«Na­die va al Pa­dre sino por mí»

V Do­min­go de Pas­cua

ABC - Alfa y Omega - - Fe Y Vida - Da­niel A. Es­co­bar Por­ti­llo De­le­ga­do epis­co­pal de Li­tur­gia de Ma­drid Juan 14, 1-12

Tras va­rias se­ma­nas en las que en la Eu­ca­ris­tía se han pro­cla­ma­do los re­la­tos de las apa­ri­cio­nes del Se­ñor a sus dis­cí­pu­los y el epi­so­dio del do­min­go del Buen Pas­tor, don­de Je­sús es el Pas­tor y la Puer­ta, es­te do­min­go y el pró­xi­mo nos acer­ca­mos al discurso de des­pe­di­da que nos re­fie­re san Juan. En el con­tex­to de la Úl­ti­ma Ce­na, el evan­ge­lis­ta con­den­sa un con­jun­to de pa­la­bras pro­nun­cia­das por el Maestro con la fi­na­li­dad de ins­truir­les so­bre có­mo vi­vir y ac­tuar cuando Él ya no es­tu­vie­ra pre­sen­te vi­si­ble­men­te con ellos. Por eso, co­mien­za ad­vir­tién­do­les de que, con la nue­va si­tua­ción que ven­drá de in­me­dia­to a tra­vés del con­se­jo, «no se tur­be vues­tro co­ra­zón». De­be­mos pen­sar que es­ta es­ce­na tie­ne lugar po­co an­tes de pa­de­cer y mo­rir. Los acon­te­ci­mien­tos se pre­ci­pi­tan y la pre­sen­cia del Se­ñor se­rá dis­tin­ta a par­tir de ese mo­men­to. De or­di­na­rio ya no ha­brá tiem­po pa­ra dis­cur­sos, pa­rá­bo­las o ac­cio­nes de Je­sús. En efec­to, no po­de­mos pen­sar en la Re­su­rrec­ción del Se­ñor a mo­do de vuel­ta a la vi­da co­mo si na­da hu­bie­ra pa­sa­do, co­mo si hu­bie­ra si­do li­be­ra­do de un se­cues­tro de va­rios días. El mis­mo en­cuen­tro de Je­sús con To­más, que leía­mos ha­ce tres do­min­gos, in­ci­día en la per­ma­nen­cia de las lla­gas en las ma­nos y en el cos­ta­do, en­se­ñán­do­nos, por una par­te, que la Pa­sión y la Muer­te no que­dan anu­la­das, sino ven­ci­das y, por otra par­te, que no es­tán vien­do a un fan­tas­ma, sino al mis­mo que pa­de­ció y mu­rió. Sin em­bar­go, la pre­sen­cia de Je­su­cris­to en ese mo­men­to es ac­ce­si­ble de un mo­do nue­vo, y con la no­ta co­mún de que es po­si­ble so­lo pa­ra quien es­tá vin­cu­la­do con la Igle­sia na­cien­te. Por ejem­plo, el Se­ñor no vuel­ve a Pi­la­to, o a Anás y Cai­fás, pa­ra mos­trar­les que su eje­cu­ción no ha aca­ba­do de­fi­ni­ti­va­men­te con Él.

«Os lle­va­ré con­mi­go»

