En por­ta­da.

ABC - XL Semanal - - SUMARIO - POR FER­NAN­DO GOI­TIA / FOTOS: PE­DRO WAL­TER

Entrevistamos a Juan, An­to­nio y Jo­se­mi Car­mo­na, los Ke­ta­ma, que vuel­ven a re­unir­se tras 14 años. Nos ha­blan so­bre su nue­va gra­ba­ción y de los motivos que los hi­cie­ron re­gre­sar.

Con es­pí­ri­tu fes­ti­vo y mu­cha gua­sa, es­tos tres gi­ta­nos abrie­ron el fla­men­co al pop y a los rit­mos la­ti­nos. Y arra­sa­ron. Sa­tu­ra­dos por el éxi­to di­sol­vie­ron Ke­ta­ma en 2004. Has­ta ha­ce un año. An­to­nio, el can­tan­te, su­frió un gra­ve pro­ble­ma de sa­lud y al des­per­tar en un hos­pi­tal les di­jo: «¡Te­ne­mos que vol­ver, com­pa­dres!». An­tes de lan­zar dis­co y echar­se a la ca­rre­te­ra se lo cuen­tan to­do –pe­ro to­do, to­do– en ex­clu­si­va a 'XLSe­ma­nal'. Sin des­per­di­cio.

por el fi­nal. Jo­se­mi le­van­ta su chu­pi­to y pro­po­ne un brin­dis. «Por nues­tra pri­me­ra en­tre­vis­ta jun­tos en más de 14 años». An­to­nio y Juan el Cam­bo­rio, sus pri­mos, se­cun­dan la ini­cia­ti­va. Tras dos ho­ras y me­dia de anéc­do­tas, re­cuer­dos, re­fle­xio­nes y mu­cha pe­ro que mu­cha gua­sa, los tres Car­mo­na es­tán fe­li­ces. «Bien­ve­ni­do al Club Car­mo­na», le di­ce Juan al pe­rio­dis­ta. «Vá­mo­nos a Ibi­za de juer­ga los cua­tro con una cá­ma­ra y se­gui­mos con­tán­do­te his­to­rias», aña­de An­to­nio. Los vi­drios re­sue­nan en­tre sus car­ca­ja­das ce­rran­do así la ci­ta con XLSe­ma­nal en una marisquería ma­dri­le­ña. Juan (58 años), An­to­nio (53) y Jo­se­mi (47) es­tán exul­tan­tes. La idea de re­unir a su ban­da les ron­da­ba des­de ha­cía tiem­po, sin aca­bar de de­ci­dir­se. Has­ta que, ha­ce un año, An­to­nio vi­vió un via­je trans­for­ma­dor tras ser em­pu­ja­do a un qui­ró­fano por una gra­ve in­fec­ción. Al des­per­tar, días des­pués, él y sus com­pa­dres to­ma­ron la de­ci­sión. Ahora aca­ban de gra­bar su pri­mer dis­co jun­tos des­de 2002 (a la ven­ta el 7 de di­ciem­bre) y en­tre fe­bre­ro y mayo abri­rán bo­ca con una gi­ra, or­ga­ni­za­da por Shows on De­mand, por 13 ciu­da­des (Bil­bao, Va­lla­do­lid, Za­ra­go­za...). Sa­ben que el mun­do ha cam­bia­do mu­cho des­de que di­sol­vie­ron el gru­po. Ellos, sin em­bar­go, si­guen sien­do los mis­mos.

XL. Lo pri­me­ro, ¿por qué vuel­ve Ke­ta­ma? An­to­nio:

Porque que­re­mos. «No es­ta­mos lo­cos [can­tan­do], que nos jun­ta­mos porque que­re­mos [car­ca­ja­das]». La idea lle­va ahí des­de que di­sol­vi­mos Ke­ta­ma, pe­ro nun­ca lle­ga­ba el mo­men­to. Pa­re­cía una mal­di­ción.

