Ma­no­lo Ga­rri­do, la son­ri­sa en ver­so

ABC - Pasión de Sevilla - - Primer tramo - Por José An­to­nio Ro­drí­guez.

Es­cri­tor, le­tris­ta, poe­ta… Ma­no­lo Ga­rri­do se ha mar­cha­do de­jan­do es­cri­to un pu­ña­do de le­tras que el pue­blo ha he­cho su­yas. Ca­rac­te­ri­za­do por un sen­ti­do del hu­mor úni­co, nun­ca le pe­só no ser pre­go­ne­ro de la Se­ma­na San­ta de Se­vi­lla, que se pier­de a otra fi­gu­ra irre­pe­ti­ble.

Su­ce­día ca­da do­min­go a eso del mediodía. Cuan­do el ham­bre se po­ne a ha­cer el pa­seí­llo en el es­tó­ma­go y el ti­ra­dor de cer­ve­za abre el chi­que­ro para que sal­ga en pun­ta el oro lí­qui­do de la Cruz del Campo.

En un ve­la­dor del Ake­la –la em­ba­ja­da de Ale­ma­nia en Tria­na–, se reunían Ma­no­lo Ga­rri­do, Án­gel Vela y Ma­no­lo Me­la­do. Con el Al­to­zano al fon­do y Belmonte de tes­ti­go, los tres ami­gos, los tres poe­tas, ha­cían su par­ti­cu­lar ate­neo de sa­bios que des­de ha­ce unos días está huér­fano.

Ma­no­lo pe­día cer­ve­za y gam­bas al aji­llo al tiem­po que echa­ba mano al pan­ta­lón para po­ner so­bre la me­sa el pa­que­te de ta­ba­co. Em­pal­ma­ba los ci­ga­rri­llos y los hi­la­ba co­mo las bar­cas del an­ti­guo puen­te, uno de­trás del otro.

En una oca­sión, Me­la­do le pre­gun­tó a Vela si creía que am­bos po­drían lle­gar a la edad del poe­ta de Morón con la sa­lud que és­te dis­fru­ta­ba. La res­pues­ta de Án­gel Vela fue con­tun­den­te: “Ten­dría­mos que em­pe­zar a fu­mar”.

En ver­dad pa­re­cía co­mo si el ta­ba­co le hu­bie­ra alar­ga­do la vi­da. Pe­ro, sin du­das, lo que le per­mi­tió lle­gar a los 94 años fue su sen­ti­do del hu­mor, su en­tu­sias­mo, sus ga­nas de son­reír­le al mun­do. “Ma­no­lo era un hombre fe­liz”, dice Án­gel Vela. Y no se equi­vo­ca.

Sus le­tras es­tán en los la­bios del pue­blo que es el lu­gar más her­mo­so en el que pue­den vi­vir las pa­la­bras. La se­vi­lla­na que le de­di­có a un ami­go que co­no­ció en El Ro­cío sir­vió, al mis­mo tiem­po, para de­cir­le adiós a Chan­que­te y para emo­cio­nar a un San­to. Qui­zás por­que el len­gua­je del ca­ri­ño es tan uni­ver­sal que no en­tien­de de es­ce­na­rios para ha­cer­se fuer­te.

Ma­no­lo Ga­rri­do fue un pre­go­ne­ro, en el buen sen­ti­do de la pa­la­bra, bueno. Sus tex­tos te­nían una má­xi­ma ca­li­dad en una ciu­dad que, por ex­ce­so, tien­de a des­tro­zar el sub­gé­ne­ro ca­da vez que llega la Cua­res­ma. Una ciu­dad que ce­le­bra pre­go­nes por en­ci­ma de sus po­si­bi­li­da­des –por­que no

Fo­to: Cé­sar Ló­pez Hal­dón.

La Es­pe­ran­za de Tria­na por el puen­te.

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