ABC (Sevilla)

La Real Casa de Correos

- POR FEDERICO YSART Federico Ysart

Siete reinados, dos repúblicas, dos guerras civiles y otro par de dictaduras han confluido en el medio siglo de democracia que pronto celebrarem­os si el sentido común limpia el camino de revolucion­arios a la violeta. No tienen otro apelativo quienes sueñan con derribar a su capricho muros del pasado que no dejan de ser los cimientos de un presente desde los que proyectar un futuro mejor. Las huellas impresas por cuatro generacion­es de españoles no se borran con decretos, ni leyes.

A nueva embestida contra los muros de nuestra historia, proyecto de ley incluido, asalto al cementerio de Cuelgamuro­s y otras ocurrencia­s para tapar las vergüenzas del sanchismo, me ha traído a la memoria lo que hace algún mes oí a un sayón de la cofradía de la hemipléjic­a memoria histórica: hay que transmutar la actual sede de gobierno de la Comunidad Autónoma de Madrid en un museo de los horrores de la dictadura franquista. Así, argüía el chiquilicu­atre, la luz entrará en los oscuros calabozos soterrados donde la Dirección General de Seguridad se instaló al término de la última guerra civil.

La ocurrencia me pareció entonces tan extemporán­ea como pretender desmontar el acueducto de Segovia porque bajo su arco central pasó aquel invicto caudillo para comer un buen día en el mesón de Cándido. Pero de cómica no tiene nada; es un golpe más a las raíces de nuestro sistema, al espíritu superador de pasados enfrentami­entos, aquella concordia que ha hecho posible décadas de convivenci­a y progreso. Un atentado a cargo de una tropa de progres reaccionar­ios empeñados en hacer una revolución marchando de espaldas a la realidad, a la vida.

Uno de los padres del existencia­lismo, el danés Kierkegaar­d, dejó escrito que «la vida puede ser comprendid­a mirando hacia atrás, pero ha de ser vivida mirando hacia adelante».

Dicen los últimos comicios, y auguran las encuestas, que la mayoría del país parece ya vacunada contra esos eruditos a la violeta que disfrazan su enciclopéd­ica ignorancia con recortes de libros pasados de mano en mano por pintarraje­ados pasillos de facultades universita­rias. La selecta minoría juramentad­a para asaltar los cielos pasó de las lecturas a la acción hasta tener su momento, hoy menguante, en la superestru­ctura política. Algo así como los illuminati de Baviera, organizado­s en el siglo XVIII para ocupar cotas de poder, una vez visto que la masonería se les quedaba corta para acabar con la monarquía y la Iglesia.

Los podemitas y sus extensione­s, de ellos hablamos, son radicalmen­te incultos. Empollar a Gramsci y leer a Laclau puede dar ideas sobre hegemonías y estrategia­s para alcanzarla­s, pero ninguna sobre la sustancia de tu país, un intangible que la Historia destila. Sería interesant­e saber cuántos y quiénes de los aspirantes a ocupar la sede de la Comunidad madrileña en los pasados comicios traspasaro­n en alguna ocasión la preciosa portada barroca del Museo de Historia de Madrid,

Lal pie de la estación de Metro Tribunal.

Allí se habrían enterado de que la Real Casa de Correos, así es como se llama la sede actual del gobierno regional de Madrid, se levantó sobre unos planos que Ventura Rodríguez terminó en 1760 para dotar a la capital de las instalacio­nes precisas con que atender el correo postal. Proyectada por consejo del marqués de la Ensenada a Fernando VI, comenzó a edificarse ya bajo el reinado de Carlos III.

Al cabo de unas décadas, el edificio quedó pequeño para atender los carruajes que transporta­ban las sacas de toda España, y se construyó detrás la llamada Real Casa de Postas, que hoy ocupan diversos servicios de la Comunidad.

La Historia nunca se detiene, ni marcha hacia atrás; la Casa de Postas se convirtió al cabo de años en el Cuartel de Zaragoza, y durante la segunda república, en sede de la Guardia de Asalto. En cuanto a la Real Casa de Correos, antes albergó un cuerpo militar para asegurar el orden en el centro de la capital, a raíz del motín de Esquilache.

Años después se transformó en la sede del Ministerio de Gobernació­n, manteniend­o en su planta baja la Oficina Central de Correos. Isabel II, en 1866, inauguró el ‘Reloj de Gobernació­n’, que así se llamó el que hoy marca la llegada de un nuevo año.

El 12 de noviembre de 1912 acogió el cuerpo del presidente del Consejo, José Canalejas, asesinado a unos metros mientras escudriñab­a las novedades que mostraba en su escaparate la librería San Martín, hoy una zapatería.

Pasados los años, y mil peripecias, la DGS del régimen franquista desalojó en 1985 lo que había sido su sede durante cerca de medio siglo y la Comunidad de Madrid adquirió el edificio al Ministerio de Interior para albergar al ejecutivo regional. En diciembre de aquel año su presidente, el cántabro Joaquín Leguina, izó en su balcón central la bandera de la Comunidad, diseñada por Cruz Novillo a partir de una idea de Santiago Amón.

iete reinados, dos repúblicas, dos guerras civiles y otro par de dictaduras han confluido en el medio siglo de democracia que pronto celebrarem­os si el sentido común limpia el camino de revolucion­arios a la violeta. No tienen otro apelativo quienes sueñan con derribar a su capricho muros del pasado que no dejan de ser los cimientos de un presente desde los que proyectar un futuro mejor.

¿Dónde detener este estéril rediseño del pasado? Las huellas impresas por las cuatro generacion­es de españoles que desde 1940 han labrado nuestra realidad no se borran con decretos, ni leyes siquiera. ¿De qué demonios hablan? porque, ya puestos, podríamos remontarno­s hasta el 1933 de los golpes contra la república y, por qué no, hasta la irrupción del palacio de Carlos V entre los nazaríes en el corazón de la Alhambra granadina.

Y qué decir de la acumulació­n de funciones y estilos de la actual Mezquita-Catedral de Córdoba. Levantada sobre los restos de la Basílica de San Vicente, durante más de medio milenio deambuló entre las fes cristiana y musulmana, y sus trazas pasaron del prerrománi­co al barroco a través del omeya, el gótico y el renacentis­ta.

En fin, distraer la atención sobre lo que realmente importa con este revisionis­mo de sal gorda, es propio de diletantes asomados a los balcones de la impotencia desde los que, cegados por los fuegos fatuos que levantan, uno a uno van cayendo víctimas de la libertad.

Ses periodista

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