"Al­gu­nos ra­pe­ros me pa­re­cen cre­ti­nos. Pe­ro, si se pa­san, una mul­ta, no a la cár­cel "

Emi­lio Martínez-Lá­za­ro Ma­drid, 1945. Soy di­rec­tor, pro­duc­tor y guio­nis­ta de ci­ne. Mi nueva pe­lí­cu­la, 'Mia­mor per­di­do', con Da­ni Ro­vi­ra y Mi­che­lle Jen­ner, es mi co­me­dia más ro­mán­ti­ca.

ABC - XL Semanal - - ELLA&ÉL -

XLSe­ma­nal. Mia­mor es un ga­to.

Emi­lio Martínez-Lá­za­ro. Sí, que apa­re­ce cuan­do se lle­van bien y des­apa­re­ce cuan­do se lle­van mal. Cuan­do se rom­pe la pa­re­ja, el ga­to se mue­re; y re­su­ci­ta cuan­do de­jan de pe­lear­se. Lo ma­lo es que, cuan­do se re­con­ci­lian, lo ma­tan otra vez [ríe].

XL. ¿Es fá­cil 'di­ri­gir' a un ga­to? E.M.-L. Im­po­si­ble. Tie­ne una vi­da pro­pia que so­lo co­no­ce él. Ade­más, no en­tien­de el cas­te­llano, so­lo el va­len­ciano [ríe]. Es una co­ña que apre­cia­rán en Va­len­cia, por­que el ga­to bu­fa cuan­do Mi­che­lle di­ce que Da­ni tie­ne acen­to ca­ta­lán. XL. Los pro­ta­go­nis­tas se dan mu­cha ca­ña... E.M.-L. Sí, quie­ren rom­per co­mo sea con la tra­di­ción de las pa­re­jas eter­nas, por­que sa­ben, por ex­pe­rien­cia, que el amor en pa­re­ja es muy do­lo­ro­so. Por eso boi­co­tean su re­la­ción con­ti­nua­men­te.

XL. ¿Pen­só que Ocho ape­lli­dos ca­ta­la­nes re­pe­ti­ría el éxi­to de Ocho ape­lli­dos vas­cos?

E.M.-L. Al prin­ci­pio, no; me di­je­ron que la iba a jo­der por el fo­llón que ha­bía con lo de la in­de­pen­den­cia. Pe­ro lue­go des­cu­brí que es­tu­vi­mos sem­bra­dos, que fui­mos lis­tos de co­jo­nes y más es­pa­bi­la­dos que la ma­yo­ría de los pro­fe­sio­na­les, por­que la gen­te es­ta­ba desean­do que se di­je­ra que eso de la in­de­pen­den­cia les im­por­ta un hue­vo. Ocho ape­lli­dos vas­cos es la pe­lí­cu­la más ta­qui­lle­ra del ci­ne es­pa­ñol, pe­ro la de los ca­ta­la­nes tu­vo ca­si el mis­mo éxi­to: es la ter­ce­ra. Al ver la au­dien­cia que tu­vo en te­le­vi­sión, Pao­lo Va­si­le me di­jo: «¡Eres Dios!» [ríe].

XL. Des­pués de esos dos exi­ta­zos, ¿te­me no cum­plir las ex­pec­ta­ti­vas con Mia­mor...? E.M.-L. No: sé bien que ese fe­nó­meno de Los ape­lli­dos... no se vol­ve­rá a re­pe­tir. XL. Las tres cin­tas son his­to­rias de amor. E.M.-L. Sí, al fi­nal pri­ma el ro­man­ti­cis­mo. Yo quie­ro que la gen­te sal­ga con­ten­ta del ci­ne, no con un re­gus­to amar­go. Por eso, pa­ra mí es im­pres­cin­di­ble que la co­me­dia ro­mán­ti­ca ten­ga fi­nal fe­liz; si vas a dar un ha­cha­zo, no la lla­mes 'co­me­dia'.

XL. Di­cen los có­mi­cos que el po­der aguan­ta mal el hu­mor y que se lo per­si­gue. E.M.-L. No lo sien­to así, pe­ro me pa­re­ce in­creí­ble que ha­ya gen­te en la cár­cel por de­cir cual­quier bar­ba­ri­dad. Se tie­nen que po­der de­cir las co­sas den­tro y fue­ra del hu­mor, sin ti­pi­fi­car­las en el Có­di­go Pe­nal. Al­gu­nos ra­pe­ros me pa­re­cen cre­ti­nos, par­to de ahí: di­cen bar­ba­ri­da­des pa­ra mo­les­tar. Bien, si se pa­san que les pon­gan una mul­ta, no se pue­de de­cir de to­do pú­bli­ca­men­te; pe­ro de ahí a que un juez los me­ta en la cár­cel hay mu­cha di­fe­ren­cia. Sé qué es su­frir pre­sio­nes y cen­su­ras en el fran­quis­mo... y la ac­tual ley mor­da­za es una vuel­ta a esas co­sas.

Con ga­nas de mo­jar «To­mo un ca­fé con le­che y dos crua­sa­nes sin tos­tar y sin man­te­qui­lla ni mer­me­la­da… ¡A pe­lo! Pa­ra po­der mo­jar­los en el ca­fé».

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