XL. Pe­ro ¿qué de­to­nó el re­en­cuen­tro? Jo­se­mi:

El pro­ble­ma de sa­lud que tu­vo An­to­nio. Na­da más des­per­tar, nos di­jo: «Me he lle­va­do un sus­to muy gran­de y, oye, te­ne­mos que jun­tar a Ke­ta­ma. ¿Có­mo lo veis?». Es­tu­vi­mos de acuer­do: «¡Te­ne­mos que to­car jun­tos de nue­vo, co­jo­nes!». Pe­ro sa­lió de él.

An­to­nio: Sí, pen­sé en qué co­sas son im­por­tan­tes: mis hi­jas, mi fa­mi­lia, mi ma­dre y mi gru­po; son mi esen­cia, mi raíz. Dios me da más de lo que me­rez­co.

XL. Regresan re­gra­ban­do su dis­co más exi­to­so, De akí a Ke­ta­ma. ¿No te­men de­cep­cio­nar a sus fans, que es­pe­ra­ban nue­vo ma­te­rial? An­to­nio:

Sí, nos la he­mos ju­ga­do, pe­ro que­ría­mos ha­cer las co­sas sin pri­sa. Son 16 años en bar­be­cho y no es plan de po­ner­nos a com­po­ner y sa­car de pron­to las ale­grías, los nu­dos y los la­men­tos que tie­ne ca­da uno. Ne­ce­si­ta­mos ir­nos em­pa­pan­do de nue­vo de Ke­ta­ma. Nos me­ti­mos al es­tu­dio por es­tar jun­tos, como una prue­ba, y ha ido de pu­ta ma­dre. Pe­ro he­mos ac­tua­li­za­do los arre­glos y aña­di­do unas can­cio­nes.

XL. ¿Y si re­sul­ta que la gen­te, en reali­dad, no os echa­ba de me­nos? Juan:

Pue­de ser, pe­ro el hue­co que de­ja­mos no lo ha lle­na­do na­die. Y to­do lo que nos lle­ga es po­si­ti­vo. Los mú­si­cos lle­van años dán­do­nos la pa­li­za. Manuel Ma­cha­do, el trom­pe­ta, me di­jo: «Mi ma­dre siem­pre me di­ce que os juntéis ya, que no seáis gi­li­po­llas» [car­ca­ja­das].

XL. Si tan­tas ga­nas te­níais de se­guir jun­tos, ¿por qué os se­pa­ras­teis? An­to­nio: Mi­ra, no­so­tros te­nía­mos una

empresa que ven­día mi­les de dis­cos, to­cá­ba­mos por to­dos la­dos y dá­ba­mos tra­ba­jo a mu­cha gen­te. Es di­fí­cil cerrar una so­cie­dad que ge­ne­ra tan­to di­ne­ro, pe­ro que­ría­mos ex­plo­rar ca­da uno por su cuen­ta y no es­pe­rar a los 50 y sen­tir, de pron­to, que te que­dan co­sas por ha­cer.

XL. Pe­pe Ha­bi­chue­la me con­tó que de no ser por él Ke­ta­ma no exis­ti­ría: «Mi hi­jo Jo­se­mi ven­día la­ca de uñas y mi so­brino An­to­nio va­sos por los ba­res. Los pu­se fir­mes. To­dos los días a las cua­tro a to­car. Ni fút­bol ni ná. Y Juan an­da­ba por ahí to­do agi­li­po­llao». Juan:

Agi­li­po­llao per­di­do [car­ca­ja­das]. Yo em­pe­cé con 16 años a to­car pal­mas y per­cu­sión con En­ri­que Mo­ren­te y con mi tío. Que me di­jo: «De­ja de ha­cer el gi­li­po­llas en el bar y, ven­ga, a ru­lar con no­so­tros». Me pu­so a to­car el laúd ocho ho­ras dia­rias un mes en­te­ro.

