Can­tar, con la vi­da, pa­ra Dios

▼ Es­pe­ran­za en el pre­sen­te,

ABC - Alfa y Omega - - Fe Y Vida - Car­los Gon­zá­lez García on li­ne

Con el le­ma los días 26, 27 y 28 de ju­nio se ce­le­bró el VI En­cuen­tro de Mú­si­cos Ca­tó­li­cos Con­tem­po­rá­neos. En­to­na­do en fe ma­yor, sin ba­rre­ras que dis­tan­cian y a la luz de la Ver­dad, el even­to con­gre­gó a 120 mú­si­cos que, de­trás de sus gui­ta­rras, sus pia­nos y sus vo­ces, au­na­ron sus co­ra­zo­nes pa­ra ha­cer­los –en Dios– can­ción

De­cía Cha­ve­la Var­gas que «hay que lle­nar el pla­ne­ta de vio­li­nes y gui­ta­rras, en lu­gar de tan­ta me­tra­lla». Cier­ta­men­te, no hay lu­gar equi­vo­ca­do don­de com­par­tir el Evan­ge­lio. Y tam­po­co una can­ción. Por ello, la Sub­co­mi­sión de Ju­ven­tud e In­fan­cia de la Con­fe­ren­cia Epis­co­pal Es­pa­ño­la or­ga­ni­zó el pa­sa­do fin de se­ma­na el VI En­cuen­tro de Mú­si­cos Ca­tó­li­cos Con­tem­po­rá­neos, unas jor­na­das en las que un sin­fín de me­lo­días –a ve­ces frá­gi­les y ras­ga­das– se con­vier­ten en el ros­tro de­li­ca­do de Je­sús de Na­za­ret.

Cuan­do so­lo que­da si­len­cio, la mú­si­ca es el len­gua­je del co­ra­zón. Con el al­ma en­cla­va­da en ese mis­te­rio, el te­ma de La Ver­dad mar­có el ho­ri­zon­te del en­cuen­tro y for­jó la ho­ja de ru­ta de to­dos y ca­da uno de los acor­des que los par­ti­ci­pan­tes com­par­tie­ron.

La mú­si­ca fue el cen­tro. Dios tra­zó el ca­mino. La Fun­da­ción Edel­vi­ves ce­dió su mano. Y así, con el ob­je­ti­vo de po­ten­ciar el diá­lo­go con los jó­ve­nes, hi­cie­ron de la voz un sen­de­ro de ca­ri­cias com­par­ti­das. Y no fal­ta­ron el abra­zo y la son­ri­sa, aun­que la pan­de­mia ori­gi­na­da por el co­ro­na­vi­rus obli­ga­ra, en es­ta oca­sión, a re­ga­lar­se

El can­tan­te Da­niel del Va­lle, a sus 18 años, ha sa­bo­rea­do las mie­les del éxi­to. El Co­ro Real Es­pa­ñol de la Es­co­la­nía de El Es­co­rial le vio dar sus pri­me­ros pa­sos. Po­co a po­co, Da­ni fue lle­nan­do to­dos sus días de acor­des. Y tam­bién de Dios. Es­te es­tu­dian­te de De­re­cho ha can­ta­do pa­ra el Pa­pa en la ca­pi­lla Six­ti­na o pa­ra los re­yes de Es­pa­ña. Guar­da, en el bri­llo de su voz, la mi­ra­da de Je­sús: su «me­jor ami­go». Por eso, sa­be que la hu­mil­dad, la ge­ne­ro­si­dad y la fe son el me­jor ca­mino de vuel­ta a ca­sa.

¿Có­mo se es­cri­be tu vi­da?

