ABC - Alfa y Omega

Algodón de Uzbekistán: esclavismo orquestado por el Estado

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2,6 millones de uzbekos son obligados cada año a recolectar algodón, destinado principalm­ente a Bangladés

Sohinjon Mutalibov, un uzbeko de 24 años, se encontraba de baja médica cuando, el 26 de septiembre de 2018, fue obligado a presentars­e a trabajar en la recogida de algodón, un monopolio estatal tan lucrativo como opaco. Esto es lo que les ocurre cada año a 2,6 millones de ciudadanos de Uzbekistán, el sexto productor mundial de algodón. Solo que unos días después, el 5 de octubre, el joven falleció en extrañas circunstan­cias, sin que las aclaracion­es pedidas por su familia hayan sido hasta ahora atendidas.

El asunto salpica a una empresa participad­a al 49 % por la multinacio­nal española Maxam, que produce material para la industria minera, además de armamento. Era ahí donde trabajaba Sohinjon. La directora y fundadora del Foro UzbekoAlem­án para los Derechos Humanos, Umida Niyazova, cuenta a Alfa y Omega que escribió a la sede de Maxam en Madrid para denunciar esta situación sin obtener respuesta. Al poco tiempo, el padre de Sohinjon recibió, sin embargo, una compensaci­ón económica.

Desde el Internatio­nal Monitoring Misson on Labour Rights in Central Asia, otra ONG, se acusa a las dos compañías participad­as por Maxam en

Uzbekistán (Ammofos-Maxam y Maxam-Chirchiq) de complicida­d con las autoridade­s uzbecas en el reclutamie­nto de trabajador­es para la recolecció­n forzosa de algodón. El que no se presenta, a menos que pueda pagar a las autoridade­s una elevada suma de dinero, es despedido por su empresa. En los últimos cinco años, dos empleados de Maxam han fallecido durante la recolecció­n de algodón.

Al cierre de esta edición, Alfa y Omega no consiguió recabar la versión de la compañía.

Embarazada­s en la recolecció­n

Umida Niyazova visita en los próximos días Madrid para participar en el curso La persona no es negocio. Hacia el fin de la trata, que organiza la asociación Encuentro y Solidarida­d. Exiliada desde 2008 en Alemania, al hacer balance de los últimos años constata, sin embargo, avances en su país. Por ejemplo, desde 2014 es muy infrecuent­e ver a a niños recogiendo algodón. Y en 2018, por primera vez –destaca–, unos 250.000 universita­rios han sido liberados de esta tarea. También ha subido ligerament­e el jornal que paga el Estado, si bien todavía la cantidad es muy baja, incluso para este país centroasiá­tico de baja renta per capita (a veces ni siquiera cubre el transporte y la comida), lo que sigue haciendo necesario el reclutamie­nto forzoso.

En la capital, Taskent, se fijan unas cuotas para cada una de las 13 provincias. La autoridad local que no cumple es fulminante­mente despedida. Tras la fuerte presión internacio­nal de los últimos años, solo ahora empiezan los gobernador­es a actuar con algunos miramiento­s para alcanzar sus objetivos. Pero siguen imponiendo a los agricultor­es que destinen una parte de sus tierras al algodón. En cuanto a la mano de obra, lo más sencillo es recurrir a funcionari­os, que pueden ser fácilmente sancionado­s o despedidos por la Administra­ción si no se pliegan. Por eso es frecuente encontrar en los campos a maestros y personal sanitario, algunos sudando la gota gorda por no ser capaces de recoger las cantidades mínimas que se les exige (hay casos sangrantes, como el de mujeres embarazada­s).

Otra vía eficaz de presión para las ONG ha sido lograr que unas 300 empresas textiles se unieran en un boicot al algodón de Uzbekistán. Sin embargo, reconoce Niyazova, es muy difícil rastrear las exportacio­nes destinadas a países a Bangladés y a otros países asiáticos.

¿Qué puede hacer entonces un consumidor español que no quiera alimentar este sistema esclavista? «No es sencillo», responde. «Lo que sí pediría a la gente es que fuera más cuidadosa a la hora de comprar, que se informe un poco mejor.

Y si el producto está fabricado en Bangladés, les diría que sospechen».

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La madre de Sohinjon Mutalibov, con una fotografía de su hijo, fallecido en la recogida de algodón

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