An­to­nio: Sí, nos edu­có muy bien. Yo em­pe­cé a ga­nar di­ne­ro con 12 o 13 años y me co­gió a tiem­po. Nos pu­so mu­cha mú­si­ca y nos em­pu­jó: «Tú to­ca la per­cu­sión, que se te da muy bien. Y es­cu­cha a Ravi Shankar y a Pe­pe Mar­che­na y a La Ni­ña de los Pei­nes y es­tos tan­gos y es­ta so­leá...». Y así nos tu­vo, ¡em­bru­ja­dos! No sa­lía­mos de la ca­sa. El tío Pe­pe siem­pre fue un trans­gre­sor. Lo re­cuer­do po­nien­do a Don Cherry, pa­pá de Ne­neh Cherry y tre­men­do trom­pe­tis­ta, a to­car fan­dan­gos de Huel­va con una sor­di­na.

XL. Y Juan Ha­bi­chue­la, vues­tro pa­dre y gran fi­gu­ra de la fa­mi­lia en­ton­ces, ¿qué pa­pel tu­vo en es­te desa­rro­llo mu­si­cal? Juan:

Él nos oía to­car y llo­ra­ba, pe­ro nun­ca se pa­ró con­mi­go a de­cir­me có­mo me­jo­rar ni a ani­mar­me. Era un se­ñor que es­ta­ba to­do el ra­to de via­je.

An­to­nio: Cuan­do yo na­cí, mi pa­dre es­ta­ba de gi­ra en Es­ta­dos Uni­dos, mi ma­dre le en­vió una fo­to y lue­go por te­lé­fono le pre­gun­tó: «¿Qué te pa­re­ce el ni­ño?». «Muy feo, Ma­til­de [car­ca­ja­das]. Es­toy muy fe­liz, pe­ro el ni­ño es muy feo». Me­nos mal que se lo di­jo por te­lé­fono, porque mi ma­dre...

Jo­se­mi: Es que el tío Juan era un fi­gu­rón que se ha­cía 120 fes­ti­va­les y se echó a la es­pal­da a to­da la fa­mi­lia. Yo lo veía como un se­ñor. Le obe­de­cía­mos a la pri­me­ra, y sin le­van­tar nun­ca la voz ni una mano. La fi­gu­ra del tío Juan era ne­ce­sa­ria, y para mi pa­dre el pri­me­ro; sin él, aque­llo hu­bie­ra si­do un caos.

An­to­nio: El tío Pe­pe era más cer­cano. Te pre­gun­ta­ba si te pa­sa­ba al­go en el co­le­gio y esas co­sas. Con 13

"NO SÉ SI LA GEN­TE NOS ECHA DE ME­NOS, PE­RO TO­DO LO QUE NOS LLE­GA ES PO­SI­TI­VO. NUES­TRO TROM­PE­TIS­TA SIEM­PRE RE­PE­TÍA: 'MI MA­DRE DI­CE QUE OS JUNTÉIS YA, ¡QUE NO SEÁIS GI­LI­PO­LLAS!'"

años, me di­jo: «A ver, An­to­nio, tó­ma­te una co­pi­ta, fú­ma­te un ci­ga­rri­to con­mi­go y cuén­ta­me qué te pa­sa». Mi pa­dre era más rec­to, in­cul­can­do dis­ci­pli­na que te ca­gas, aun­que tam­bién nos de­cía: «Yo no sir­vo para po­ner­me con vo­so­tros, como Pe­pe, pe­ro aquí me te­néis para lo que sea».

XL. Así se con­for­mó el clan de los Ha­bi­chue­la, con sus con­tra­pe­sos, ¿no? An­to­nio:

Sí, pe­ro el pri­me­ro de to­dos fue mi abue­lo José, el pri­mi­ti­vo Ha­bi­chue­la... Para que veas es­to que di­ces del clan, hu­bo una épo­ca en que se iba ca­da no­che a re­co­ger Ha­bi­chue­las por to­dos los ta­blaos de Ma­drid. Las Bru­jas, To­rres Ber­me­jas, Ca­fé Chi­ni­ta, Los Ca­nas­te­ros; en to­dos te­nía hi­jos, so­bri­nos, nie­tos o nue­ra. Iba con una va­ra y les cor­ta­ba la juer­ga de cua­jo. «¡Que ha lle­ga­do el abue­lo!». De­ja­ba a ca­da uno en su ca­sa y se iba a la su­ya.

