Ar­te.

Aman­te de Pi­cas­so, fue la úni­ca mu­jer que osó aban­do­nar al pin­tor ma­la­gue­ño. A los 96 años de edad, Fra­nçoi­se Gi­lot nos cuen­ta de­ta­lles de su ex­plo­si­va vi­da jun­to con el ge­nio es­pa­ñol.

ABC - XL Semanal - - SUMARIO - POR MICK BROWN / RE­TRA­TO: JODY ROGAC

A los 96 años, Fra­nçoi­se Gi­lot nos cuen­ta de­ta­lles de su ex­plo­si­va vi­da jun­to con Pi­cas­so.

Me­nu­da, in­ma­cu­la­da y for­mi­da­ble. Fra­nçoi­se Gi­lot –ar­tis­ta, aman­te y mu­sa de Pi­cas­so, ami­ga per­so­nal de Ma­tis­se– vi­ve y pin­ta en un ele­gan­te apar­ta­men­to neo­yor­quino, cerca de Cen­tral Park.

Gi­lot tie­ne 96 años. Su asis­ten­ta, uni­for­ma­da de azul, nos trae en ban­de­ja de pla­ta un ca­fé con pas­tas.

¿Có­mo pa­sa los días?, le pre­gun­to. Ar­quea las ce­jas. «Soy ar­tis­ta. Pin­to, di­bu­jo... ¡Qué quie­re que ha­ga!».

Des­de que Pa­blo Pi­cas­so se fi­ja­ra en ella un día de 1943, su nom­bre es­tá inexo­ra­ble­men­te vin­cu­la­do al pin­tor, por mu­cho que ha­yan pa­sa­do 65 años des­de que ella se mar­cha­ra de su la­do.

Hi­ja úni­ca de un ma­tri­mo­nio de la al­ta bur­gue­sía fran­ce­sa, Fra­nçoi­se nun­ca ha si­do fá­cil de do­mes­ti­car. Des­de ni­ña su­po que se­ría pin­to­ra. Al­go na­da fá­cil en­ton­ces pa­ra una mu­jer. «Nun­ca me ha arre­dra­do que a los de­más no les gus­te lo que ha­go. Las mu­je­res a ve­ces nos va­lo­ra­mos en fun­ción de la opi­nión de los otros. Pe­ro yo no. ¿Que caía en gra­cia a la gen­te? Pues es­tu­pen­do. ¿Que no? Pues es­tu­pen­do tam­bién».

UNA AMAN­TE NUE­VA

En ma­yo de 1943 es­ta­ba ce­nan­do en un res­tau­ran­te de la Ri­ve Gau­che con una ami­ga, la ar­tis­ta Ge­ne­viè­ve Ali­quot, cuan­do Pi­cas­so se acer­có a su me­sa; en la mano lle­va­ba un cuen­co con ce­re­zas. El pin­tor es­ta­ba ce­nan­do con Do­ra Maar, su aman­te, a quien Gi­lot pron­to iba a re­em­pla­zar. Fra­nçoi­se te­nía 21 años. Él, 61. Así fue co­mo Gi­lot se em­bar­có «en una ca­tás­tro­fe que no te­nía in­ten­ción de evi­tar».

Gi­lot ha des­cri­to su re­la­ción co­mo un amor in­te­lec­tual y fí­si­co, pe­ro «en ab­so­lu­to sen­ti­men­tal». Pi­cas­so se sin­tió tan atraí­do por su men­te co­mo por su be­lle­za; po­dían pa­sar­se me­dia no­che dis­cu­tien­do so­bre el ar­te, la vi­da y su tema pre­di­lec­to: él mis­mo.

Cuan­do Gi­lot le di­jo que su pin­tor fa­vo­ri­to era Ma­tis­se, Pi­cas­so fue con ella a ver­lo. Ma­tis­se por en­ton­ces te­nía 77 años y se en­con­tra­ba en lo que él lla­ma­ba su 'pe­rio­do de gra­cia', re­cu­pe­rán­do­se de una ope­ra­ción de cán­cer que lo ha­bía de­ja­do pos­tra­do en el sillón. «De­cía que le ha­bían con­ce­di­do unos años más de vi­da, que

"Si crees que te has equi­vo­ca­do de per­so­na, te vas pa­ra siem­pre. ¡Pe­ro no te ma­tas! Yo no me de­jo do­mar"

eran un re­ga­lo de los dio­ses», co­men­ta Gi­lot. El ar­tis­ta era lo bas­tan­te ma­yor pa­ra ser su abue­lo, pe­ro Fra­nçoi­se y él con­ge­nia­ron in­me­dia­ta­men­te.

