Fé­lix Ma­chu­ca

ABC - Pasión de Sevilla - - Contents - Por J. Fé­lix Ma­chu­ca. Fo­to César Ló­pez Hal­dón.

Se­gui­mos con­tan­do do­min­gos, co­mo cuen­tas de un ro­sa­rio de azaha­res, es­pe­ran­do que nos lle­gue el pri­mer día del año. Que no es el día que mar­ca el ca­len­da­rio. Ni el re­loj de los pe­tar­dos. Ni la pa­ja­ri­ta al cue­llo. Ni las len­te­jue­las de una no­che de cha­rol y már­mol ro­mano. Se­gui­mos con­tan­do do­min­gos, 20, 19, 18 y ca­da vez nos acer­ca­mos más al de­fi­ni­ti­vo, al que nos ha­ce ver la flor en el tri­gal y el li­rio en el Cal­va­rio. El que vis­te de lim­pio y pal­mas a una ciu­dad que, ya lo di­je ha­ce mu­cho tiem­po, es ca­paz de ha­cer en sie­te días los que otras no con­si­guen en si­glos. Ese es nues­tro año nue­vo. Al me­nos pa­ra mí. Al me­nos pa­ra aquel ni­ño de za­pa­tos go­ri­la, pan­ta­lón cor­to y lar­gas ener­gías que se em­bra­va­ba en la ram­pa de San Juan de la Pal­ma y se abis­ma­ba en his­to­rias sa­gra­das vien­do can­tar sae­tas gra­ves y he­ri­das en los bal­co­nes de la ca­lle Fe­ria. Ese el año nue­vo de Se­vi­lla. El que no se per­fu­ma con fra­gan­cias pa­ri­si­nas ni la se­da ita­lia­na le anu­da la gar­gan­ta. Ni hay bra­gas rojas. Ni len­te­jas de la suer­te. Mi día pri­me­ro del año siem­pre cae en Do­min­go. Co­mo un sol in­vic­to. Re­don­do y jo- ven. Más luminoso que Apo­lo. Más fe­cun­do que un fru­tal. Más ale­gre que un tam­bor. Más me­mo­rio­so que el tiem­po que pa­sa…

Ese es el do­min­go que es­pe­ra­mos. El año nue­vo de nues­tro ca­len­da­rio. Don­de la Es­tre­lla sa­le de día. La Paz le de­cla­ra la gue­rra a los que tie­nen co­ra­zo­nes de pie­dra. El Amor te abra­za de la­do a la­do de la ca­lle Fran­cos. Y hay Amar­gu­ras de Ma­dre con la­bios pin­ta­dos por el do­lor por la ca­lle san­ta de las her­ma­nas po­bres. Na­da que ver un do­min­go así con un fi­nal de año sin más oro que el de la va­ni­dad ni más música que el de un en­go­rro­so ma­ta­sue­gras. Las uvas pa­ra los que tie­nen la­ga­res en la gar­gan­ta. Las ce­nas que no dan do­lo­res de es­tó­ma­go y adel­ga­zan la so­ber­bia tam­bién en es­te do­min­go te in­vi­tan a que be­bas de su cá­liz. Es un día tan com­ple­to que el ni­ño Je­sús sa­le a la ca­lle con glo­bos de co­lo­res que quie­ren cie­lo. Y co­rre­tea por en­tre los pa­sos que es­pe­ran en sus igle­sias que una voz y un mar­ti­llo los pon­ga en la ca­lle pa­ra que un re­cuer­do nos agüe los ojos. Sin mo­ti­vo apa­ren­te. Con to­dos los mo­ti­vos si­len­cia­dos al que la vi­da le po­ne un can­da­do de pla­ta. Ese es el do­min­go que es­pe­ra­mos. Ese es nues­tro pri­mer día del año. Im­po­si­ble de que me ca­me­len con otro.

Se ha­brá ido el frío que aco­bar­da a los al­men­dros. Ha­brá des­apa­re­ci­do la ver­di­na que cu­bre de ter­cio­pe­lo el ros­tro he­la­do del in­vierno. Y las ma­dru­ga­das, que ra­chean el Gran Po­der de su ca­mino, se lle­nan de si­len­cios y al­ga­ra­bías, pa­ra que

va­ya­mos apren­dien­do que la vi­da es una par­ti­tu­ra de mú­si­cas an­ta­gó­ni­cas, dua­les, em­pa­re­ja­das por el signo con­tra­rio de su con­di­ción. Ha­brá tú­ni­cas de ter­cio­pe­los con el co­lor de la ver­di­na y el de las mo­ras. Que pro­lo­ga­rán tem­plos de pla­ta y oro por ala­me­das de to­re­ros y are­na­les sin el te­so­ro de los vi­rrei­na­tos. Ga- leo­nes ca­bo­tan­do por ma­res de la­dri­llos de Ge­re­na. Y ca­rey ame­ri­cano al hom­bro del con­de­na­do acom­pa­ña­do por el si­len­cio de ruán de una música con no­tas de epi­ta­fio uni­ver­sal. Se­gui­mos con­tan­do do­min­gos. Los que nos fal­tan pa­ra nues­tro año nue­vo, pa­ra nues­tro arran­que vi­tal. Pa­ra que de­lan­te del pri­mer pa­lio le di­ga­mos y nos di­ga­mos por den­tro, ba­ji­to, muy ba­ji­to, que so­lo se en­te­re el guar­da de nues­tra alma, que un año más el in­cien­so y la ga­rra­pi­ña- da, el ca­rri­to del ni­ño y el om­bli­go de la cha­va­li­ta, ilu­mi­nan de cal el pa­tio de nues­tros re­cuer­dos y lle­na de es­tre­llas la can­de­le­ría del pa­so. 20, 19, 18… Los acó­li­tos ya es­tán aquí y de le­jos una ban­da de cor­ne­tas y tam­bo­res in­ter­pre­ta el Re­za­ré pri­ma­ve­ral de Sil­vio, aquel her­mano del Ca­cho­rro y de la hu­ma­ni­dad…

Nues­tro Pa­dre Je­sús de la Victoria.

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