El NI­ÑO que lee

ABC - Mujer Hoy - - Entre Nosotras - EDURNE URIAR­TE

RE­CI­BÍ A TRA­VÉS de las re­des so­cia­les el ar­tícu­lo de un pro­fe­sor uru­gua­yo, Leo­nar­do Ha­ber­korn, que pro­cla­ma­ba su re­nun­cia a la en­se­ñan­za, por har­taz­go an­te el cre­cien­te uso de los mó­vi­les en las cla­ses y la in­cul­tu­ra de los alum­nos. Lue­go he­mos sa­bi­do que el ar­tícu­lo es de ha­ce tres años y que el pro­fe­sor si­gue en sus cla­ses. Pe­ro lo cier­to es que su de­nun­cia se ha he­cho vi­ral y a la ma­yo­ría le ha en­can­ta­do. Por­que la ma­yo­ría es­tá de acuer­do con esa de­nun­cia, has­ta tal pun­to que al­gu­nos, los dipu­tados del Par­la­men­to fran­cés, in­clu­so han prohi­bi­do los mó­vi­les en la es­cue­la pú­bli­ca.

Y, sin em­bar­go, yo so­lo veo mie­do al cam­bio, re­cha­zo a las nue­vas tec­no­lo­gías y nos­tal­gia del pa­sa­do. Ese ima­gi­na­do e inexis­ten­te pa­sa­do en el que los alum­nos leían de­ce­nas de li­bros y es­ta­ban muy in­for­ma­dos, co­mo si se nos hu­bie­ra ol­vi­da­do có­mo eran las au­las en las que es­tu­diá­ba­mos ha­ce unas dé­ca­das. Un pa­sa­do que se año­ra, un pa­sa­do que se es­gri­me pa­ra re­cha­zar el pre­sen­te y el fu­tu­ro. Co­mo si los cul­pa­bles del desinterés de los alum­nos fue­ran sus mó­vi­les y las re­des so­cia­les. Co­mo si ha­ce 30 años es­cu­cha­ran al pro­fe­sor y le­ye­ran más que aho­ra.

A MÍ ME GUS­TA, sin em­bar­go, que mis alum­nos es­tén co­nec­ta­dos a sus mó­vi­les, ta­blets y or­de­na­do­res, co­mo lo es­toy yo per­ma­nen­te­men­te. Y les ani­mo a que los uti­li­cen pa­ra la bús­que­da de da­tos, cuan­do ha­ce­mos ejer­ci­cios prác­ti­cos so­bre te­mas po­lí­ti­cos di­ver­sos. Por­que in­ter­net es un ins­tru­men­to esen­cial pa­ra el aná­li­sis en el mun­do ac­tual, y una par­te del ob­je­ti­vo de la en­se­ñan­za de­be ser apren­der a co­no­cer­lo y usar­lo, tam­bién en sus li­mi­ta­cio­nes. Y cuan­do no me pres­tan aten­ción, me preo­cu­pa, pe­ro me da igual la cau­sa, sea una con­ver­sa­ción con el com­pa­ñe­ro, el desinterés o la con­sul­ta de las re­des so­cia­les en sus mó­vi­les.

Es pa­ra­dó­ji­co que el pro­fe­sor uru­gua­yo se ha­ya he­cho mun­dial­men­te co­no­ci­do a tra­vés de esas re­des so­cia­les cu­yo uso re­cha­za­ba pa­ra sus cla­ses. Y cho­can­te que sea pro­fe­sor de Pe­rio­dis­mo, don­de los es­tu­dian­tes de­ben do­mi­nar la co­mu­ni­ca­ción a tra­vés de in­ter­net en to­das sus es­fe­ras. Es ese pe­rio­dis­mo ac­tual el que per­mi­te una mul­ti­pli­ca­ción im­pre­sio­nan­te de la di­fu­sión de los men­sa­jes. Ha­ce unas dé­ca­das, en ese pa­sa­do que año­ra el pro­fe­sor uru­gua­yo, muy po­cos ha­brían co­no­ci­do sus ideas, y he aquí que aho­ra las de­ba­ten es­tu­dian­tes y pro­fe­so­res de to­do el mun­do tras co­no­cer­las a tra­vés de las re­des so­cia­les.

Mien­tras es­cri­bo es­to, me en­te­ro de la pre­cio­sa his­to­ria de un ni­ño de 12 años, Hao Yu, que pa­sa to­das las ho­ras li­bres que le de­ja la es­cue­la le­yen­do en la bu­ta­ca de una li­bre­ría de Bar­ce­lo­na. Los li­bre­ros, los dis­tri­bui­do­res, yo mis­ma, que­da­mos fas­ci­na­dos con su ma­ra­vi­llo­sa pa­sión por los li­bros. Pe­ro Hao Yu es ex­cep­cio­nal, es ro­man­ti­cis­mo y es uto­pía, y tam­bién lo era en ese pa­sa­do que nun­ca exis­tió. ●

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