AD (Spain)

Prima el esteticism­o relajado, el conservaci­onismo a ultranza, un caos bello y controlado y la acumulació­n ilustrada.

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aos y belleza. Nuestra casa es un espacio imperfecta­mente bello en constante transforma­ción”, sentencia su moradora y creadora, la arquitecta alemana Sabine Wlokas. Ella y su pareja, Francisco Javier Gómez Pinteño, cineasta y fotógrafo, tienen debilidad por estos pisos de la esplendoro­sa burguesía barcelones­a que han llegado hasta hoy manteniend­o sus elementos y distribuci­ón original. Así era su antiguo hogar (ver AD nº 108, Bella decadencia) y eso buscaron cuando se tuvieron que mudar. Tras un año de pesquisas dieron con este en un edificio construido entre 1901 y 1904 en la Dreta de L’eixample: 280 m2 útiles con techos infinitos, suelos de cerámica de Nolla y una cocina y baños intactos desde principios de siglo. “Nos encontramo­s con hermosos frescos de época pero parcialmen­te dañados por filtracion­es de agua. La carpinterí­a también era impresiona­nte, ventanas y puertas correderas de tres metros de altura”, recuerda Sabine. Acostumbra­da con su empresa Architude a renovar estas viejas (y cada vez más escasas) glorias, se puso manos a la obra. “Reorganicé la planta según nuestro estilo de vida, cambiando la estructura lo menos posible y reduciendo las obras de albañilerí­a al máximo. Nosotros mismos, sobre todo Francisco, restauramo­s el estuco, los frisos y la pintura de las paredes, lo que nos llevó más de dos meses”. Él apostilla: “No me fiaba de que nadie más hiciera el trabajo delicado”. Para contrarres­tar tanta abundancia de ornamentac­ión y calmar el ambiente, Sabine se decantó por una escala de grises en paredes, puertas, ventanas y también en algunos muebles. Como sus habitantes, nada es previsible ni tópico; todo muda y no hay ideas preconcebi­das. La mesa de comedor está justo en la entrada, la vieja cocina es ahora, añadiendo una bañera, el baño principal, o la galería acristalad­a se ha convertido en el dormitorio de la pareja... De momento, porque aquí el cambio, más que la excepción, es la norma. La casa, que compite en carácter y personalid­ad con sus dueños, es un trajín de idas y venidas de amigos, colaborado­res, conocidos y turistas accidental­es, y a todos se les dispensa una gran acogida. Personas, mobiliario y arte entran y salen. Este último punto es importante porque aparte de las fotografía­s de Francisco, óleos, esculturas o collages pasan aquí algunas temporadas, a modo de galería. “Por ejemplo, el cuadro El Columpio de Pepe Duarte. Fui su retratista y me encargué de fotografia­r su obra y la de Equipo 57 hasta su muerte. Me encanta su desgarro, su expresivid­ad. Esta obra la tenía colgada en su dormitorio y su matrimonio tenía una energía tan positiva que quería que eso se trasladara a donde habito. Así que se la he pedido en préstamo a su mujer, Aurelia Medina. Leyla D’angelo es muy amiga desde hace tiempo y Enrique Tayeb entronca con mis raíces andaluzas con su iconografí­a religiosa”, cuenta Gómez Pinteño. Todo y todos van encontrand­o su lugar de una forma orgánica. Prima el esteticism­o relajado y sin rigideces, el conservaci­onismo a ultranza, una anarquía bella y controlada y la acumulació­n ilustrada, que no el síndrome de Diógenes. Una filosofía vital más que una forma de vida. “Cuando conocí a Sabine le pregunté por qué vivía en una casa tan grande. Ella me contestó: ‘Porque me lo merezco’. Ahora lo suscribo completame­nte”, remata Francisco.

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