En 2015, la ac­triz me­xi­ca­na Ka­te del Cas­ti­llo sal­tó a los ti­tu­la­res de to­do el mun­do por po­sar con el Cha­po Guz­mán, el nar­co más bus­ca­do en ese mo­men­to y hoy en pri­sión. La ac­triz cuen­ta to­das las claves de ese en­cuen­tro se­cre­to.

¿Có­mo se fra­guó el en­cuen­tro de Sean Penn y Ka­te del Cas­ti­llo con el nar­co más bus­ca­do del pla­ne­ta? En su caravana, en me­dio de un ro­da­je, la ac­triz me­xi­ca­na re­cons­tru­ye aquel epi­so­dio que pre­ci­pi­tó la de­ten­ción del Cha­po. To­do em­pe­zó con un tuit...

ABC - XL Semanal - - SUMARIO - POR FELIX HUTT / FO­TO­GRA­FÍA: JAY L. CLENDENIN

Una mu­jer al es­ti­lo de Lara Croft per­si­gue a un si­ca­rio del nar­co por el pa­tio de un mo­tel en la pe­que­ña ciu­dad co­lom­bia­na de Gi­rar­dot. La mu­jer sos­tie­ne su pistola con las dos ma­nos, aprie­ta el ga­ti­llo... y fa­lla. El hom­bre su­be a una mo­to y ace­le­ra. Ella lo mi­ra ale­jar­se con el ar­ma en al­to y el ce­ño frun­ci­do. Al ra­to, se la guar­da en los pan­ta­lo­nes y un gri­to des­ha­ce la es­ce­na. «¡Cor­ten!».

Ka­te del Cas­ti­llo es Te­re­sa Men­do­za, rei­na de la dro­ga, en la se­gun­da tem­po­ra­da de la te­le­no­ve­la La rei­na del

sur. Sus fans se agol­pan tras una cin­ta de se­gu­ri­dad, pe­ro su guar­daes­pal­das no per­mi­te que na­die se acer­que a ella. La di­va me­xi­ca­na es una ce­le­bri­dad en His­pa­noa­mé­ri­ca, pe­ro des­de su en­cuen­tro con el Cha­po, el 2 de oc­tu­bre de 2015, es tam­bién la mu­jer que en­tre­gó al po­de­ro­so ca­po de la dro­ga. El error de su vi­da.

En su caravana, Del Cas­ti­llo se qui­ta las bo­tas y se sien­ta an­te un pla­to con tres ro­da­jas de agua­ca­te, un par de ho­jas de le­chu­ga y qui­noa. Mien­tras co­me, re­ve­la que su país es pe­li­gro­so pa­ra ella des­de el asun­to con el Cha­po. Allí la per­si­guen las au­to­ri­da­des, ade­más de crí­ti­cas e in­sul­tos de lo más con­tun­den­tes. Sin em­bar­go, na­die la ha acu­sa­do de fal­sear los he­chos que se dis­po­ne a re­la­tar.

To­do em­pe­zó el 9 de enero de 2012. Del Cas­ti­llo vuel­ve a Los Án­ge­les tras un cru­ce­ro con sus pa­dres. Vi­ve allí des­de 2001, con su chihuahua, Lo­la, in­ten­tan­do abrir­se ca­mino en Holly­wood, pe­ro so­lo re­ci­be «pa­pe­les pa­ra la­ti­nas»: cria­das, co­ci­ne­ras, aman­tes... Abre una bo­te­lla de vino y en­tra en Twex­tra, una app que per­mi­te es­cri­bir ex­ten­sos tuits.

