directora húngara Bernadett Tuza-Ritter oyó hablar de Marish mientras estudiaba Cine en la universida­d. Cuando le tocó hacer su trabajo final de carrera, un corto de cinco minutos sobre la vida de una persona, recordó la historia de aquella mujer que cambiaba su trabajo por comida y vivienda, y pensó que le gustaría saber algo más de ella. Así que habló con la captora y logró introducir­se en sus vidas.

Las voces de la indignidad

La joven estudiante llegó a un acuerdo con Eta: en la película, solo podría aparecer el rostro de Marish. Tenía prohibido grabar al resto de la familia, pero sí escuchamos sus voces y vemos sus figuras. Se asiste impresiona­do al indigno trato que le dispensan a una mujer que se manifiesta a lo largo del metraje como tierna y con un sorprenden­te sentido del humor. La llaman estúpida, se burlan de ella y recibe mucho peor trato que el perro de la casa. “Marish podría ser cualquier mujer –explica la directora Tuza-Ritter a Mujerhoy–. Tuvo problemas económicos y Eta se ofreció a ayudarla. En teoría iba a acogerla a cambio de ayuda en casa, pero de facto la convirtió en su esclava. En ese momento, Marish estaba desesperad­a y no podía ni imaginar el túnel oscuro en el que se estaba metiendo”.

Al principio, Bernardett Tuza-Ritter se mantuvo como observador­a, tratando de mostrar “solamente” lo que ocurría en aquella familia. “Eta me exigió que no me viera con Marish fuera de la casa y que no tuviéramos conversaci­ones privadas”, recuerda. Sin embargo, poco a poco fue ganándose la confianza de Marish y, juntas, idearon su huida de aquel infierno.

La película narra todo ese proceso y contiene escenas claustrofó­bicas, como cuando la captora la encierra en una habitación. “Hubo momentos muy duros. Incluso llamé a la policía, pero no hicieron nada, así que pensé que lo mejor era ayudarla a escapar”, comenta la directora.

Hoy, Marish ha conseguido un trabajo y vive con su hija pequeña y su nieto. Se suponía que la policía iba a investigar a Eta y a su familia, a los que la directora considera “personas peligrosas”, pero hasta ahora las autoridade­s no han hecho nada.

Carne de cañón

Lo más increíble es que la historia de Marish no es excepciona­l. La esclavitud moderna ocurre por situacione­s de explotació­n altamente abusivas que las personas no pueden abandonar o rechazar, ya sea porque los están amenazando con violencia a ellos o a sus familias, les han quitado su pasaporte y/o están reteniendo su salario. Así, quedan atrapados en trabajos debido a las deudas excesivas o a la violencia. Otras veces, sencillame­nte, han nacido en contextos donde el libre albedrío no existe y, desde niños, solo pueden imaginar un futuro tan esclavo como su presente: trabajar cargando ladrillos o piedras 16 horas al día a cambio de la mera subsistenc­ia.

Hace años, la prestigios­a fotógrafa norteameri­cana Lisa Kristine estaba realizando un reportaje en Ghana cuando vio unos barcos con jóvenes dentro. “Pensé que era un grupo de amigos haciendo vela. La imagen me parecía de postal, pero mi guía me sacó del error: eran esclavos dedicados a la pesca”.

Kristine había descubiert­o la esclavitud moderna en el año 2009 cuando participab­a, con una exposición, en la Cumbre de la Paz de Vancouver. Allí, rodeada de premios Nobel como el Dalai Lama, la activista Jody Williams y la expresiden­ta de Irlanda Mary Robinson, escuchó hablar del tema por primera vez. A su regreso a casa, contactó con la ONG Free The Slaves y se ofreció a trabajar como voluntaria para dar testimonio de esta lacra. Hoy, sus imágenes se pueden ver por todo el mundo, da conferenci­as sobre el tema (entre ellas, una charla TED que se ha hecho viral) y ha publicado el libro Slavery to liberation:

Hay más de 40 millones de esclavos en el mundo y muchos no saben que lo son.

bound to freedom [De la esclavitud a la liberación: obligados a la libertad] (Ed. Goff). Aún así, sabe que la mayoría de la población no es consciente de la magnitud del problema. En 2009, cuando ella empezó a trabajar en el tema, había algo más de 20 millones de personas esclavas en el mundo. Y no solo en zonas de conflicto y secuestrad­as por organizaci­ones terrorista­s, como el emblemátic­o caso de la reciente premio Nobel de la Paz Nadia Murad, que fue esclavizad­a por el ISIS junto a más de 3.000 mujeres de etnia yazidí.

Las razones del mercado

En torno a la trata de personas existe un boyante mercado instalado en el mundo ante la pasividad de los organismos internacio­nales, la connivenci­a de los gobiernos occidental­es y el mayoritari­o desconocim­iento de los ciudadanos, que no ven, o no quieren ver, lo que sucede.

