Cuan­do el amor no bas­ta

ABC - Alfa y Omega - - Opinión - Belén Par­do Esteban* *Di­rec­to­ra de Pro­yec­to Hom­bre Má­la­ga

Hay días en los que sien­to que na­da de lo que ha­go sir­ve. Es una ex­tra­ña sen­sa­ción de fra­ca­so vi­tal. Esos días, na­da de lo que hay fue­ra de mí, y na­da de lo que me di­go y sien­to den­tro, me des­con­fir­ma ese es­ta­do en el que to­do es­tá gris os­cu­ro. Son po­cos mo­men­tos, aun­que in­ten­sos.

Esas emo­cio­nes tam­bién las sien­to cuan­do acom­pa­ño a per­so­nas que no ti­ran ha­cia de­lan­te. Per­so­nas que por­que no es su mo­men­to, por­que tie­nen más mie­do que es­pe­ran­za, por­que no se fían ni de sí mis­mas ni de las per­so­nas que tie­nen en­fren­te… no ti­ran.

Y yo, con to­da la ilu­sión del mun­do, me em­pe­ño en ti­rar de ellas. Cuan­do es­toy fue­ra del co­lor gris os­cu­ro soy ca­paz de ra­cio­na­li­zar y de­cir­me que yo so­lo acom­pa­ño; que no ten­go la va­ri­ta má­gi­ca que ha­ga que la otra per­so­na sane, que la otra per­so­na es ca­paz... Tan­tas co­sas que he apren­di­do con los años de ex­pe­rien­cia. Pe­ro cuan­do es­toy en el co­lor gris os­cu­ro, me nu­blo. Y quie­ro gri­tar a la per­so­na que es va­lio­sa, que pue­de, que se me­re­ce lo me­jor de sí mis­ma, que es dig­na de ser ama­da por lo que es y no por lo que ha­ya he­cho. La ex­pe­rien­cia me di­ce que si yo gri­to ver­da­des en otra di­men­sión, por muy ver­da­des que sean, no le lle­ga­rán a la otra per­so­na. Y que gri­tar, la ma­yo­ría de las ve­ces, lo que ha­ce es blo­quear más. Gri­tar en el sen­ti­do fi­gu­ra­do, cla­ro. Me re­fie­ro a de­cir­le con mi ver­dad que si­ga, que se lo crea, que pue­de… Y no, no sir­ve.

He apren­di­do que so­lo mi amor no bas­ta. Y eso me crea una gran frus­tra­ción. Por­que de­jar a la otra per­so­na ser, aun­que sea a trom­pi­co­nes, con da­ños en al­gu­nos ca­sos irre­ver­si­bles, y ejer­cer de me­ra ob­ser­va­do­ra de su vi­da es du­ro. Muy du­ro. Y me cues­tio­na creen­cias que creía in­fa­li­bles. En­ton­ces, en esos mo­men­tos, de­bo afe­rrar­me a los otros co­lo­res de la vi­da, que es­tán. Y de­bo ha­cer un ejer­ci­cio de con­fian­za de nue­vo en la per­so­na y en que ella sa­be, si quie­re, tra­zar su ca­mino. Y acep­tar con amor lo que la per­so­na quie­ra pa­ra sí.

De­bo se­guir con­fian­do en que va a en­con­trar su pro­pio amor. Por­que bas­ta­ría el amor ha­cia sí pa­ra lle­gar a ser. En ese ca­so, so­lo el amor sí bas­ta­ría.

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