UN TUIT PA­RA EL CHA­PO

«Hoy quie­ro de­cir lo que pien­so y, pues al que le aco­mo­de, bien», arran­ca a es­cri­bir. Y ex­pli­ca por qué no cree en el ma­tri­mo­nio, pe­ro sí en el amor; por qué no cree en el cas­ti­go y sí en el bien; por qué no cree en el Pa­pa, el Va­ti­cano, la po­lí­ti­ca y las ins­ti­tu­cio­nes ni en la mo­no­ga­mia. Pa­ra rematar, aña­de: «Hoy creo más en el Cha­po Guz­mán que en los go­bier­nos que me es­con­den ver­da­des, aun­que sean do­lo­ro­sas; quie­nes es­con­den la cu­ra pa­ra el cán­cer, el si­da... pa­ra su pro­pio be­ne­fi­cio y ri­que­za. Se­ñor Cha­po, ¿no es­ta­ría pa­dre que em­pe­za­ra a tra­fi­car con el bien? ¿Con las cu­ras con­tra las en­fer­me­da­des, con co­mi­da pa­ra los ni­ños de la ca­lle, con al­cohol pa­ra los asi­los de an­cia­nos que no los de­jan pa­sar sus úl­ti­mos días ha­cien­do lo que se les pe­gue la re­ve­ren­da chin­ga­da; con tra­fi­car con po­lí­ti­cos co­rrup­tos y no con mu­je­res y ni­ños que ter­mi­nan co­mo es­cla­vos? [...]. Aníme­se, don, se­ría us­ted el hé­roe de hé­roes. Tra­fi­que­mos con amor, us­ted sa­be có­mo». Su tex­to apa­re­ce en Twit­ter a las 23:39.

Car­los Ma­rín, un pe­rio­dis­ta de la te­le­vi­sión me­xi­ca­na, cri­ti­ca con vi­ru­len­cia «las es­tu­pi­de­ces» que ha es­cri­to. ¿En qué es­ta­ba pen­san­do? ¿Có­mo se le ocu­rrió mos­trar sim­pa­tía por el cri­mi­nal más bus­ca­do del país? Re­por­te­ros y cá­ma­ras per­si­guen a su fa­mi­lia. Su pa­dre la re­cri­mi­na por su tuit. Sus ami­gos le pi­den que lo bo­rre.

Se­ma­nas más tar­de asis­te a una fies­ta en ca­sa del di­rec­tor Oli­ver Sto­ne. El pro­duc­tor Fer­nan­do Su­li­chín se acer­ca a ella. Es fan de su tra­ba­jo, le di­ce.

Él y Sto­ne han he­cho pe­lí­cu­las so­bre per­so­na­jes co­mo Fi­del Cas­tro y Hu­go Chá­vez. Su­li­chín es par­te del Holly­wood al que a Ka­te le gus­ta­ría ac­ce­der. «He leí­do tu tuit –le di­ce–. Si tie­nes con­tac­to con ese ti­po, ház­me­lo sa­ber».

EL CHA­PO MUE­VE FI­CHA

Dos años y me­dio des­pués, Ka­te re­ci­be un co­rreo de dos abo­ga­dos: al­guien quie­re ro­dar una pe­lí­cu­la con ella. Re­pre­sen­tan a Joa­quín Guz­mán Loe­ra,

Cha­po, in­qui­lino en­ton­ces de una pri­sión de al­ta se­gu­ri­dad.

El 29 de sep­tiem­bre de 2014 la ac­triz vue­la en avión pri­va­do a Toluca, cer­ca de Ciu­dad de Mé­xi­co. An­tes de des­pe­gar, fo­to­gra­fía la ma­trí­cu­la y se la en­vía a una ami­ga. Los abo­ga­dos le di­cen que el Cha­po la ad­mi­ra y desea que se ha­ga una pe­lí­cu­la so­bre su vi­da; tie­ne ofer­tas, pe­ro quie­re ce­der­le los de­re­chos. Del Cas­ti­llo se sien­te ha­la­ga­da, le ofre­cen en ex­clu­si­va la his­to­ria que to­dos quie­ren ro­dar. A su vuel­ta in­for­ma a Su­li­chín, que le pre­sen­ta al pro­duc­tor Jo­sé Ibá­ñez. Por fin tra­ba­ja en al­go con sen­ti­do. Sue­ña con ha­blar ca­ra a ca­ra con el Cha­po.

Po­co des­pués, el Cha­po le es­cri­be des­de la cár­cel: «Ami­ga, no pue­do pa­gar­te to­do lo que has he­cho por mí». Le da las gra­cias por su tuit, le di­ce que quie­re que la pe­lí­cu­la se ha­ga co­mo ella con­si­de­re con­ve­nien­te y el 9 de enero de 2015 le ce­de los de­re­chos so­bre la his­to­ria de su vi­da. En otra car­ta le cuen­ta que en Na­vi­dad co­mió pa­vo y una Co­ca-Co­la, que vol­vió a ver La rei­na del sur, que se sa­be de me­mo­ria los 63 ca­pí­tu­los y que ella es­tá fan­tás­ti­ca.