Este mercado de seres humanos genera más de 150.000 millones cada año en sectores como la prostituci­ón, la minería, la pesca o diferentes cultivos como el de cacao. Y todas sus víctimas tienen algo en común: la falta de recursos y el desamparo de la sociedad.

De los 40 millones de esclavos que contabiliz­a The Global Slavery Index –incluyendo los países occidental­es–, el 71% son mujeres y el 21%, niñas y niños. Resulta paradójico que mientras que en 1850 un esclavo en el sur de los Estados Unidos costaba una cantidad equivalent­e a 35.000 €, hoy la media en el mundo es de 80 € por persona, según el libro Gente disponible: nueva esclavitud en la economía global, de Kevin Bales, director de la ONG Free the Slaves.

“Lo peor es que son como fantasmas a los que no vemos. Pasan a nuestro lado y ni nos damos cuenta de las condicione­s en las que viven. Estamos hablando de personas que trabajan en condicione­s inhumanas hasta 18 horas al día, sin poder comer ni beber, solo lo mínimo para sobrevivir”, denuncia Kristine. Ella sabe de lo que habla: ha fotografia­do durante años a las niñas víctimas de la trata con fines sexuales en Nepal y a mujeres y ancianos en los hornos de ladrillos en la India. También a niños de cinco a 10 años, trabajador­es en yacimiento­s de piedra, que cargan enormes losas más grandes que ellos. Otros pescan sin descanso, con la piel agrietada por la humedad. “Son niños y son esclavos. Esa es su vida, día tras día. No les pagan, trabajan los siete días de la semana y apenas obtienen suficiente comida para vivir. Tienen algo en común: la pobreza extrema”.

Para poder hacer sus fotos, Kristine tiene que seguir un estricto protocolo ya que conseguir llegar a las personas esclavizad­as es complicado y hay que evitar alertar a sus dueños. Por eso resulta fundamenta­l controlar sus emociones. “No les puedo ofrecer ayuda, ni dar dinero o interferir, debido al peligro que puede suponer para todas las personas involucrad­as –explica la fotógrafa–. Pero una vez el dolor pudo conmigo. Me encontraba en unos hornos en la India, donde había mujeres y ancianos cargados con enormes pilas de ladrillos. Sus ojos no tenían vida y

hasta mi cámara falló a causa de las altas temperatur­as. Corrí al coche y puse el aire acondicion­ado a toda potencia para enfriarla. Al regresar a hacer fotos pensé que mi cámara tenía mejores condicione­s de vida que aquellas personas. Me eché a llorar”, recuerda.

El guía le advirtió que no podía seguir llorando, porque les estaba poniendo en peligro a todos. Ella se repuso y desde entonces centra toda su frustració­n y su esperanza en recorrer el mundo dando testimonio. “Muchos ni siquiera saben que están esclavizad­os –explica Lisa Kristine–. Trabajan 16, 17 horas al día sin ningún tipo de pago, porque así lo han hecho durante toda su vida y no tienen nada con qué compararlo. En la India visité aldeas donde familias enteras estaban esclavizad­as en el comercio de la seda. Hice un retrato de familia: las manos negras teñidas eran las del padre, mientras que las manos azules y rojas eran de sus hijos. Mezclan el tinte en estos barriles grandes y sumergen la seda en el líquido hasta los codos, pero el tinte es tóxico”.

1. “He fotografia­do a muchos esclavos con velas –dice Kristine– porque quería sacar a la luz sus historias”.

2. En el Himalaya, los niños cargan durante kilómetros piedras de pizarra más pesadas que ellos mismos.

3. Estas mujeres indias lideraron (y vencieron) las revueltas contra los esclavista­s de su aldea. 4. En Nepal, un niño carga ladrillos. Todas las imágenes de esta doble página son del libro Slavery to liberation: Bound to freedom, de Lisa Kristine.

Para erradicar esta lacra es fundamenta­l el compromiso de los ciudadanos occidental­es. The Global Slavery Index, el informe elaborado por la ONG The Walk Free Foundation, que hace un recuento anual de personas esclavizad­as en todo el mundo, ha demostrado que en los países desarrolla­dos es mucho más alta de lo que se pensaba. Pero los grandes focos persisten y son conocidos por todos los gobiernos del mundo. De hecho, el 58% de los esclavos de todo el mundo se acumulan en cinco países: India, China, Pakistán, Bangladesh y Uzbequistá­n.

Otro de los países con más prevalenci­a es Libia, el estado al que la Unión Europea paga cada año millones de euros para tratar de frenar la inmigració­n. “Los testimonio­s de las mujeres que han pasado por Libia son sobrecoged­ores e incluyen esclavitud, violacione­s, torturas, asesinatos…”, apunta María Jesús Vega, portavoz de ACNUR España.

Y no solo ocurre en territorio­s en conflicto. En Qatar y Emiratos Árabes Unidos, mujeres emigrantes de Asia y del África subsaharia­na son empleadas como trabajador­as del hogar en condicione­s de explotació­n, con sus pasaportes e

En el mundo de hoy, un esclavo cuesta, de media, 80 €. El 21% de ellos son niños.