Es­ta­mos an­te una de las fra­ses que más so­sie­go tie­nen que cau­sar en quien cree en Dios. El ca­mino que no­so­tros te­ne­mos que an­dar, Je­su­cris­to lo ha re­co­rri­do an­tes. Él nos pre­ce­de. Por eso, si hay un tema cen­tral que aglu­ti­na las dis­tin­tas en­se­ñan­zas del pasaje evan­gé­li­co de es­te do­min­go es la con­fian­za en Dios, ma­ni­fes­ta­do en Je­su­cris­to, a pe­sar de que no lo vea­mos fí­si­ca­men­te. El Evangelio es­ta­ble­ce cla­ra­men­te que quien nos mues­tra a Dios, quien nos lo re­ve­la, es Je­su­cris­to. Por eso, al prin­ci­pio se po­ne en pa­ra­le­lo al Pa­dre y al Hi­jo con la fra­se «creed en Dios y creed tam­bién en mí». Po­co más aba­jo, Je­sús res­pon­de al de­seo de Felipe –«mués­tra­nos al Pa­dre»–, con un ní­ti­do «quien me ha vis­to a mí ha vis­to al Pa­dre». La vi­si­bi­li­dad de Dios a tra­vés de Je­su­cris­to cons­ti­tu­ye una no­ve­dad ra­di­cal pa­ra los oyen­tes, pues­to que sa­be­mos que, has­ta la re­ve­la­ción de Cris­to, Dios no so­la­men­te era in­vi­si­ble, sino que era im­po­si­ble de co­no­cer en un sen­ti­do pleno. Es cier­to que Dios se ha­bía re­ve­la­do al hom­bre an­tes de la En­car­na­ción de Je­su­cris­to, pe­ro de un mo­do in­com­ple­to.

Si hay una fra­se re­pre­sen­ta­ti­va en el pasaje evan­gé­li­co del do­min­go es: «Yo soy el Ca­mino y la Ver­dad y la Vi­da. Na­die va al Pa­dre sino por mí». Se tra­ta de una afir­ma­ción que no deja lugar a du­das. En pri­mer lugar, se plan­tea al­go que es evi­den­te por el sen­ti­do del enun­cia­do: la po­si­bi­li­dad de co­no­ci­mien­to de Dios no na­ce de nues­tro pro­pio in­te­rés, fuer­za o re­fle­xión in­te­rior, sino del co­no­ci­mien­to y par­ti­ci­pa­ción en la vi­da de Cris­to; en se­gun­do lugar, esa in­ser­ción en el Se­ñor es no so­lo una con­di­ción ne­ce­sa­ria, sino tam­bién la ga­ran­tía de que te­ne­mos ac­ce­so al Pa­dre.

«El que cree en mí ha­rá las obras que yo ha­go»

«Y aun ma­yo­res», con­ti­núa el tex­to del Evangelio. Pa­re­ce pre­ten­cio­so pen­sar que los dis­cí­pu­los del Se­ñor pue­den su­pe­rar la obra del Maestro. Sin em­bar­go, el mo­do ade­cua­do de pen­sar es­ta ca­pa­ci­dad es co­no­cien­do al­go que se nos va a ir pre­sen­tan­do pau­la­ti­na­men­te en las si­guien­tes se­ma­nas: se nos da­rá el Es­pí­ri­tu Santo. La mi­sión de Je­su­cris­to tie­ne con­ti­nui­dad en la Igle­sia, asis­ti­da por la fuer­za del Es­pí­ri­tu, que guía y ex­tien­de la ac­ción del Se­ñor mien­tras el mun­do exis­te. Los pro­pios dis­cí­pu­los com­pro­ba­ron es­ta reali­dad, al­can­zan­do con su pre­di­ca­ción, po­cos años tras la cul­mi­na­ción del Mis­te­rio Pas­cual, te­rri­to­rios ca­da vez más ale­ja­dos de las fron­te­ras en las que Je­sús pre­di­có y ac­tuó. al Pa­dre. ¿Có­mo di­ces tú: “Mués­tra­nos al Pa­dre”? ¿No crees que yo es­toy en el Pa­dre, y el Pa­dre en mí? Lo que yo os di­go no lo ha­blo por cuen­ta pro­pia. El Pa­dre, que per­ma­ne­ce en mí, Él mis­mo ha­ce las obras. Creed­me: yo es­toy en el Pa­dre y el Pa­dre en mí. Si no, creed a las obras.

En ver­dad, en ver­dad os di­go: el que cree en mí, tam­bién él ha­rá las obras que yo ha­go, y aun ma­yo­res, por­que yo me voy al Pa­dre».

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