Un día, Ka­te re­ci­be un co­rreo de los abo­ga­dos del Cha­po. El nar­co­tra­fi­can­te la ad­mi­ra y quie­re ce­der­le, en ex­clu­si­va, los de­re­chos pa­ra ha­cer una pe­lí­cu­la so­bre su vi­da

El 11 de ju­lio, Ka­te asis­te a una ve­la­da de bo­xeo en Los Án­ge­les.

En un bar ve al Cha­po en te­le­vi­sión des­apa­re­cien­do al en­trar en la du­cha de su cel­da. Se ha fu­ga­do por un tú­nel de un ki­ló­me­tro y me­dio. «¡Lo es­toy fes­te­jan­do!», le es­cri­be uno de los abo­ga­dos. «¡Y yo más!», res­pon­de.

Ami­gos su­yos di­cen que Ka­te no pien­sa mu­cho en las con­se­cuen­cias de sus ac­tos; ha­ce y di­ce lo que le pa­sa por la ca­be­za y nun­ca rec­ti­fi­ca. Le pre­gun­ta­mos si no ve mal in­ter­cam­biar men­sa­jes con un ase­sino o ale­grar­se por su fu­ga y se sien­te ata­ca­da. Di­ce que los es­cri­bió con bue­na in­ten­ción. «No soy bo­ba, sé lo que el Cha­po ha he­cho y no hay que exa­ge­rar. ¡Que tam­po­co le com­pré dro­ga! So­lo que­ría ha­cer una pe­lí­cu­la so­bre él».

En una co­mi­da, Su­li­chín le pre­sen­ta a Sean Penn. Con él se­rá más fá­cil atraer in­ver­so­res. Ka­te se sien­te al fin den­tro de Holly­wood. Vuel­ve a re­unir­se con los abo­ga­dos y le en­tre­gan una

Black­berry con un PIN. Ya tie­ne ac­ce­so di­rec­to al hom­bre por cu­yo pa­ra­de­ro se ofre­ce una re­com­pen­sa de cin­co mi­llo­nes de dó­la­res. ¿QUIÉN ES ESE SEAN PENN? Del Cas­ti­llo le pre­gun­ta al ca­po si pue­den ver­se. «Ami­ga –le res­pon­de–, ten­go mu­chas ga­nas de co­no­cer­te y lle­gar a ser muy bue­nos ami­gos. Eres lo me­jor de es­te mun­do […]. Te cui­da­ré más que a mis ojos». La ac­triz con­tes­ta: «Me mue­ve de­ma­sia­do que

me di­gas que me cui­das, ja­más na­die me ha cui­da­do».

El Cha­po no tie­ne es­tu­dios, sus men­sa­jes son cor­tos y sen­ci­llos. Tam­po­co sa­be quién es Sean Penn. Sus abo­ga­dos le ex­pli­can que es el ex­ma­ri­do de Ma­don­na. El Cha­po le di­ce a Ka­te que no hay pro­ble­ma si quie­re traer­se al ac­tor y a los dos pro­duc­to­res. Sus abo­ga­dos se lo des­acon­se­jan, des­con­fían de los grin­gos. Pe­ro el Cha­po se fía de su nue­va ami­ga. «No soy to­ma­dor, pe­ro to­ma­ré del te­qui­la que trae­rás y cham­pa­ña», le

«No soy bo­ba, sé lo que el Cha­po ha he­cho, pe­ro no hay que exa­ge­rar. ¡Que tam­po­co le com­pré dro­ga! So­lo que­ría ha­cer una pe­lí­cu­la so­bre él» Tras la de­ten­ción del Cha­po, sus men­sa­jes con él se fil­tran. Se di­ce que Ka­te y el nar­co eran pa­re­ja, que ella es­pe­ra un hi­jo de él... Se emi­te una or­den de de­ten­ción. La ac­triz lle­va tres años sin pi­sar su país

es­cri­be. Que­dan en ver­se una se­ma­na más tar­de.

