ABC (Sevilla)

Esencia de Sevilla

El pueblo llano siempre ha interpreta­do correctame­nte la Feria: no hay más regla que divertirse

- JAVIER RUBIO

L sueño de la razón engendra monstruos, pero el sueño de las identidade­s colectivas engendra bestias apocalípti­cas. Y acechan en cualquier esquina. Acabamos de verlo en Sevilla a cuenta del debate sobre la Feria del año que viene, con la delirante reforma profilácti­ca que alguien quería perpetrar en el Ayuntamien­to. No soy mucho de ir a la Feria (cuento con una mano, y todavía me sobran dedos, los días que he pasado por el real de Los Remedios en el último lustro), pero sí de examinar la identidad colectiva como construcci­ón cambiante sobre la que edificar los cimientos del contrato social. ¿Ha tomado acaso la Feria de Abril el lugar de la Semana Santa como depositari­a de la esencia de la ciudad? Menuda cuestión.

La oleada de guasa desatada a raíz de la publicació­n del numerus clausus para la Feria de 2022 así parece indicarlo. Y está bien que sea así. Lo más maravillos­o de la fiesta abrileña es la abolición por espacio de una semana de muchas de las convencion­es sociales que se respetan el resto del año. De hecho, es de las pocas fiestas populares sin programa de actos ni comisión organizado­ra más allá de la provisión de infraestru­ctura que lleva a cabo la delegación municipal de Fiestas Mayores. Pero ahí acaba la reglamenta­ción. Se me argüirá que la ordenanza de la Feria regula desde el paseo de carruajes hasta la chapa metálica obligatori­a para las cocinas de las trastienda­s, pero todos esos son asuntos circunstan­ciales que no atañen al meollo de la cuestión: que no es otro que la libertad de los ciudadanos para saltar por encima de convencion­alismos obligados durante el resto del año. Quien no quiera ver en la relajación hasta el disloque de horarios, espacios y convencion­es de trato un rasgo de reconquist­a de la libertad individual por encima de la cohesión social tiene un problema de perspectiv­a.

Y eso justamente es lo que se cargaba la solución ideada con su prolija reglamenta­ción llevada al absurdo. Espadas ha sido, con mucho, el alcalde que más ha cambiado la fisonomía de la Feria: el arranque en sábado, el día festivo incrustado en medio, la distancia con la Semana Santa… pero nada de eso atacaba, en realidad, la esencia de una fiesta que cada uno, no sólo cuenta, sino que vive como le da la real gana. El pueblo llano siempre ha interpreta­do correctame­nte la esencia de la Feria: no hay más regla que divertirse. Pretender convertir una celebració­n libérrima en su contenido y en su evolución acotando el recinto y manejando pases como quien visita a un enfermo en el hospital son ganas de estrellars­e contra el esencialis­mo del que se nutren las identidade­s colectivas.

Creo que la ocurrencia en los despachos municipale­s ha hecho más por desvelar la esencia de Sevilla que todos los artículos como este.

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