«Ma­tis­se era hom­bre de po­cas pa­la­bras, muy re­ser­va­do. Yo tam­bién, así que nos en­ten­di­mos». Ma­tis­se, ade­más, ad­mi­ra­ba su obra y le es­cri­bía cartas elo­gio­sas. «¡No po­día creer­lo! Eran muy bo­ni­tas, con di­bu­jos...».

Fra­nçoi­se, pin­to­ra, se con­vir­tió en aman­te de un ge­nio y en bue­na ami­ga de otro. Pe­ro nun­ca se con­si­de­ró en un plano de igual­dad. «En el ar­te no exis­te la igual­dad. No es­ta­mos ha­blan­do de la Re­pú­bli­ca Fran­ce­sa, de la fra­ter­ni­té, éga­li­té y de­más», di­ce rien­do.

Se­gún ex­pli­ca, «Ma­tis­se te­nía cla­ro quién era el rey: él. Y Pi­cas­so es­ta­ba de acuer­do. Se res­pe­ta­ban mu­chí­si­mo. Pe­ro Ma­tis­se se in­tere­sa­ba por lo que ha­cían otros pin­to­res. En cambio, si a Pa­blo le men­cio­na­bas a otro co­le­ga, te res­pon­día: 'A ese fu­lano le pe­ga­ría un pes­co­zón, se­ría la úni­ca for­ma de sa­car­le al­go in­tere­san­te'. Pi­cas­so era sub­je­ti­vo en ex­tre­mo, su estado de áni­mo iba del blan­co al ne­gro, pa­san­do por el ro­jo. Jun­to con Pi­cas­so vi­vías en un te­rre­mo­to per­ma­nen­te. Si te lle­va­bas bien con él, ex­pe­ri­men­ta­bas ese te­rre­mo­to de cerca. Y si

"A Pa­blo le gus­ta­ban las mu­je­res gua­pas. Pe­ro no las en­ten­día, no se mo­les­ta­ba en in­ten­tar­lo"

no te lle­va­bas bien, ¡tam­bién lo ex­pe­ri­men­ta­bas!».

-¿El ge­nio ar­tís­ti­co ex­cul­pa los com­por­ta­mien­tos re­pro­ba­bles?

-«Los com­por­ta­mien­tos no tie­nen na­da que ver con el ge­nio. Ca­ra­vag­gio ma­tó a una per­so­na; al­go no muy bo­ni­to que di­ga­mos. Pe­ro lo que a mí me ha in­tere­sa­do no es la éti­ca, sino la es­té­ti­ca» [ri­sas].

-Hay quien ha des­cri­to a Pi­cas­so co­mo «un mons­truo sa­gra­do».

-«Bueno, lo de 'mons­truo' es­tá jus­ti­fi­ca­do; lo de 'sa­gra­do' es po­si­ble...».

PI­CAS­SO, DES­PE­CHA­DO

En 1947 tu­vie­ron su pri­mer hi­jo jun­tos, Clau­de; en 1949 na­ció Pa­lo­ma. Los ni­ños trans­for­ma­ron la re­la­ción. Pi­cas­so exi­gía ser el cons­tan­te cen­tro de aten­ción. Se le agrió el ca­rác­ter y ca­da vez pa­sa­ba más tiem­po le­jos de ca­sa. En cier­ta oca­sión es­pe­tó: «Na­die aban­do­na a un hom­bre co­mo yo». Gi­lot con­tes­tó: «Espera y ve­rás».

En sep­tiem­bre de 1953, har­ta de la ti­rá­ni­ca ac­ti­tud del pin­tor y sus líos de fal­das, Fra­nçoi­se tu­vo una bre­ve aven­tu­ra amo­ro­sa. Po­co des­pués co­gió a sus hi­jos y lo aban­do­nó. ¿Lo úl­ti­mo que Pi­cas­so di­jo mien­tras se ale­ja­ban en el ta­xi? ¡Mer­de!