Un día an­tes de em­pren­der via­je, Ka­te in­vi­ta a Penn a su ca­sa. La ac­triz es due­ña de una te­qui­le­ría y or­ga­ni­za una de­gus­ta­ción. Penn cuen­ta anéc­do­tas de Bran­do, Pa­cino y De Ni­ro. Ka­te lo en­cuen­tra en­can­ta­dor. Él se des­ha­ce en ha­la­gos ha­cia ella. Am­bos com­par­ten un se­cre­to. En unas ho­ras se ve­rán con el hom­bre más bus­ca­do. CO­MIEN­ZA EL VIA­JE SE­CRE­TO El 2 de oc­tu­bre de 2015, vier­nes, Ka­te del Cas­ti­llo, Sean Penn y los dos pro­duc­to­res des­pe­gan de un pe­que­ño ae­ro­puer­to cer­ca de Los Án­ge­les. El Cha­po se es­con­de en al­gún lu­gar en las mon­ta­ñas de Sinaloa.

Ate­rri­zan en Gua­da­la­ja­ra y se di­ri­gen al ho­tel, don­de aguar­dan los abo­ga­dos del Cha­po y uno de sus hi­jos. De­jan allí el equi­pa­je y los mó­vi­les, se di­ri­gen a un pe­que­ño ae­ró­dro­mo y suben a dos avio­ne­tas. Al vue­lo de dos ho­ras le si­gue un via­je de sie­te más por te­rreno mon­ta­ño­so cu­bier­to de bos­ques en com­pa­ñía de si­ca­rios. Del Cas­ti­llo es la úni­ca mu­jer del gru­po.

Cae la no­che cuan­do el con­voy se de­tie­ne. Ka­te del Cas­ti­llo se ba­ja del co­che y ahí es­tá el Cha­po, más ba­ji­to de lo que pen­sa­ba, afei­ta­do, con ca­mi­sa y va­que­ros. «Ami­ga, bien­ve­ni­da, se­gu­ro que tie­nes hambre», le di­ce. Se mues­tra muy aten­to, le pre­gun­ta cons­tan­te­men­te si ne­ce­si­ta al­go más, si tie­ne frío, le re­lle­na el va­so, in­clu­so le co­lo­ca la si­lla cuan­do se sien­ta. LA EN­TRE­VIS­TA DE SEAN En una me­sa al ai­re li­bre co­men ta­cos, be­ben te­qui­la y char­lan ro­dea­dos de hom­bres ar­ma­dos. Al ra­to, Penn pi­de a Del Cas­ti­llo que le di­ga al Cha­po que ha ve­ni­do pa­ra ha­cer­le una en­tre­vis­ta por en­car­go de Ro­lling Sto­ne.

El te­mi­ble ca­po de la dro­ga mi­ra a Ka­te con ojos in­qui­si­ti­vos. Se su­po­ne que iban a ha­blar de la pe­lí­cu­la. La ac­triz es­tá fu­rio­sa, pe­ro se con­tie­ne. El nar­co pre­gun­ta a uno de sus hi­jos si co­no­ce la re­vis­ta. Le con­tes­ta que sí. «Okay, va­mos», di­ce. Ka­te ha­ce de in­tér­pre­te. Penn y el Cha­po ha­blan de Ve­ne­zue­la, del Go­bierno me­xi­cano, de su vi­da co­mo fu­gi­ti­vo... Penn pro­me­te de­jar­le leer el ar­tícu­lo an­tes de pu­bli­car­lo y le pi­de una fo­to jun­tos, co­mo prue­ba del en­cuen­tro. Am­bos ac­to­res po­san con el Cha­po en me­dio, co­mo dos fans que han con­ven­ci­do a su ído­lo pa­ra ha­cer­se un sel­fie. Des­pués, el Cha­po acom­pa­ña a la ac­triz a su ha­bi­ta­ción y le da las gra­cias por el me­jor día de su vi­da.