XL. El fla­men­co ci­men­tó la fa­mi­lia... An­to­nio:

Bueno, es que so­mos gi­ta­nos y la fa­mi­lia es al­go muy fuer­te. Cuan­do mis pa­dres se ca­sa­ron, vi­vían en el Sa­cro­mon­te, allí arri­ba, y lo pri­me­ro que hi­zo mi abue­lo fue dar­les un pi­co y una pa­la para que se aden­tra­ran en la cue­va a ha­cer su pro­pia ha­bi­ta­ción. Ellos sí que pa­sa­ron fa­ti­gas para sa­car­nos ade­lan­te.

Jo­se­mi: Es­to es muy im­por­tan­te: va­lo­rar a los ma­yo­res, a los maes­tros y a los an­te­pa­sa­dos, que son quie­nes te abren los ca­mi­nos. Siem­pre es­tás en deu­da. Pe­ro ade­más, cuan­do mi pa­dre es­cu­cha­ba a Juan al laúd, se ali­men­ta­ba del so­ni­do que sa­ca­ba un cha­val de 16 años. Lo re­ci­bía como una sor­pre­sa y apren­día.

XL. Y a la ho­ra de la juer­ga, ¿quién se acues­ta an­tes, tú o tu pa­dre? Jo­se­mi: An­to­nio:

Mi pa­dre, mi pa­dre [se ríen].

To­da la fa­mi­lia es así. ¿Por qué crees que el abue­lo se iba con la va­ra?

Jo­se­mi: ¿Te acuer­das cuan­do nos lle­va­mos al tío Carlos del Can­de­la, a cues­tas en­tre tú y yo, a las 9 de la ma­ña­na? «Es­pe­ra», de­cía, y se po­nía a dar pal­mas en la ca­lle. ¡Te lo ju­ro por Dios! Y a mi pa­dre, una vez en Bar­ce­lo­na que per­dió dos avio­nes has­ta que Juan se lo lle­vó. Es que el fla­men­co es la no­che y hay una es­cue­la en la juer­ga fla­men­ca por la que tie­nes que pa­sar.

XL. Os li­cen­cias­teis en esa es­cue­la aún ado­les­cen­tes. ¿Os acor­dáis de al­go? Juan: An­to­nio:

Tam­po­co de mu­cho [car­ca­ja­das]. Yo era un cha­va­lín, 13 o 14 años, cuan­do em­pe­cé con ellos, de per­cu­sio­nis­ta y ¿tú sa­bes lo que era

"ME CA­SÉ CON UNA PA­YA, Y MI FA­MI­LIA Y LA DE ELLA ME DE­JA­RON DE HA­BLAR DU­RAN­TE DOS AÑOS, LOS ME­JO­RES DE MI VI­DA, JA­JA­JA", BRO­MEA AN­TO­NIO

ver a es­te, a Ray He­re­dia y a José So­to [la for­ma­ción ori­gi­nal de Ke­ta­ma]? Eran unos sal­va­jes. En­sa­yá­ba­mos en un ga­lli­ne­ro por Quintana y el ca­brón del Ray sol­ta­ba las ga­lli­nas por la ca­lle...

XL. Que de nom­bre os pu­sie­rais Ke­ta­ma [lo­ca­li­dad ma­rro­quí cé­le­bre por su can­na­bis] da una idea de por dón­de iban los ti­ros... Juan:

No sé de qué ha­blas. Ke­ta­ma fue por un pe­rro que... [car­ca­ja­das].

An­to­nio: Sí, un pe­rro al que le gus­ta­ba mu­cho el cés­ped [car­ca­ja­das].

