El co­ra­zón de un pla­ne­ta

ABC - Alfa y Omega - - La Foto - Ri­car­do Ruiz de la Ser­na

¿ Có­mo es el co­ra­zón de un pla­ne­ta? Sa­be­mos mu­chas co­sas del nú­cleo de la Tie­rra. Tie­ne un ra­dio de unos 3.500 ki­ló­me­tros. Es el 32 % de la ma­sa to­tal de nues­tro mun­do. Su tem­pe­ra­tu­ra pue­de su­pe­rar los 6700°C. Tie­ne un nú­cleo ex­terno lí­qui­do y un nú­cleo in­terno só­li­do.

Sin em­bar­go, no lo he­mos vis­to mu­cho en fo­to­gra­fías, sino que más bien lo he­mos ima­gi­na­do. Por ejem­plo, en los li­bros de cien­cia fic­ción o de aven­tu­ras co­mo Via­je al cen­tro de la Tie­rra (1864), del gran Ju­lio Ver­ne (1828-1905), que na­rra­ba la fa­bu­lo­sa ex­pe­di­ción del pro­fe­sor Li­den­brock, su so­brino Axel y el guía Hans a las pro­fun­di­da­des te­rres­tres. Gra­cias a ellos, des­cu­bría­mos por an­ti­ci­pa­do la ver­dad que en­ce­rra­ban las pa­la­bras del poe­ta Paul Eluard (1895-1952): «Hay otros mun­dos, pe­ro es­tán en es­te». Aque­llas no­ve­las abrían el co­ra­zón y la ima­gi­na­ción a los ho­ri­zon­tes le­ja­nos y los lu­ga­res des­co­no­ci­dos.

Pe­ro aho­ra, se­gún pu­bli­ca la re­vis­ta Na­tu­re es­te mes de ju­lio, los as­tró­no­mos y los as­tro­fí­si­cos nos han brin­da­do la po­si­bi­li­dad de ver có­mo es, de ver­dad, el nú­cleo in­can­des­cen­te de otro mun­do. Co­mo si el Crea­dor hu­bie­se de­ci­di­do re­ve­lar­nos uno de los se­cre­tos del Uni­ver­so, los cien­tí­fi­cos han po­di­do ob­ser­var un nú­cleo pla­ne­ta­rio ga­seo­so que or­bi­ta una es­tre­lla dis­tan­te a 730 años luz de dis­tan­cia y tie­ne el ta­ma­ño apro­xi­ma­do de Nep­tuno, nues­tro ve­cino en el sis­te­ma so­lar. Le han pues­to de nom­bre TOI 849 b. Ad­mi­ta­mos que no sue­na muy evo­ca­dor.

Aho­ra bien, es­te cuer­po ce­les­te tie­ne una his­to­ria que con­tar. Lo en­con­tró el sa­té­li­te TESS de la NASA, que es­cru­ta el es­pa­cio en bus­ca de cuer­pos en trán­si­to. Apa­re­ció en el de­sier­to de Nep­tuno –una re­gión tan cer­ca­na a su es­tre­lla que los cuer­pos que pa­san por ella se eva­po­ran– y es­to es ya al­go mis­te­rio­so por­que, en teo­ría, no de­be­ría es­tar ahí. La crea­ción no de­ja de dar­nos sor­pre­sas. Uno cree que ya lo sa­be to­do y, de re­pen­te, apa­re­ce un nú­cleo gi­gan­tes­co en un de­sier­to que eva­po­ra lo que se le acer­ca.

Los cien­tí­fi­cos tie­nen dos teo­rías pa­ra ex­pli­car qué ha­ce por ahí TOI 849 b va­gan­do co­mo ove­ja sin pas­tor. La pri­me­ra di­ce que pro­ba­ble­men­te fue un mun­do si­mi­lar a Jú­pi­ter que per­dió ca­si to­do su gas ex­terno por or­bi­tar de­ma­sia­do cer­ca de una es­tre­lla o por un cho­que con otro as­tro. La se­gun­da teo­ría es que sea una ma­sa ga­seo­sa que no lle­gó a for­mar una at­mós­fe­ra. Se­ría, de al­gún mo­do, un mun­do fa­lli­do, una po­si­bi­li­dad no ve­ri­fi­ca­da. Gra­cias a dos te­les­co­pios, po­de­mos es­tu­diar la com­po­si­ción química de TOI 849 b y des­cu­brir más co­sas del pro­ce­so de for­ma­ción de los pla­ne­tas.

Me ma­ra­vi­lla pen­sar que, en es­te uni­ver­so que aún con­ser­va se­cre­tos, es­tá pre­sen­te el Crea­dor del cie­lo y de la Tie­rra.

EFE / Uni­ver­si­dad de War­wick / Mark Gar­lick

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