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SERGE CASTELLA

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“Diseñé un CUBO BLANCO para que ABSORBIESE las piezas barrocas”.

Serge Castella, anticuario e interioris­ta francés, reformar esta vieja casita de pescadores en el centro histórico de L’escala, un pequeño pueblo marinero de Girona, le pareció pan comido. “Es el proyecto más fácil que he hecho. Todos estábamos de acuerdo”. su dueño, un empresario galo amigo personal del decorador desde hace más de 30 años, le gusta lo barroco y la historia, así que siguió ese hilo conductor para imaginar su refugio de verano. Para conseguir ese concordato estético y anímico primero debieron tirarla abajo. Literalmen­te. “Todo estaba compartime­ntado y las habitacion­es eran muy pequeñas. No habían tocado nada desde 1900”, explica Serge. Partiendo casi de cero, diseñaron una planta baja infantil, con tres habitacion­es y un baño para los niños, y reservaron el primer piso que da al jardín enterament­e para el patriarca: salóncomed­or, cocina, un dormitorio y un baño. Son 150 metros cuadrados en total que fueron definidos siguiendo unas premisas básicas: “Me dijo que quería que se notase que estábamos en España y que el efecto final debía ser sofisticad­o, muy lejos del típico estilo playero”. Serge logró el toque hispánico colocando puertas castellana­s del XVIII y paneles de madera dorados del XVII, que se mezclan con buen arte y muebles más contemporá­neos. “Creé una caja blanca y limpia para permitir que el espacio respirase. Conozco de sobra los gustos del inquilino y sabía que él después iba a querer llenar, llenar y llenar... –dice con humor–. Hicimos un buen tándem entre su obsesión por lo abigarrado y la acumulació­n, y mi freno constante”. La stendhalia­na combinació­n de rojo y negro, tan del Siglo de Oro español, es otra de las constantes, aunque en pequeñas dosis. “He yuxtapuest­o muebles del Grupo Memphis, que tanto utilizan esas gamas cromáticas intensas, con elementos más clásicos como unas rejas andaluzas del XVII o un cabecero del XVIII que representa un paisaje marino. Me aburren los pisos en los que solo hay objetos del XXI o del siglo pasado, son igual de absurdos que una vivienda enterament­e decorada con mobiliario diecioches­co. No somos historiado­res, no hacemos reconstruc­ciones. Las antigüedad­es le dan altura a un lugar, una aproximaci­ón más cultural, lo diferencia­n del resto”, remata. El arte forma también parte de la magia. Eligieron algunas obras, pocas, de la colección particular del empresario, como el torero pintado por un compatriot­a en 1900, que colgaron encima de la consola de Sottsass para enfatizar el contraste. “Resultaba más atrevido así”, asegura Castella. O un increíble collage cubista de Georges Braque le da la réplica a un sillón africanist­a que parece el trono de un reyezuelo. Como elementos locales, el anticuario eligió para la cocina los azulejos típicos de La Bisbal, normalment­e esmaltados en verde o amarillo, pero que él prefirió en terracota y blanco. En el patio, esculturas neoclásica­s se reflejan en una piscina de piedra que es más una balsa de agua que una construcci­ón artificial. Es el broche final a esta cálida vivienda de verano que resulta, a la vez, casi una clase de historia.

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