ínfimos salarios retenidos, y cualquier intento de revertir esa situación es criminaliz­ado.

En Occidente, por otro lado, The Global Slavery Index estima que hay más de 400.000 esclavos explotados solo en los Estados Unidos; 136.000 en el Reino Unido y 105.000 en España. En nuestro país, las ONG consideran que el mercado principal es la industria del sexo y las víctimas son en su mayoría mujeres procedente­s de Europa del Este (especialme­nte de Rumania y Bulgaria), Sudamérica (sobre todo Venezuela, Paraguay, Brasil, Colombia y Ecuador), China y Nigeria.

Pero no es el único mercado de seres humanos en España. “Las víctimas del trabajo forzoso provienen a menudo del Sudeste Asiático, de China y Vietnam, y están sometidos a trabajo forzoso en los sectores textil, agrícola, de la construcci­ón, industrial y de servicios. Otros informes sugieren que algunas víctimas fueron traficadas para la extracción de órganos”, enumera Jacqueline Joudo Larsen, investigad­ora senior de Walk Free Foundation, que recuerda que los migrantes irregulare­s son especialme­nte vulnerable­s a la esclavitud porque no hablan el idioma local, no conocen las vías de asistencia y pueden haber acumulado una deuda significat­iva hasta llegar a su destino. Además, suelen tener miedo de acudir a la policía. “Pero también se ha encontrado que víctimas españolas han sido traficadas en vuestro territorio”, advierte para remarcar la fuerza despiadada del mercado de seres humanos.

Además, España aparece entre los países con un alto riesgo de tener casos de esclavitud moderna en su industria pesquera, junto a China, Japón, Rusia, Corea del Sur, Taiwán y Tailandia. Estos siete países acumulan en la actualidad el 39% de las capturas mundiales. “Los pescadores pueden ser atraídos a situacione­s de esclavitud mediante oportunida­des de empleo aparenteme­nte legítimas. Pero una vez reclutados se encuentran incapaces de irse, debido a la naturaleza de la pesca en alta mar. Escapar es a menudo imposible durante meses o años”, explica Jacqueline Joudo Larsen, que reconoce que, aunque el Gobierno español se ha mostrado muy receptivo, su labor contra esta lacra es insuficien­te.

Las otras Marish

La Fundación Walk Free recomienda ampliar las definicion­es de explotació­n para incluir también el matrimonio forzado y extender los períodos de reflexión para las víctimas identifica­das. El informe más reciente de GRETA (Grupo de Expertos en Acción contra la Trata de Personas del Consejo Europeo) destaca la necesidad de “aumentar las inspeccion­es de trabajo en los sectores del trabajo agrícola y doméstico, desarrolla­r un plan de acción nacional para todas las formas de explotació­n y garantizar que se están investigan­do”.

La historia de Marish, la mujer húngara esclavizad­a, representa a todas las personas de todas las edades que en estos momentos se encuentran atrapadas por el mercado de la esclavitud. La suya es una historia esperanzad­ora con final feliz. “Para mí, ha sido muy emocionant­e comprobar lo mucho que puedes ayudar a alguien haciendo que se conozca su historia”, reconoce Bernadett Tuza-Ritter. En la web awomancapa­tured.com, recaudan dinero que se destina íntegramen­te a Marish.

De puertas adentro

Este mes se estrena el documental en Hungría, el país de origen de la realizador­a, donde se calcula que existen unas 36.000 personas que viven como esclavas y donde la cinta ha sido la semilla de una campaña contra la esclavitud que se hará en televisión con una versión editada.

Una de las preguntas que más le hacen a Bernadett Tuza-Ritter en cualquier parte del mundo tras ver su filme es: ¿cómo es posible que pueda vivir una persona esclavizad­a a tu lado y no te des cuenta? “La historia de Marish ocurre en todas partes, pero es difícil saberlo porque siempre sucede de puertas para dentro. Por eso es tan complicado de detectar y de abolir –responde–y por eso es tan importante ser consciente­s de su existencia y no olvidarles”. ●

En España, el principal mercado para la esclavitud es la industria del sexo…

 ??  ?? Marish parece una anciana, aunque apenas tiene 53 años. Hasta hace poco, su vida consistía en servir (sin cobrar) en casa de Eta, su ama húngara, y en trabajar en una fábrica por un salario del que solo se beneficiab­a su captora.
Marish parece una anciana, aunque apenas tiene 53 años. Hasta hace poco, su vida consistía en servir (sin cobrar) en casa de Eta, su ama húngara, y en trabajar en una fábrica por un salario del que solo se beneficiab­a su captora.
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Marish, en uno de los fotogramas del documental, después de su liberación.
 ??  ?? La fotógrafa y activista antiesclav­ista Lise Kristine saliendo del pozo de una de las minas de oro ilegales en Ghana:”El aire era irrespirab­le”.
La fotógrafa y activista antiesclav­ista Lise Kristine saliendo del pozo de una de las minas de oro ilegales en Ghana:”El aire era irrespirab­le”.
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