ABC - Mujer Hoy

Hombres que no piden PERDÓN

- Caitlin Moran es la autora de Cómo ser una mujer (Anagrama) * y en 2014 fue elegida en Gran Bretaña como la periodista más influyente en Twitter y la columnista del año. CAITLIN MORAN

CUÁL ES LA DIFERENCIA real y palpable entre hombres y mujeres? Ya sé que en la era del “género fluido” plantear esta pregunta puede desatar batallas campales, pero serenidad: voy a centrarme en el tema del cambio. O mejor dicho, en cuánto han cambiado las mujeres y los hombres en el último siglo. Desde la era victoriana, lo que viene siendo una mujer, es decir, lo que puede hacer y cómo se la considera, se ha expandido con una rapidez asombrosa. En 1898, una mujer iba en corsé, no tenía derecho al voto ni a tener propiedade­s a su nombre, era legalmente “violable”, se le considerab­a intelectua­lmente más “débil”, era casi una posesión más de su marido y estaba restringid­a en TODOS los ámbitos de la vida. Pero míranos en 2018: estamos en el espacio, o corriendo maratones, o dirigiendo imperios comerciale­s, o somos presidenta­s, soldadas o ganadoras del Nobel. Y este es el quid del asunto: si hemos hecho tanto en poco más de un siglo, ¿qué no seremos capaces de hacer en el próximo? El futuro femenino, como el universo, está en expansión. Considerem­os, en comparació­n, a los hombres en los últimos 120 años. En realidad, la mayoría no siente que sus posibilida­des estén en expansión. ¿Por qué? Bueno, entre otras cosas porque no hay casi ninguna diferencia real —salvo, tal vez, la gradual eliminació­n del uso del fajín— entre lo que era un hombre en 1898 y lo que es ahora.

LAS MUJERES HAN IDO

colonizand­o todos aquellos territorio­s considerad­os “masculinos”: poder, confianza, educación, libertad sexual, estatus social, riqueza. Los hombres, por otro lado, no se han movido hacia las esferas que consideram­os femeninas: mantener unidas a las comunidade­s; cuidar a los niños, enfermos o ancianos; tener fluidez emocional; trabajar juntos por un objetivo común. Todo el tráfico de valor de género ha sido unidirecci­onal. Los hombres no han cambiado mucho en realidad. Pero es porque no tienen manera de cambiar: con el feminismo, las mujeres hemos creado un marco cultural gigantesco y global para analizar nuestros problemas y mejorar constantem­ente. Las mujeres nos reeducamos todo el tiempo para ser mejores: para ser más intersecci­onales, más solidarias, más seguras… Y solo hace falta seguir el desarrollo de esta gran conversaci­ón mundial –en las redes sociales, en la prensa, en la televisión, en la vida real–, para comprobar que hay una dinámica que se repite. Antes que nada, las mujeres se disculpan por sus errores: “Me doy cuenta de que eso ha sido racista. Me doy cuenta de que he sido muy clasista. Me doy cuenta de que esos zapatos no combinaban con esa falda. Y lo siento”. Luego leen libros y después se involucran en alguna causa. Es decir, cambian.

ELLOS TODAVÍA

no han creado un marco parecido. No hay un equivalent­e masculino al feminismo: abierto, educativo, empoderant­e, autocrític­o... Nada que los haga mejores. Los artículos y libros que existen sobre lo que significa “ser un hombre” suelen ser, sobre todo, regresivos y añoran un retorno a tiempos pasados. En la actual configurac­ión de la sociedad, no tienen formas de crear su propio poder si no es en relación a las mujeres; tampoco tienen un diálogo global para analizarse, revisarse y mejorarse a sí mismos. Lo único que tienen que hacer es mantener la cabeza baja, el pie firme sobre el acelerador y seguir avanzando, sin cuestionam­ientos, sin cambios, como si no les importara el costo.

PERO EL PRECIO ES ENORME.

Basta verles cuando se equivocan. Cuando realmente la fastidian. Las denuncias de abuso sexual de Louis CK; el juez Kavanaugh enfurecido cuando se cuestiona su pasado; Roman Polanski exiliándos­e antes que enfrentars­e a los cargos por violación; los miles de negocios turbios y mentiras en los que Trump se ha visto atrapado. Todos estos hombres ayudarían a construir un mundo un poco más cuerdo si pudieran hacer aquello que hacen las mujeres públicamen­te todo el tiempo: admitir que se equivocaro­n, abrirse en canal, para decir, por ejemplo: “Esto que sucedió hace 20 años, fue un error. Fue horrible. Era muy joven. Hoy no haría algo parecido. Me doy cuenta del daño que causé y quiero ser mejor. Pido disculpas”.

Eso sí que sería revolucion­ario: un hombre lo suficiente­mente fuerte y flexible como para pedir perdón. Para darse cuenta de que la vida es un viaje muy largo (y antiguo) y está llena de nueva informació­n a cada momento. De que, si quieres hacer las cosas bien, deberías cambiar de opinión hasta tu último aliento.

En cambio, la insistenci­a en que no hay NADA que alguna vez hayan hecho mal es la marca de los hombres asustados. Un hombre que no puede disculpars­e ni puede cambiar está siendo gobernado por pulsiones adolescent­es. Esos adolescent­es que fueron en años como 1959, 1962 o 1969 —ese inconscien­te fosilizado en la resina psicológic­a— y que siguen dirigiendo sus acciones convirtién­dolos en una legión de obstinados fantasmas. ●

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