Juan: Sí, nos tum­bá­ba­mos con él a ver las es­tre­llas y un día vi di­bu­ja­da en el cie­lo la pa­la­bra 'Ke­ta­ma' [car­ca­ja­das].

Jo­se­mi: Ima­gí­na­te lo que se me­tían en el cuer­po para ver aque­llo [car­ca­ja­das].

XL. Con tan­ta 'juer­ga fla­men­ca', ¿có­mo con­se­guis­teis man­te­ner el equi­li­brio? An­to­nio:

Por Juan, que es el ma­yor. Él fue res­pon­sa­ble de es­tos dos mo­co­sos. Juan: Es que cuan­do Ke­ta­ma des­pun­tó yo ya ha­bía vi­vi­do mis lo­cu­ras. Asu­mí mi pa­pel y me qui­té de to­do.

XL. Pe­ro ¿te ha­cían ca­so? Juan:

No [car­ca­ja­das]. Re­cuer­do una ac­tua­ción que es­tu­ve es­pe­ran­do a An­to­nio no sé cuánto en la puer­ta, con un mos­queo. «Es mi her­mano, pe­ro yo lo ma­to, lo ma­to». Yo soy muy cal­ma­do, nun­ca me pon­go ner­vio­so, pe­ro cuan­do me ha­cían una de esas...

XL. ¿Re­cor­dáis el día en que sen­tis­teis: «Lo he­mos con­se­gui­do»? Juan:

To­tal­men­te. Pa­la­cio de los Deportes de Ma­drid, 1995; 12.000 per­so­nas den­tro y otras 3000 en la ca­lle. Fue aca­bar el con­cier­to y los tres a llo­rar al cuar­to de ba­ño del ves­tua­rio.

An­to­nio: Des­bra­va­dos. Fue como si hu­bié­ra­mos ga­na­do la NBA.

Jo­se­mi: Nun­ca ha­bía­mos ac­tua­do an­te tan­ta gen­te. Y allí ha­bía­mos vis­to a Ca­ma­rón, Pa­co de Lu­cía y otros gran­des y siem­pre nos de­cía­mos: «¿Te ima­gi­nas lle­nar es­to un día?».

XL. ¿De­ja­ron de sa­lir a com­prar el pan? Juan:

Pues mi­ra, yo iba siem­pre a un hí­per, el pri­me­ro que se abrió en Ma­drid, en Le­ga­nés, y a par­tir de ahí ya no me de­ja­ban en paz. Pe­ro se­guí yen­do porque soy muy ca­be­zón.

An­to­nio: Sí, él y su BMW des­ca­po­ta­ble. Dis­cre­ti­to [car­ca­ja­das].

Juan: No, no, el 'cam­bo­mó­vil' fue des­pués, que me lo com­pré por mis ni­ños para pa­sear­nos por el Ras­tro.

XL. ¿Ser Ha­bi­chue­la les fa­ci­li­tó el ca­mino, que les gra­ba­ran un dis­co...? Juan:

¿Tú sa­bes quién le lle­vó nues­tra pri­me­ra ma­que­ta al di­rec­tor de Ario­la? ¡Pa­co de Lu­cía!

XL. Pe­ro su pri­mer dis­co sa­lió con Nue­vos Me­dios... Juan:

Sí, sí, pe­ro es­cu­cha. Al ca­bo de una se­ma­na me lla­ma Pa­co. «Juan, ¿qué te ha di­cho?». «No me ha di­cho ná». «¡Có­mo que no te ha di­cho ná! Es­ta gen­te es­tá sor­da, ¿o qué?». Pa­co de Lu­cía, ojo. Lla­ma al de Ario­la y le di­ce: «Tío, ¿no vas a gra­bar a es­ta gen­te? Es lo más in­no­va­dor. ¿No lo ves?». Así le di­jo. Bueno, pues lo es­cu­chó, di­jo que no y Pa­co le echó una bron­ca que te ca­gas.

