«El mie­do es un me­ca­nis­mo es­pec­ta­cu­lar de su­per­vi­ven­cia»

Es­ta «Mon­ta­ña Má­gi­ca» fue el «li­bro» en el que Car­los apren­dió, de la mano de su abue­lo, a des­ci­frar el len­gua­je de la na­tu­ra­le­za y don­de se for­jó su es­pí­ri­tu de aven­tu­ra

ABC - Natural - - Natural - POR PI­LAR QUIJADA

Aprin­ci­pio de es­te año, en enero, Car­los Vi­co (Igua­la­da, 1980) se mi­dió con la muer­te en Groen­lan­dia. Des­pués de ca­mi­nar cua­tro días con una tem­pe­ra­tu­ra de 35 gra­dos ba­jo ce­ro, ya muy cer­ca del pun­to en que de­bían re­co­ger­le, el hie­lo se abrió ba­jo sus pies y ca­yó al agua. «No es la si­tua­ción más pe­li­gro­sa que he vi­vi­do, pe­ro sí en la que el pe­li­gro ha si­do más pro­lon­ga­do en el tiem­po. Ca­tor­ce ho­ras de es­pe­ra has­ta que me pu­die­ron res­ca­tar... Lo pa­sé real­men­te mal». En esa si­tua­ción, su ma­yor alia­da fue su men­te: «Hay que in­ten­tar man­te­ner la ca­be­za en su lu­gar y ver op­cio­nes pa­ra ga­nar tiem­po. Su­frí una hi­po­ter­mia muy fuer­te. Si me dor­mía, mo­ría. Al fi­nal aca­bé que­man­do los cal­zon­ci­llos. Es­ta­ba mo­ja­do y no me que­da­ba ener­gía des­pués de cua­tro días ca­mi­nan­do y sin co­mer. Cor­té la ro­pa in­te­rior a ti­ras pa­ra ca­len­tar mi san­gre y que pu­die­ra lle­gar al ce­re­bro. Hay te­ner la ca­be­za lú­ci­da, no blo­quear­te. El que so­bre­vi­ve no es el más fuer­te ni el más lis­to, sino el que me­jor se adap­ta, el que me­jor sa­be leer el en­torno», ex­pli­ca.

Una en­se­ñan­za que apren­dió de su abue­lo Bal­bino, con el que sa­lía al mon­te des­de los tres años. Con él dio mu­cho pa­seos por el Par­que Na­tu­ral de Mon­tse­rrat, al que Car­los lla­ma «la mu­jer fa­tal» por­que «tie­ne mil rincones, mil cue­vas, es una mon­ta­ña má­gi­ca». En es­te es­pec­ta­cu­lar pa­ra­je ha pa­sa­do mu­chas no­ches. Acom­pa­ña­do al prin­ci­pio, so­lo des­pués, si­guien­do las en­se­ñan­zas de su abue­lo: «De él apren­dí có­mo sub­sis­tir: con­se­guir co­mi­da, agua y re­fu­gio. Pe­ro so­bre to­do a en­ten­der la na­tu­ra­le­za, có­mo fun­cio­na, por qué cre­cen los ár­bo­les en de­ter­mi­na­dos si­tios y no en otros, o có­mo in­ter­ac­túan los ani­ma­les en­tre sí y con el en­torno».

La pri­me­ra vez que per­noc­tó so­lo en Mon­tse­rra ten­dría 16 o 17 años, re­cuer­da. Esas es­ca­pa­das eran fun­da­men­ta­les des­de ni­ño: «Pa­ra mí el co­le­gio era la cár­cel y el fin de se­ma­na la li­ber­tad. Me abu­rría mu­cho en cla­se, en­ce­rra­do en­tre cua­tro pa­re­des. Los es­tu­dios no fue­ron lo mío. Yo dis­fru­ta­ba de la mon­ta­ña y de los pa­seos con mi abue­lo», ex­pli­ca. Y ase­gu­ra que nun­ca so­ñó con una pro­fe­sión con­cre­ta, «ni po­li­cía, ni bom­be­ro, siem­pre me ha gus­ta­do el en­torno na­tu­ral y vi­vir aven­tu­ras».

En Mon­tse­rrat apren­dió tam­bién a co­no­cer­se me­jor a sí mis­mo y a po­ner­se a prue­ba, co­mo si­gue ha­cien­do en su día a día: «La gen­te re­la­cio­na dor­mir so­lo en la mon­ta­ña con mie­do. Yo sien­to re­la­ja­ción, dis­fru­to de los so­ni­dos de la no­che, in­ten­to iden­ti­fi­car qué ani­mal los pro­du­ce. O del so­ni­do que pro­du­ce el vien­to en un ár­bol. Me fas­ci­na mi­rar las nu­bes, flo­tan­do a di­fe­ren­te ni­vel. En la so­le­dad de la mon­ta­ña, ha­blan­do con­ti­go mis­mo lle­gas a co­no­cer­te me­jor».

Mo­men­tos com­pro­me­ti­dos

In­clu­so aquí, a tan po­cos ki­ló­me­tros de la ci­vi­li­za­ción, ha te­ni­do mo­men­tos «com­pro­me­ti­dos». «Tu­ve una pe­que­ña dis­cu­sión con un ja­ba­lí. Aca­bé por el sue­lo y lue­go subido en un ár­bol has­ta que el ani­mal se can­só. No lle­gó a pe­lea, por­que yo no ata­qué. No le gus­tó có­mo le des­per­té. Es­ta­ba si­guien­do un ras­tro, le pi­sé una pa­ta y se en­fa­dó. Me ti­ró por los ai­res. Me hi­ce un cor­te en la mano. Un ja­ba­lí de cien ki­los en­fa­da­do es muy fuer­te. Si te en­cuen­tras con uno, sú­be­te a un ár­bol, por­que si te en­gan­cha a ras de sue­lo te pue­de ma­tar si te co­ge la fe­mo­ral. Sus col­mi­llos son co­mo cu­chi­llas y uti­li­za los mo­vi­mien­tos de su ca­be­za pa­ra cor­tar. La suer­te es que ge­ne­ral­men­te rehú­yen el en­fren­ta­mien­to si te ven con an­te­la­ción. Pe­ro una ma­dre con las crías es muy pe­li­gro­sa».

No re­cuer­da na­da que le asus­ta­ra de pe­que­ño. «He si­do un ni­ño bas­tan­te mo­vi­do, si ha­bía un ár­bol cer­ca, yo es­ta­ba arri­ba». Los ge­nes, tal vez, apun­ta: «Mi ma­dre es muy bue­na en cual­quier de­por­te y muy fuer­te. Mi pa­dre tie­ne un ca­rác­ter fuer­te y atre­vi­do. La

«PA­RA MÍ LA NA­TU­RA­LE­ZA LO ES TO­DO: UNA MÁ­QUI­NA PER­FEC­TA QUE SE RE­GU­LA SO­LA»

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