«A Pa­blo le gus­ta­ban las mu­je­res fí­si­ca­men­te; le gus­ta­ban las mu­je­res her­mo­sas. Pe­ro no las en­ten­día, no se mo­les­ta­ba en in­ten­tar­lo. En la vi­da, si es­tás con otro, has de sen­tir a ese otro en tu in­te­rior. Por­que no es­tás so­lo». Fra­nçoi­se su­gie­re que Pi­cas­so, a pe­sar de to­das sus aman­tes y su círcu­lo de adu­la­do­res, era un hom­bre fun­da­men­tal­men­te so­lo.

Fra­nçoi­se Gi­lot fue la úni­ca de to­das sus aman­tes y es­po­sas que lo aban­do­nó. Las de­más tu­vie­ron un fi­nal trá­gi­co. Do­ra Maar en­lo­que­ció. Ma­rie-Thé­rè­se Walter, a la que Pi­cas­so con­vir­tió en su aman­te cuan­do ella te­nía 17 años, se sui­ci­dó. Jacqueline Ro­que, con quien el ar­tis­ta se em­pa­re­jó des­pués de Gi­lot (y quien en 1961 se con­vir­tió en su se­gun­da es­po­sa), tam­bién se sui­ci­dó.

Fra­nçoi­se se en­co­ge de hom­bros. «Si crees que te has equi­vo­ca­do, te mar­chas por la puer­ta pa­ra siem­pre. Lo que no ha­ces es ma­tar­te».

Des­pués de su aban­dono, Pi­cas­so hi­zo lo po­si­ble por amar­gar­le la vi­da. Pre­sio­nó a sus ami­gos pa­ra que de­ja­ran de tra­tar­la y a los mar­chan­tes pa­ri­si­nos pa­ra que no se ocu­pa­ran de su obra. «Pe­ro le di­ré una co­sa. To­do el mun­do sa­bía de lo ex­plo­si­vo de su mal ge­nio, así que ca­si na­die me re­pro­chó que lo de­ja­ra. Tu­ve mis pro­ble­mas, pe­ro no pue­do de­cir que lo pa­sa­ra mal. No me hi­ce mi­llo­na­ria co­mo Pi­cas­so, pe­ro ga­né lo su­fi­cien­te pa­ra lle­var una vi­da nor­mal. Nun­ca me fal­tó pa­ra la edu­ca­ción de mis hi­jos. Me mi­ra­ba al es­pe­jo con or­gu­llo y me de­cía: '¡Los de­más pueden ir­se al in­fierno!'».

HOM­BRES Y MA­TRI­MO­NIO

En 1955 se ca­só con el pin­tor Luc Si­mon, a quien co­no­cía des­de la ado­les­cen­cia. Tu­vie­ron una hi­ja, Au­re­lia, pe­ro se di­vor­cia­ron en 1962.

Gi­lot no te­nía in­ten­ción de vol­ver­se a ca­sar, has­ta que en 1969 le pre­sen­ta­ron a Jo­nas Salk, el crea­dor de la va­cu­na con­tra la po­lio. «Me pro­pu­so ma­tri­mo­nio ca­si de in­me­dia­to». Su ca­so es asom­bro­so: por si no le hu­bie­ra bas­ta­do con es­tar uni­da al prin­ci­pal ar­tis­ta del si­glo XX, ter­mi­nó por ca­sar­se con el mé­di­co que, en ese mis­mo si­glo, más hi­zo por la hu­ma­ni­dad.

-«Sí. ¡Yo tam­po­co sal­go de mi asom­bro!».

-¿Có­mo se ex­pli­ca?

-«Es di­ver­ti­do», vuel­ve a reír. «¡Bue­na pre­gun­ta! An­tes era bas­tan­te gua­pa, y eso a una mu­jer siem­pre le vie­ne bien. Abre mu­chas puer­tas».

-Mu­chas mu­je­res no es­ta­rán de acuer­do con lo que aca­ba de de­cir.

-«Sé que es in­jus­to, pe­ro una mu­jer tie­ne que ser gua­pa an­tes que cual­quier otra co­sa. Si no lo eres, ¿crees que los de­más van a fi­jar­se en ti? ¡Pues no!».