XL. ¿Quie­res de­cir que ser Ha­bi­chue­la no sir­vió de na­da? Juan:

Cla­ro que sir­vió, porque ahí mi tío Pe­pe me co­gió la cin­ta y se la lle­vó a Ma­rio Pa­che­co, de Nue­vos Me­dios, que a ese sí que le gus­ta­ba la mú­si­ca. Fí­ja­te lo que na­ció allí: Pa­ta Ne­gra, la Au­ro­ra, el Fran­cés, Po­ve­da, Jorge Par­do, no­so­tros... Es­cu­chó la ma­que­ta, con tres te­mas, y di­jo: «¿Cuán­do gra­ba­mos?».

An­to­nio: Le pe­día­mos ade­lan­tos para ma­rihua­na e íba­mos a gra­bar con los ojos to­do achi­na­dos [car­ca­ja­das]. Era una épo­ca di­ver­ti­da, sin pre­sión. Lue­go nos fi­chó Uni­ver­sal, ven­di­mos un mi­llón de co­pias con De akí a Ke­ta­ma y, des­pués, con un dis­co que lle­gó a 300.000, nos di­je­ron: «Qué hos­tia os ha­béis da­do, chi­cos». ¡Pe­ro qué hos­tia ni que na­da! Y hoy con 20.000 eres dis­co de oro.

XL. ¿Iríais hoy a Ope­ra­ción Triun­fo? An­to­nio:

Sí, cla­ro. Es el úni­co pro­gra­ma don­de, al me­nos, pue­des ha­blar de mú­si­ca y to­car. El año pa­sa­do sa­lí en la te­le re­co­gien­do le­chu­gas. «Como eres un Ha­bi­chue­la...», me di­je­ron. Ha­la, a ha­blar de agri­cul­tu­ra [car­ca­ja­das].

Jo­se­mi: De OT han sa­li­do bue­nos ar­tis­tas, pe­ro, cla­ro, cuan­do ves a gen­te que va a la te­le un día y de re­pen­te tie­nen mi­les de fans, al­go te chi­rría.

XL. ¿No se­rá en­vi­dia? An­to­nio:

Pues igual, porque no veas la de fa­ti­gas que nos hu­bié­ra­mos aho­rra­do. Pe­ro no­so­tros, en vez de OT, te­nía­mos al Rock de Lu­xe [car­ca­ja­das]. Que mo­la­ba mu­cho, pe­ro lo leían cua­tro en­te­raos.

XL. An­tes de OT, TVE era el No­che de fies­ta, de José Luis Mo­reno, con ac­tua­cio­nes mu­si­ca­les, Es­ce­nas de ma­tri­mo­nio y des­fi­les de len­ce­ría...

An­to­nio: Es ver­dad. An­da que no se echa de me­nos aque­llo. Que sa­lía la mu­jer bur­bu­ja o un acró­ba­ta y, en me­dio, tú con las ma­ra­cas [car­ca­ja­das].

Juan: ¿Tú sa­bías que es­te de los mu­ñe­cos nos ve­tó en TVE? Nos cas­ti­gó porque un día, a la ho­ra de gra­bar, te­nía­mos a dos del co­ro sin ma­qui­llar y le di­ji­mos: «Es­pe­ra, que fal­tan dos». A los tres mi­nu­tos, ya lis­to, el tío nos suel­ta: «¡Ya no can­táis!». ¡Por tres mi­nu­tos! Era el due­ño de to­dos los pro­gra­mas y nos ve­tó dos años. Vol­vi­mos por Ber­tín, que le di­jo: «Tío, ¿qué te pa­sa con es­ta gen­te? Si son unos pe­da­zo de ar­tis­tas».

An­to­nio: Y ahí hi­ci­mos las pa­ces. Vino con seis guar­daes­pal­das, nos me­ti­mos to­dos al ja­cuz­zi y nos hi­ci­mos una fo­to de re­con­ci­lia­ción [car­ca­ja­das].