Soy un can­tan­te apasionado, aman­te de la mú­si­ca y del De­re­cho. Des­de muy pe­que­ño he so­ña­do y he lu­cha­do por mis sue­ños. Una per­so­na fe­liz, sin­ce­ra y con ga­nas de cam­biar el mun­do; enemi­go de la pa­cien­cia y muy ami­go de ayu­dar a los de­más. Me for­mé en la Es­co­la­nía de El Es­co­rial, y he te­ni­do la opor­tu­ni­dad de can­tar al­re­de­dor de to­do el mun­do, en paí­ses co­mo Chi­na, Ru­sia, EE. UU., Pa­na­má... Asi­mis­mo, he si­do fi­na­lis­ta de nu­me­ro­sos con­cur­sos a ni­vel na­cio­nal, co­mo Pro­di­gios, de TVE.

Sin aban­do­nar las la­bo­res del co­ra­zón…

Sin du­da. Soy una per­so­na muy pro­fun­da, que con­fío to­dos mis pro­yec­tos en las ma­nos de Dios. Sé que el he­cho de que to­do me es­té sa­lien­do tan bien no es co­sa del azar ni de las suer­te, sino de Dios.

¿Per­ci­bes, en­ton­ces, la mú­si­ca en cla­ve de fe?

Veo la mú­si­ca con ojos muy evan­ge­li­za­do­res, y lo he vi­vi­do en pri­me­ra per­so­na. Ha­ce unos años ver­sio­né Sú­be­me la ra­dio de En­ri­que Igle­sias, trans­for­mán­do­la en He re­su­ci­ta­do,

con le­tra ca­tó­li­ca, y el ví­deo acu­mu­ló mi­llo­nes de vi­si­tas en re­des so­cia­les.

¿En qué len­gua­je se es­cri­ben tus sue­ños?

En el idio­ma de la ilu­sión, la per­se­ve­ran­cia y la pa­sión. Siem­pre que pue­da ayu­dar a per­so­nas con mi mú­si­ca y mi for­ma de ser a su­pe­rar pro­ble­mas, sin du­da que lo ha­ré.

Y con Dios siem­pre en el cen­tro, ¿no?

Sin Dios yo no se­ría lo mis­mo. Su plan es per­fec­to, y siem­pre va a que­rer lo me­jor pa­ra no­so­tros. De he­cho, sé con cer­te­za que tie­ne al­go muy gran­de pa­ra mí, pe­ro tam­po­co me lo quie­re re­ga­lar… De­bo es­for­zar­me y, co­mo de­cía san­ta Te­re­sa, «la pa­cien­cia to­do lo al­can­za». Pue­de so­ñar ex­tra­ño, pe­ro Je­sús es mi me­jor ami­go.

¿Hay no­tas mu­si­ca­les que, qui­zá, no so­na­rían de la mis­ma ma­ne­ra en tu voz si Dios no fue­ra el pro­ta­go­nis­ta de tu me­lo­día?

Cier­ta­men­te, por­que la mú­si­ca sin sen­ti­do es en un so­ni­do sin al­ma.

Mi voz es un re­ga­lo, un don que Dios me ha da­do, y si la uso pa­ra lle­var fe­li­ci­dad al mun­do, Dios sen­ti­rá que el re­ga­lo que me ha otor­ga­do ha si­do bien uti­li­za­do. ¿Qué man­tie­ne tus ojos en ve­la? La ilu­sión por con­se­guir mis sue­ños es la que ha­ce que va­ya tras ellos sin ren­dir­me.

Con cons­tan­cia y hu­mil­dad, no de­ja­ré de in­ten­tar­lo, por­que creo en los mi­la­gros.

Un con­se­jo pa­ra un jo­ven aba­ti­do. Sue­ña al­to pa­ra lle­gar le­jos. La vi­da, sin mú­si­ca y sin Dios, se­ría un error.

En­tre­vis­ta am­plia­da en al­fa­yo­me­ga.es

Car­los Gon­zá­lez

Al­gu­nos de los asis­ten­tes al VI En­cuen­tro de Mú­si­cos Ca­tó­li­cos Con­tem­po­rá­neos

Iván Du­mont Pro­di­gios

Da­niel, tras su apa­ri­ción en

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