Ka­te del Cas­ti­llo y Sean Penn re­gre­san a Los Án­ge­les al día si­guien­te. Penn la abra­za. A par­tir de ahí, Ka­te em­pie­za a lla­mar­lo «amor», lo vi­si­ta en su ca­sa de Ma­li­bú, co­no­ce a sus hi­jos, lo ayu­da a tra­du­cir; Penn tie­ne más pre­gun­tas pa­ra el Cha­po y ella se las man­da por la Black­berry. La pe­lí­cu­la de­be es­pe­rar. Penn di­rá más tar­de que, des­de el prin­ci­pio, le di­jo a la ac­triz que so­lo que­ría ver al Cha­po por su ar­tícu­lo. Que nun­ca le ha­bía in­tere­sa­do ha­cer una pe­lí­cu­la. Del Cas­ti­llo ase­gu­ra que la uti­li­zó. HUI­DA POR LA AL­CAN­TA­RI­LLA Cua­tro días des­pués de su en­cuen­tro, Del Cas­ti­llo re­ci­be un men­sa­je del Cha­po. El ejér­ci­to dispara des­de he­li­cóp­te­ros a sus hom­bres y a los cam­pe­si­nos. Los res­pon­sa­bles de se­gu­ri­dad me­xi­ca­nos y es­ta­dou­ni­den­ses lle­van tres me­ses tras él. Es­ta­ban in­for­ma­dos del via­je, los fo­to­gra­fia­ron en el ae­ro­puer­to de Gua­da­la­ja­ra y es­pia­ron sus co­mu­ni­ca­cio­nes. To­do apun­ta a que su vi­si­ta ayu­dó a des­cu­brir el pa­ra­de­ro del Cha­po. El nar­co es­ca­pa y se es­con­de en una ca­sa en Los Mo­chis, al nor­te de Sinaloa.

El 8 de enero de 2016, ma­ri­nes me­xi­ca­nos asal­tan la ca­sa. El Cha­po es­ca­pa por un pa­sa­di­zo, sa­le a la ca­lle por una al­can­ta­ri­lla y echa a co­rrer en ca­mi­se­ta. In­ten­ta huir en un co­che, pe­ro es de­te­ni­do. Tras su cap­tu­ra, la fis­cal ge­ne­ral de Mé­xi­co ex­pli­ca que la ope­ra­ción ha si­do po­si­ble gra­cias a la vi­si­ta de dos es­tre­llas de Holly­wood.

En las se­ma­nas pos­te­rio­res, Ka­te se es­con­de en su ca­sa. Sus men­sa­jes con el nar­co­tra­fi­can­te se fil­tran a la pren­sa. Se di­ce que eran pa­re­ja, que es­pe­ra un hi­jo de él... Las au­to­ri­da­des me­xi­ca­nas la acu­san de obs­truc­ción a la Jus­ti­cia y la­va­do de di­ne­ro. El FBI re­gis­tra su ca­sa y con­fis­ca su por­tá­til y su mó­vil. Se emi­te una or­den de de­ten­ción. Si en­tra en Mé­xi­co, pue­de aca­bar en la cár­cel.

Ka­te del Cas­ti­llo lle­va ya tres años sin ir a su país. Tra­ba­ja, so­bre to­do, en Co­lom­bia y ven­de la his­to­ria de su en­cuen­tro con El Cha­po co­mo si fue­ra una pe­lí­cu­la. En los talks­hows te­le­vi­si­vos cuen­ta que nun­ca man­tu­vie­ron re­la­cio­nes se­xua­les, y que con Sean Penn sí tu­vo se­xo, pe­ro no una re­la­ción sen­ti­men­tal. La ac­triz ha­bla co­mo si tu­vie­ra un acuer­do con el cár­tel: vo­so­tros no me ha­céis na­da y, a cam­bio, yo no ha­blo mal de vues­tro je­fe. Di­ce que por cul­pa de su en­cuen­tro con él ha per­di­do su li­ber­tad. Lo que no di­ce es que ha en­con­tra­do el pa­pel de su vi­da.

EL TRÍOEl Cha­po en­tre Sean Penn y Ka­te del Cas­ti­llo, en oc­tu­bre de 2015.

LA DI­VAKa­te del Cas­ti­llo en Los Án­ge­les, don­de vi­ve con su chihuahua, Lo­la. EL TRI­BU­NAL Cor­te Fe­de­ral de Brooklyn, don­de se juz­ga al te­mi­do nar­co me­xi­cano.

LA ES­TRE­LLA Un dia­rio me­xi­cano in­for­ma so­bre la ci­ta en­tre Sean Penn y el Cha­po.

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