XL. ¿En se­rio?

An­to­nio: Bueno, más o me­nos. Me­jor pa­se­mos a otra co­sa [car­ca­ja­das].

XL. Sien­do Ha­bi­chue­la, ¿hu­bie­ra si­do un dra­ma no ha­ber sa­li­do mú­si­cos?

"NUES­TRO ABUE­LO SE IBA CA­DA NO­CHE CON UNA VA­RA A RE­CO­GER 'HA­BI­CHUE­LAS' POR LOS TA­BLAOS. EN TO­DOS TE­NÍA HI­JOS, SO­BRI­NOS, NIE­TOS... Y LES COR­TA­BA LA JUER­GA DE CUA­JO"

Jo­se­mi: Mi­ra, esa fue la gran lu­cha de mi ma­dre, que yo no si­guie­ra el ca­mino de la fa­mi­lia. Me apun­ta­ba a ju­do, a in­glés, a fút­bol para te­ner­me ale­ja­do de la gui­ta­rra. Has­ta el día en que le di­je que me ha­bían lla­ma­do de un ta­blao. «Con­si­gue el gra­dua­do es­co­lar, al me­nos». Fue bai­lao­ra y co­no­ce el per­cal.

An­to­nio: Yo hi­ce to­do lo po­si­ble para ale­jar a mis hi­jas de es­to. Les di una for­ma­ción que no tu­vi­mos no­so­tros, pe­ro, na­da, las dos es­tán can­tan­do. Ma­ri­na ha he­cho una co­sa muy bo­ni­ta con So­leá Mo­ren­te, para el Se­cre­ta­ria­do Gi­tano, para que la mu­jer se qui­te te­la­ra­ñas y se abra más al mun­do. Las gi­ta­nas siem­pre se han ocu­pa­do de la fa­mi­lia, en un se­gun­do plano, pe­ro tie­nen mu­cho que de­cir.

XL. ¿Vi­vi­ríais de la mú­si­ca de no ser por las Ha­bi­chue­la? An­to­nio:

No, se lo de­be­mos to­do a ellas.

Jo­se­mi: Lle­va­ron la fa­mi­lia ade­lan­te mien­tras ellos vi­vían la mú­si­ca. ¡Las que han te­ni­do que aguan­tar! La fuer­za y el or­den del clan Ha­bi­chue­la es­tá en las mu­je­res.

XL. Cuan­do les di­je­ron que se ca­sa­ban con pa­yas, ¿qué pa­só? An­to­nio:

Ahí no hu­bo dis­tin­cio­nes; ni la fa­mi­lia de ella ni la mía. Se pe­ga­ron dos años sin ha­blar­me. La me­jor épo­ca de mi vi­da [car­ca­ja­das].

Jo­se­mi: Sí, que tam­bién hay ra­cis­mo del gi­tano al pa­yo.

XL. ¿En su in­fan­cia vi­vie­ron un am­bien­te po­li­ti­za­do? Lo di­go porque Pe­pe to­ca­ba con Mo­ren­te, eti­que­ta­do de 'can­taor ro­jo'. Juan:

En ca­sa no, pe­ro a ellos los gri­ses les ro­dea­ban los tea­tros, porque Mo­ren­te can­ta­ba co­sas sub­ver­si­vas. Y mi tío, con la ca­ra blan­ca: «En­ri­que, can­ta otra co­sa, que nos van a dar» [car­ca­ja­das].

An­to­nio: En­ri­que te­nía mu­chos co­jo­nes: pe­día li­ber­tad, can­ta­ba con­tra Ca­rre­ro y, cla­ro, lo me­tie­ron en ca­na.

XL. ¿Fue como un tío para vo­so­tros? An­to­nio:

Como un tío es po­co. Si un día me ha­go un ta­tua­je, se­rá: «Ha­bi­chue­laMo­ren­te». Cuan­do mi pa­pa y mi tío se en­fa­da­ban, En­ri­que los unía.

