Fran­cis­co Ro­bles

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El que más su­fre las es­pi­nas del des­pre­cio, el más ator­men­ta­do por la bur­la, el que sien­te en sus sie­nes la co­ro­na del fra­ca­so. Ec­ce Ho­mo y ec­ce ho­mo. He aquí el Hom­bre y he aquí el hom­bre. Dios y su crea­ción más ama­da fren­te a fren­te, con pu­ña­la­das de mo­fa por la es­pal­da. Con­fie­so que no en­tien­do es­te mis­te­rio que sa­le de la igle­sia mu­dé­jar de San Es­te­ban. Ni yo, ni na­die. No pue­do en­ten­der có­mo es po­si­ble que esos sa­yo­nes se bur­len del Hi­jo del Hom­bre, del Me­jor de los Na­ci­dos, de Quien ha ve­ni­do pa­ra sal­var­los de la ga­rra se­gu­ra de la muer­te. ¿Có­mo es po­si­ble que se rían de al­guien in­de­fen­so con esa mal­dad tan ab­yec­ta co­mo gra­tui­ta?

Sin em­bar­go, la es­ce­na es tan real co­mo la vi­da. En ese pa­so de mis­te­rio es­tá es­cri­ta la bor­ge­sia­na his­to­ria uni­ver­sal de la in­fa­mia. Ahí es­tán to­dos los que se han bur­la­do del in­de­fen­so en las gue­rras y en los zu­los, en los cam­pos de ex­ter­mi­nio y de con­cen­tra­ción. No es el hu­mor va­lien­te que sir­ve pa­ra di­sol­ver la va­ni­dad del po­de­ro­so. Es jus­to lo con­tra­rio. Es la co­bar­día del que se sien­te su­pe­rior por­que el otro no pue­de de­fen­der­se. He aquí una de las gran­des ver­da­des que sa­len a la ca­lle du­ran­te los días del go­zo y la re­fle­xión, del es­plen­dor y el do­lor.

Aho­ra fi­jé­mo­nos en el Cris­to. ¿Por qué llo­ra? No llo­ra por Él. Llo­ra por los que no son ca­pa­ces de com­pren­der que es­tán an­te el Sal­va­dor. Por la ma­lig­na ig­no­ran­cia que se ins­ta­ló en sus men­tes y sus co­ra­zo­nes. Así es el otro mis­te­rio: el del li­bre al­be­drío. El Cris­to llo­ra por­que su crea­ción más ama­da se vuel­ve con­tra Él. Es­ta­mos an­te el ma­yor fra­ca­so de la his­to­ria de la hu­ma­ni­dad. Y pa­ra re­me­diar­lo, el Di­vino Ga­li­leo se en­tre­ga al sa­cri­fi­cio. Un sa­cri­fi­cio que con­tras­ta con el sol al­to que do­ra el ca­nas­to, con los tam­bo­res que re­sue­nan en el la­be­rin­to de la an­ti­gua mo­re­ría, con las tú­ni­cas del co­lor del cie­lo. El Se­ñor de la Sa­lud y Buen Via­je aban­do­na la ven­ta­na y se echa a la ca­lle.

Aho­ra llo­ra por no­so­tros. So­mos así de im­por­tan­tes pa­ra el Crea­dor. Quien bien te quie­re, llo­ra­rá por ti. Es­ta­mos to­can­do la mé­du­la de la Se­ma­na San­ta. Dios sa­le al en­cuen­tro del hom­bre. Le po­ne flo­res a las es­qui­nas y cor­ne­tas a la tar­de. Pin­ta de co­lo­res las tú­ni­cas y es­par­ce en el ai­re la ma­gia del in­cien­so. Nos em­bau­ca en la fies­ta, en el go­zo, en los sen­ti­dos que pal­pi­tan en bus­ca de la emo­ción. Y lue­go, cuan­do me­nos lo es­pe­ra­mos, nos atra­vie­sa el co­ra­zón con esas lá­gri­mas que nos due­len por den­tro. En­ton­ces com­pren­de­mos de qué va es­to. Aun­que no ha­ga­mos na­da por re­me­diar ese llan­to que nos lim­pia por den­tro.

“En ese pa­so de mis­te­rio es­tá es­cri­ta la bor­ge­sia­na his­to­ria uni­ver­sal de la in­fa­mia. Ahí es­tán to­dos los que se han bur­la­do del in­de­fen­so en las gue­rras y en los zu­los, en los cam­pos de ex­ter­mi­nio y de con­cen­tra­ción”.

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