CAN­TA­RES

Que se­pan mu­chos cha­va­les que pu­die­ran creer que en el mon­te de las se­vi­lla­nas siem­pre hu­bo el mis­mo oré­gano, que no es así

ABC (Sevilla) - - OPINIÓN - ANTONIO GARCÍA BARBEITO an­to­niog­bar­bei­to@gmail.com

ES po­si­ble que mu­chos de los cha­va­les afi­cio­na­dos a las se­vi­lla­nas crean que las le­tras que se can­ta­ban cuan­do ellos no ha­bían na­ci­do eran, más o me­nos, co­mo mu­chas de las que se can­tan hoy, so­bre to­do ha­blo de esas que cuen­tan his­to­rias es­pan­to­sas de ce­los, dro­gas, amis­ta­des ro­tas, muer­tes trá­gi­cas, pe­leas en­tre aman­tes o en­tre pa­dres e hi­jos. Pues que se­pan mu­chos cha­va­les que pu­die­ran creer que en el mon­te de las se­vi­lla­nas siem­pre hu­bo el mis­mo oré­gano, que no es así, en ab­so­lu­to. ¿Siem­pre ha ha­bi­do le­tras «ma­las»? Siem­pre. No nom­bro nin­gu­na por­que vi­vos es­tán ca­si to­dos sus au­to­res, pe­ro las hay de cár­cel, por po­bres de idea, por equi­vo­ca­cio­nes ho­rri­bles, por co­lo­car ma­ris­mas don­de no es o por lla­mar­le to­cino a la ve­lo­ci­dad. Gra­ví­si­mos erro­res po­de­mos ver en­tre los cien­tos de co­plas des­de los se­sen­ta has­ta ha­ce re­la­ti­va­men­te po­co, pe­ro a fa­vor de los au­to­res de en­ton­ces hay que de­cir que ra­ro era el que no es­cri­bía con tra­zo de poe­ta, con muy buen gus­to en los te­mas ele­gi­dos y con ha­llaz­gos que só­lo pue­de per­mi­tir­se la cul­tu­ra li­te­ra­ria de al­gu­nos de ellos, o, tam­bién, con la be­lle­za de lo sen­ci­llo, de lo fres­co y es­pon­tá­neo; ver­sos ale­gres, li­ge­ros y lle­nos de en­can­to.

Es­toy mi­ran­do el pai­sa­je del oto­ño y re­cuer­do unas se­vi­lla­nas de los pri­me­ros Ami­gos de Gi­nes, aquel ho­me­na­je —eso creo— a Vi­val­di, que, si no re­cuer­do mal, se ti­tu­la­ba «Pri­ma­ve­ra, ve­rano, oto­ño, in­vierno y… el amor.» Ten­go en el pai­sa­je un cua­dro del oto­ño, y me sue­na en la me­mo­ria una de las cua­tro co­plas que es­cri­bió Al­fre­do San­tia­go: «Oto­ño ca­no­so y vie­jo, / ála­mo blanco y sin ho­jas / ara­ñan­do el cie­lo gris; / ya el oto­ño de la “vía” / lo sien­to den­tro de mí…» Pa­ra en­gran­de­cer los ver­sos, una mú­si­ca a su al­tu­ra. La co­pla de­ja­ba el oto­ño y se me­tía de lleno en el in­vierno: «Frío y llu­via por las ca­lles, / tormenta de ne­gros vien­tos, / no quie­ro ver el in­vierno; / ya mi mu­jer es­tá vie­ja / co­mo el ár­bol y el re­cuer­do…» Así es­cri­bían al­gu­nos au­to­res. Y des­pués, la pri­ma­ve­ra: «Ya lle­gó la pri­ma­ve­ra / con el fue­go de las flo­res, / ma­ri­po­sas de co­lo­res, / jaz­mi­nes y rosas fres­cas / per­fu­man­do los bal­co­nes…» De las cua­tro, creo que el oto­ño y el in­vierno ga­na­ban en ni­vel: «Ola de es­pu­ma ca­lien­te, / el ve­rano del amor. / La tar­de tie­ne ca­lor, / y el ho­ri­zon­te “en­cen­dío” / be­sa las bar­bas del sol…» Pa­ra mí, és­ta es la me­jor de las cua­tro. Ni pe­leas ni odios, ni vír­ge­nes de ba­ra­to pre­gón ni ba­ra­ti­jas va­rias. Se tra­ta­ba de au­to­res que sa­bían es­cri­bir. El oto­ño si­gue ahí, en el pai­sa­je, tal co­mo en la co­pla: «Oto­ño ca­no­so y vie­jo, / ála­mo blanco y sin ho­jas / ara­ñan­do el cie­lo gris…» A ver si apren­den al­gu­nos.

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