Juan: A Mo­ren­te, como ar­tis­ta, na­die lo que­ría en Ma­drid y los pri­me­ros que di­je­ron que era una bes­tia fue­ron mis tíos Luis y Pe­pe. Él vi­vía en Mar­qués de Va­di­llo con su ma­dre y su her­ma­na y pa­sa­ba la Na­vi­dad en nues­tra ca­sa.

An­to­nio: ¿Sa­bíais que, cuan­do iba a pe­dir­le la mano a la Pe­lo­ta, lla­mó a mi pa­dre? «Juan, acom­pá­ña­me don­de es­tos gi­ta­nos a pe­dir la mano de mi mu­jer».

Yo no sa­bía eso.

Jo­se­mi: XL. Mo­ren­te fue qui­zá el fla­men­co que más su­frió a los pu­ris­tas... An­to­nio:

Pe­ro des­de el prin­ci­pio. Y cuan­do lan­zó Ome­ga con La­gar­ti­ja Nick, mu­cho se ca­brea­ron. Pe­ro fue la bom­ba.

Jo­se­mi: A mí me ale­gra ver a gen­te como Rosalía, trans­gre­dien­do sin com­ple­jos y triun­fan­do con su pro­pio plan.

XL. Sal­van­do las dis­tan­cias, en los ochen­ta vo­so­tros fuis­teis como una es­pe­cie de Rosalía para los pu­ris­tas del fla­men­co, al mez­clar­lo con pop, sal­sa... An­to­nio:

¡Hos­tia! Como Rosalía... La ver­dad es que tam­bién se nos echa­ron en­ci­ma los 'fla­men­có­li­cos'. Nos da­ban ca­ña que no veas. No nos de­ja­ban ir de Des­pe­ña­pe­rros p'aba­jo.

Jo­se­mi: So­mos la Rosalía de los ochen­ta, pe­ro en feos y con bar­ba [car­ca­ja­das].

An­to­nio: Yo me sien­to muy or­gu­llo­so de ella, porque la es­tán re­co­no­cien­do en to­do el mun­do y es ca­paz de ha­cer un éxi­to por so­leá y por bu­le­rías. Que trans­gre­de, pe­ro co­no­ce a La Ni­ña de los Pei­nes, el fla­men­co más pu­ro, al tiem­po que tie­ne esa ve­lo­ci­dad ma­ra­vi­llo­sa en la voz, que es lo que se lle­va ahora.

Juan: Y eso es bueno para to­dos. Siem­pre ha ha­bi­do po­lé­mi­ca. Pe­ro ca­da vez hay me­nos 'fla­men­có­li­cos' de esos. Que ven­ga un ice­berg y se los lle­ve por de­lan­te, como al Ti­ta­nic.

An­to­nio: Eso, el Gi­ta­nic [car­ca­ja­das]. Juan: Y di­gan lo que di­gan esos, el me­jor dis­co de la his­to­ria es Ho­me­na­je

a Chacón, de En­ri­que Mo­ren­te y Pe­pe Ha­bi­chue­la. Es­tá mal que lo di­ga yo, pe­ro a los jó­ve­nes nos des­cu­brió un mun­do nue­vo.

Jo­se­mi: Y la tri­lo­gía Como el agua, Ca­lle Real y Vi­vi­ré de Ca­ma­rón con Pa­co de Lu­cía y el To­ma­te, que mar­ca­ron una nue­va ma­ne­ra en el fla­men­co. Pa­co, Ca­ma­rón y En­ri­que pu­sie­ron el lis­tón tan al­to que han pa­sa­do más de 30 años y na­die los ha su­pe­ra­do. Q

"VEN­DI­MOS UN MI­LLÓN DE CO­PIAS CON 'DE AKÍ A KE­TA­MA' Y AL SI­GUIEN­TE, CON 300.000, NOS DI­JE­RON: «¡QUÉ LE­CHE OS HA­BÉIS DA­DO!». Y HOY TE DAN UN DIS­CO DE ORO CON 20.000"

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