Có­mo mi­rar un cua­dro. So­cie­dad, Pa­rís, de Max Beck­mann.

A Max Beck­mann los na­zis lo ex­pul­sa­ron de Ale­ma­nia. Pe­ro en el exi­lio con­ti­nuó con sus im­pac­tan­tes obras ex­pre­sio­nis­tas, que son como gri­tos y bo­fe­ta­das de­ses­pe­ra­das.

ABC - XL Semanal - - SUMARIO -

1. El te­ma: una fies­ta gro­tes­ca

La obra, ti­tu­la­da So­cie­dad, Pa­rís, mues­tra la fies­ta or­ga­ni­za­da en la Em­ba­ja­da de Ale­ma­nia en la ca­pi­tal fran­ce­sa con mo­ti­vo de la pri­me­ra ex­po­si­ción en la ciu­dad del ar­tis­ta Max Beck­mann. Asis­tie­ron po­lí­ti­cos, em­pre­sa­rios y aris­tó­cra­tas. En reali­dad, es­ta obra es otra re­pin­ta­da. Beck­mann te­nía ya otro lien­zo, ti­tu­la­do So­cie­dad, Frank­furt. Lo apro­ve­chó y re­pin­tó los ros­tros ha­cién­do­los aún más gro­tes­cos si ca­be.

2. El es­pa­cio: ago­bian­te y apre­ta­do

El te­cho del lu­jo­so es­pa­cio es tan ba­jo que pa­re­ce que los per­so­na­jes más al­tos se van a dar con­tra él con la ca­be­za. Trans­mi­te ago­bio. La pa­red del fon­do es­tá dis­tor­sio­na­da y re­cu­bier­ta con cua­dros col­ga­dos de for­ma irre­gu­lar; de ella pen­de un gran es­pe­jo en el que se re­fle­ja, de­for­ma­do, un candelabro. Un te­nor can­ta a to­do pul­món y, a su iz­quier­da, ca­si in­vi­si­ble, se ve a una pia­nis­ta con mo­ño sen­ta­da. La mul­ti­tud ig­no­ra a los mú­si­cos.

3. Los pro­ta­go­nis­tas: ¿una burla a Hitler?

Beck­mann re­tra­ta a gen­te real. En el cen­tro, con ros­tro se­rio, se ve a su ami­go el prín­ci­pe Karl An­ton Rohan; en el ex­tre­mo de­re­cho, el ban­que­ro Al­bert Hahn; el hom­bre cor­pu­len­to con ga­fas re­don­das es el his­to­ria­dor Paul Hirsch; y, a su iz­quier­da, apa­re­ce Paul Poi­ret, el mo­dis­ta. Los de­más son des­co­no­ci­dos, aun­que el pa­re­ci­do con Adolf Hitler del hom­bre con ros­tro os­cu­re­ci­do es evi­den­te. So­lo se mi­ran la mu­jer de na­ran­ja y el mo­dis­ta.

4. Co­lor: ne­gro so­bre blan­co

Pre­do­mi­nan las su­per­fi­cies ne­gras, gran­des y pla­nas, for­ma­das so­bre to­do por los tra­jes de los ca­ba­lle­ros, con sus pa­ja­ri­tas des­ta­can­do so­bre las ca­mi­sas. In­clu­so el co­lor de piel de las mu­je­res es atí­pi­ca­men­te blan­co: con­tras­ta con sus la­bios pin­ta­dos en ro­jo vi­vo y los to­nos na­ran­jas y ama­ri­llos del sa­lón y los mar­cos.

5. La com­po­si­ción: geo­mé­tri­ca

Tres gru­pos de per­so­na­jes pa­re­cen di­vi­dir el cua­dro en tres blo­ques ver­ti­ca­les, acen­tua­dos en la ba­se del cua­dro por el res­pal­do de los si­llo­nes. A la iz­quier­da, el gru­po del mo­dis­ta; en el cen­tro, el del prín­ci­pe con la mu­jer de ro­sa y el te­nor; y a la de­re­cha, el de Hitler y el ban­que­ro. La mi­ra­da cóm­pli­ce en­tre el mo­dis­ta y la mu­jer de na­ran­ja une los tres blo­ques.

6. La fies­ta: tris­te au­gu­rio

Ca­si to­dos los asis­ten­tes tie­nen una ex­pre­sión de­pri­mi­da. Beck­mann los pin­ta con mi­ra­da au­sen­te. Se cree que el em­ba­ja­dor de Ale­ma­nia en Fran­cia –que es el que es­tá sen­ta­do en la es­qui­na in­fe­rior de­re­cha con las ma­nos en la ca­be­za– ha­ce es­te ges­to apo­ca­líp­ti­co como un pre­sen­ti­mien­to so­bre la pu­jan­za del na­zis­mo en Ale­ma­nia: el cua­dro es de 1931.

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