«Los hom­bres son los pri­me­ros interesados en ca­sar­se, no las mu­je­res. Qui­zá creen que así lo­gra­rán lle­var las rien­das de la re­la­ción. Pe­ro yo no me de­jo so­me­ter. No soy de las que se de­jan do­mar». Así que cuan­do Salk le pro­pu­so ma­tri­mo­nio, Gi­lot es­ta­ble­ció una se­rie de con­di­cio­nes por es­cri­to. «Le di­je que de­ci­die­se si era ca­paz de

"Una mu­jer tie­ne que ser gua­pa an­tes que cual­quier co­sa. Te abre mu­chas puer­tas"

ate­ner­se a ellas; si no lo era, me­jor se­guir ca­da uno por su la­do. De­jé cla­ro que se­gui­ría via­jan­do, que te­nía mi pro­pia ca­rre­ra y mi pro­pia vi­da. ¡Pe­ro Jo­nas res­pon­dió que le pa­re­cía per­fec­to...! Ten­go que de­cir que nun­ca se ol­vi­dó de lo con­ve­ni­do. Era un hom­bre ex­tra­or­di­na­rio».

-Pa­re­ce cla­ro que con él fue más fe­liz que con nin­gún otro.

-«Si quie­re sa­ber to­da la ver­dad, la me­jor re­la­ción es la que en­ta­blas con una per­so­na ex­tre­ma­da­men­te in­te­li­gen­te, y da igual si la per­so­na es afa­ble o del ti­po gru­ñón. Lo me­jor que te pue­de pa­sar es que tu pa­re­ja sea in­te­li­gen­te e in­tere­san­te. No tie­nes por qué que­rer a una per­so­na por sus cua­li­da­des; pue­des que­rer­la por sus de­fec­tos, por­que los de­fec­tos ha­cen que sea un po­co más hu­ma­na».

Salk fa­lle­ció en 1995. Fra­nçoi­se no ha vuel­to a es­tar con otra per­so­na. «Ten­go mi tra­ba­jo, mi fa­mi­lia, los ami­gos. Ten­go más de lo que ne­ce­si­to. No sien­to nos­tal­gia del pa­sa­do».

El hi­jo que tu­vo con Pi­cas­so, Clau­de, rom­pió con su pa­dre a los 15 años de edad. «Dos per­so­nas con mal ge­nio nun­ca van a lle­var­se bien», con­si­de­ra. Clau­de hoy di­ri­ge la Fun­da­ción Pi­cas­so, que ges­tio­na el le­ga­do del pin­tor. Pa­lo­ma se hi­zo co­no­ci­da por su tra­ba­jo co­mo di­se­ña­do­ra de jo­yas pa­ra Tif­fany. «Pa­lo­ma es in­te­li­gen­te en ex­tre­mo y tie­ne una vi­da más que in­tere­san­te. Nos lle­va­mos de ma­ra­vi­lla».

Pre­gun­to a Fra­nçoi­se cuál es la me­jor lec­ción que ha apren­di­do en la vi­da.

«¡Siem­pre he si­do mala es­tu­dian­te! [ríe]. Así que no sa­bría de­cir­le». Pe­ro ha vi­vi­do la vi­da al má­xi­mo... Asien­te con la ca­be­za. «Sí. Yo no soy de esas per­so­nas que se arre­pien­ten de no ha­ber he­cho es­to o lo otro en la vi­da. Siem­pre he he­cho lo que he que­ri­do».

40 AÑOS DE DI­FE­REN­CIACuan­do se co­no­cie­ron, Pa­blo Pi­cas­so es­ta­ba con Do­ra Maar. Fra­nçoi­se Gi­lot te­nía 21 años y él, 61.

EL LE­GA­DO PA­TERNOClau­de, el hi­jo ma­yor de Gi­lot y Pi­cas­so, rom­pió con su pa­dre a los 15 años. Hoy di­ri­ge la Fun­da­ción Pi­cas­so.

UNA MU­JER AR­TIS­TAPi­cas­so in­ten­tó que los mar­chan­tes ve­ta­ran sus obras, pe­ro Fra­nçoi­se Gi­lot con­ti­nuó con su ca­rre­ra co­mo pin­to­ra.

PA­LO­MA, HI­JA Y CÓM­PLI­CEFra­nçoi­se aban­do­nó a Pi­cas­so y se lle­vó a los ni­ños. Con Pa­lo­ma, di­se­ña­do­ra de jo­yas, se lle­va muy bien.

CO­LEC­CIO­NIS­TA DE GE­NIOSSu úl­ti­mo ma­ri­do fue el in­ven­tor de la va­cu­na con­tra la po­lio, Jo­nas Salk. «Lo me­jor que te pue­de pa­sar es enamo­rar­te de una per­so­na in­te­li­gen­te».

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.