Al­ber­to Gar­cía Re­yes

ABC - Pasión de Sevilla - - CONTENTS - Por Al­ber­to Gar­cía Re­yes.

A Pe­pe Mo­reno, her­mano ma­yor de los her­ma­nos ma­yo­res.

La san­gre ne­gra erran­te de la es­toi­ca ra­za ca­mi­na por los ojos de la Ma­dre del rey pa­triar­ca.

Lo con­de­nan a muer­te sin prue­ba nin­gu­na y la pes­ta­ñí le cla­va su fa­ca so­bre sus cos­tu­ras.

Mal­di­tas las du­que­las de la no­che os­cu­ra cuan­do el bas­tón es la cruz del Se­ñor y de sus An­gus­tias.

Mo­reno su ape­lli­do y mo­reno el ros­tro, no hay gi­tano más gi­tano en el mun­do ni po­zo más hondo.

Si los pies no ca­mi­nan, la bo­ca no co­me, el Se­ñor de los ca­nas­te­ros an­da por el pan que so­bre.

Que se co­man los hue­sos los pe­rros que la­dran, que el gi­tano al que lla­man el Mo­reno tie­ne lim­pia el al­ma.

La Pri­sión Ge­ne­ral de los an­da­rríos es la Sa­lud del Se­ñor Na­za­reno muer­to en su mar­ti­rio.

Y si es­to que yo di­go no fue­ra ver­dad, que Dios me man­de un cas­ti­go muy gran­de si me lo quie­re man­dar.

Fo­to Cé­sar Ló­pez Hal­dón.

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